
Más allá del disfrute del presente, del “aquí y ahora”, las personas a veces evaluamos nuestras vidas bajo la lógica “qué hubiera pasado sí…”.
Ese evento que nos definió un camino, o como mínimo una arista de nuestra personalidad, el maquillaje con el que los otros nos ven, pocas veces se puede anticipar. Justamente, es lo que hace que muchas veces uno obtenga mejores respuestas dos días después de lo sucedido, por lo que recuerda esa charla y piensa: “Le tendría que haber respondido de esta manera”.
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Como sociedad, sabemos que el próximo domingo vamos a tener un evento que puede empezar a definir otro de esos momentos de “qué hubiera pasado sí…”.
El cóctel de emociones en que los ciudadanos se hallan inmersos, en el marco de un sistema político que se encuentra en un proceso de redefinición histórico, hacen pensar que quizás estemos en las puertas de una nueva oportunidad para nuestro país. Como siempre -una cuestión reiterada-, esa oportunidad deberá ser (o no) aprovechada por los liderazgos, pero también por los ciudadanos. Esas novedades empiezan a ser conformaciones de nuevos espacios que pueden traer mayor pluralidad de voces a un sistema cooptado por la grieta, que pueden terminar redefiniendo la nueva dialéctica de la política para la próxima década.
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Los libertarios -hijos no reconocidos de la ineficiencia de la grieta-; el experimento novedoso (y por qué no exitoso) de la alianza entre radicales y peronistas dentro de Juntos por el Cambio; la izquierda sumando espacios y el peronismo de centro tratando de emerger, de desmarcarse, de reconstruirse. ¿Desde la Provincia de Buenos Aires? ¿Desde el interior?
El PRO y el kirchnerismo son dos espacios que hoy tienen más para explicar que para ofrecer. Aún así, el PRO pudo reinventarse ampliándose (a pesar de sí mismo). Es interesante ver qué espacio y quiénes terminan constituyéndose como la cara representativa de ese frente electoral que deberá necesariamente tornarse un frente de gestión de gobierno, algo que hasta el momento solo representa un fracaso en la práctica de los últimos 20 años.
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Mientras esta escena sucede, la sociedad paulatinamente deja de preguntarse “qué hubiera pasado sí…”. Porque esa pregunta aún nos deja un aroma de esperanza, la voluntad de que algo distinto suceda, de volver al pasado y cambiarlo. Hoy la gente ya ni siquiera espera eso y la desesperanza es la peor de las compañeras para construir un futuro entre todos.
Son casi inexistentes los indicadores para la población que muestren una mejora en su posición en el día a día. Quizás uno solo: sigue avanzando la cercanía de la necesidad más urgente, comer empieza a ser una preocupación inmediata para una gran mayoría de los argentinos.
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La desesperanza, construida en este escenario, es algo más que la desconfianza, es el desinterés, y eso solo puede conducir a algo poco feliz. La pérdida del interés de controlar a los poderosos no ha traído buenos resultados a lo largo de la historia.
Ojalá que esta vez -acercándonos a un nuevo momento de definición- los argentinos recuperemos el interés de participar y quienes reciban el poder propio del voto popular en las próximas elecciones (las mayorías y las minorías) tengan presente que, cada vez, las chances de sacar el pleno, son menos. Pero aún existen.
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