
Dicen que los momentos de crisis muestran el verdadero temple de las personas. En el encuentro con los límites es dónde la adversidad testea quiénes somos, cuáles son nuestras prioridades reales y con qué códigos estamos dispuestos a dar pelea. Bajo la presión de la derrota en las PASO y su acechanza repetida en noviembre, en el kirchnerismo es el fanatismo lo que se ha revelado como gen dominante. Avanza de hecho como una mancha voraz hasta en quienes habían ostentado cierta moderación. Y deja fuera de la foto, intrascendentes, a quienes intentan otro registro que no sea el de esa nota corazón.
Sorprende que el flemático ministro de Economía Martín Guzmán, que hace no mucho visitaba al Papa y marcaba diferencias con tono de monaguillo, haya salido también a agitar la grieta.
Esta afirmación no apunta a una consideración política sobre Guzmán y sus ideas, sino específicamente a las consecuencias de lo que dice en el rol que ocupa.
Veamos: Guzmán, que debe negociar ante el FMI y mostrar credibilidad y voluntad de cohesión, en representación del país acaba de afirmar que la oposición de Juntos por el Cambio tiene una posición antiargentina, antipatria y antisoberania. Que uno escuche a Fernanda Vallejos o a Hebe de Bonafini haciendo esa afirmación no reporta las consecuencias institucionales que implica que lo afirme un ministro que debe encarar la cuestión de la deuda que eventualmente también requerirá apoyo de la oposición.
Hace no poco, con su estilo de hablar desde algún púlpito, Martin Guzmán le recomendaba a los dirigentes de la oposición que se contuvieran de hablar mal del país cuando iban al exterior porque eso afectaba la mirada hacia Argentina en momentos en que se debía reconstruir la confianza. ¿Qué le pasó entre entonces y ahora? Más aún considerando que sólo retiene en su poder y relativamente, la negociación con el Fondo o la farsa de la negociación con el Fondo. Incapaz de echar a un subsecretario y anulado en el manejo de la economía -que en los hechos maneja Cristina Kirchner-, verso a verso y cepo a cepo, el que muchos llaman “ministro de deuda” da un mensaje inquietante y parece también decidido a sumarse a las filas de paladares negros, de fanáticos.
“Juntos por el Cambio formó básicamente una alianza con parte del poder económico en la Argentina y también con el poder financiero internacional. Es una posición anti argentina, anti soberania”, afirmó. O sea, también acusó al establishment financiero con el que debe negociar. ¿Qué está anticipando Guzmán con esta repentina verborragia populista explícita de la que hasta ahora se cuidaba?
Alguien que lo conoce muy bien y suele ser fuente de su consulta respondió a esta columna: “Entiendo que Martín se radicaliza y se muestra politizado porque entendió que con los K tenés que patear al arco que ellos deciden y la lógica no existe”.
Los padecimientos económicos son los que más sufren del fanatismo y del desapego de toda lógica. Guzmán se suma en el repertorio a la candidata Victoria Tolosa Paz, que acusó a la oposición de intentar un golpe blando. Si hay que buscar registros de desestabilización contra el Gobierno o el Presidente se los encuentra más adentro que afuera de la coalición. Sólo basta repasar las noticias desde las PASO y encontrar a la diputada Vallejos llamando a Alberto Fernández Okupa y mequetrefe, la carta de Cristina Kirchner interviniendo el gobierno de hecho o las amenazas de Hebe de Bonafini diciendo que lucharán contra el gobierno si le pagan al organismo de crédito. ¿Querrán un default?
El ministro Guzman evidenció un giro en su discurso en esta última semana. De bregar por un acuerdo pasó primero a culpar al organismo por no haberlo cerrado y hoy cortó puentes con la oposición. Ninguna de estas declaraciones sería realizada por alguien que busca un acuerdo. Al menos en términos de lógica o buena voluntad.
Pero el fanatismo cunde. Se convierte en el ánimo rector de la coalición de gobierno. Eso plantea políticas de confrontación que van a contramano de cualquier atisbo de solución para una crisis. Hace sólo unos días sectores del Frente de Todos salieron a hablar de la necesidad de un gran acuerdo con la oposición. La propia Cristina lo reclamó en varios discursos. La escalada verbal de estos días sólo le quita credibilidad a la buena fe de esa propuesta, evidencia que era sólo una trampa o marca el rumbo elegido por el Gobierno.
Dicen que la diferencia entre un ciego y un fanático es que el ciego sabe que no ve. Los argentinos ven y padecen los problemas económicos, el Gobierno por momentos parece no ver y ni escuchar. El ministro de Economía repiquetea que no habrá devaluación mientras el blue lo desmiente y el poder adquisitivo se destroza mientras la emisión quema el valor del dinero. Ya estamos al borde de los 200 pesos en el dólar libre.
Sin duda no hay peor ciego que el que no quiere ver porque se fanatiza.
* Editorial de Cristina Pérez en “Confesiones en la noche” (Radio Mitre)
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