
Dos chicos de La Matanza. El que se enfrentó a la docente violenta que lo adoctrinaba. Y el que subió a un escenario y apuntó a “los chorros y vagos de la política”. Esos dos chicos sin miedo son el emerger de un nuevo paradigma. El que perfora la extorsión clientelar desde la base. El que plantea una ruptura a las aspiraciones en las que los encasillan como si el futuro les deparara un compartimento estanco. Como si no tuvieran opción. Ambos son jóvenes de ese territorio marcado por el kirchnerismo como su dominio emblemático. Ellos sin embargo no se someten a esa lógica política sino que la desafían.
En ambos casos, elevaron la voz ante estamentos de poder. En plena clase, uno, a pesar de la amenazante profesora que le gritaba y lo humillaba. En un acto político, el otro, que buscó ser disfrazado de un evento sobre el trabajo joven pero que en realidad tenía fines propagandísticos. En este caso el chico se subió a un escenario, tomó el micrófono y se ganó el aplauso de los asistentes al llamar chorros y vagos a los políticos presentes. Lo indignó lo que sintió como una emboscada en la que les habían prometido hablar de “laburo joven e innovación” pero que terminó siendo en sus palabras “vacía de contenido”. Ese chico que nota y denuncia una política vaciada está salvando a la política.
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“Tenía algo adentro, como un nudo en la garganta. Necesitaba decirlo y me sentí bien”, expresó Emiliano Bondarchuk. La dignidad desanuda las gargantas. Y contagia.
Ambos casos son reveladores de una mirada joven que desafía las pertenencias partidarias, los grilletes clientelistas, el status quo y, que sobre todo, reclama un futuro. ¿Qué significa que dos chicos de La Matanza hagan escuchar su voz con planteos críticos? Dice el diputado Toty Flores, líder de la cooperativa La Juanita de Laferrere, que “Si cambia La Matanza, cambia el país”. Dos casos aislados no son estadísticamente relevantes. Pero en lo simbólico probablemente es parte del cambio que el gobierno no está registrando sobre las demandas del electorado joven. También marca una ruptura de la inercia que hacía cautivos del peronismo a los sectores populares más necesitados.
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Por otro lado, ambos jóvenes coincidieron en denunciar la ineficiencia y la corrupción, consideradas demandas institucionales que terminan en sus planteos ligadas a la gran preocupación sobre su propio futuro. La síntesis que hacen los adolescentes marca una sofisticación que las propuestas políticas a veces no saben cómo plasmar.
Es a esto a lo que el kirchnerismo no tiene idea de cómo reaccionar. Cuando L-Gante le dice al presidente que es mejor tener un trabajo que aceptar una regalía de dinero porque lo que te da el trabajo “te lo ganaste vos”, le está demoliendo desde sus orígenes sencillos todo el discurso decadente y pobrista contra el mérito y el esfuerzo que el gobierno se empeñó en instalar. Los dos jóvenes de esta historia están en condiciones de votar por primera vez en estas elecciones. Tienen entre 16 y 17 años y nacieron en 2004 y 2005 al mismo tiempo que en los dormitorios del campus de Harvard un grupo de estudiantes creaba una red social a la que le ponía el nombre del directorio con fotos de alumnos de la universidad: Facebook. En 2006 esa misma plataforma iba a ponerse a disposición de todos los mayores de 13 años en el mundo. Hoy esos chicos vivieron el apagón que afectó a todas las redes pero durante todos estos años pudieron zafar del otro apagón, el del pensamiento único de adoctrinadores, punteros y capangas, gracias a la información en las redes. Son una generación que se independiza de las hegemonías de todo tipo. Se escabulle horizontalmente. Y hoy impugna una cultura anquilosada de relato, demandando respuestas reales para su futuro. En eso coinciden los jóvenes de todos los sectores económicos: Argentina no les está dando respuesta.
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La famosa batalla cultural muestra en los nuevos votantes un inesperado revés con resultado puesto. Un salto generacional que ya ocurrió. Que revela la obsolescencia de un mensaje y de un método. Los chicos avisan. Para el populismo, gobernar es sumar clientes, y un día, los clientes dicen que no. Quieren elegir
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