
Los impuestos en Argentina siguen generando un debate inquietante, derivado de la incalculable cantidad que existen y su aumento incesante. Más aún, en los últimos años se crearon impuestos inéditos (algunos de los cuales rayan la inconstitucionalidad) y se incrementaron otros que hacía poco se habían reducido.
La carga tributaria de Argentina resulta elevada en comparación a otros países de la región que, afectados igualmente por los estragos del coronavirus, supieron administrar mejor la cuestión impositiva y gracias a ello, no perder inversores, sino por el contrario, sacar provecho de ello, porque aun atravesando la pandemia, no necesitaron aumentar la presión tributaria.
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Una posible solución a la problemática planteada se encontraría, con el mero hecho de copiar legislaciones de países vecinos. Realizado ello, Argentina se encontraría en igualdad de condiciones para competir con al menos los países que se encuentran en una misma ubicación geográfica.
Miremos más allá del “charco”
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Un ejemplo, para tener en cuenta es el “caso Uruguay”. Sin lugar a doble interpretaciones, este es un país que privilegia la inversión extranjera a través de incentivos en los costos tributarios.
Un ejemplo. Uruguay desde antaño tiene en vigor un régimen que establece zonas francas en las cuales no aplica ningún tipo de gravamen para las actividades allí desarrolladas ni tampoco dispone ningún tipo de restricción al ingreso ni a la salida de capitales.
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Es decir, no aplica gravámenes para todas aquellas actividades que tienen como propósito ser explotadas o utilizadas en el exterior o que sean realizadas y utilizadas en las zonas francas.
Fomentan estos marcos normativos porque se focalizan en la atracción de empresas extranjeras en pos de crear fuentes de trabajo. Cualquier persona ajena a las cuestiones tributarias se da cuenta de ello cuando lee que el régimen fija que uno de los requisitos es que al menos hay que emplear al menos el 75% de nacionales uruguayos.
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Otro ejemplo que se puede citar es cuando la legislación uruguaya aplica a las personas gravámenes –únicamente– sobre rentas de fuente uruguayas. ¿Esto qué significa? Que las actividades o utilidades de bienes –que sean considerados ubicados en el exterior– no pagan impuestos en Uruguay.
De ese modo, se instituye un contexto atractivo para la radicación de individuos de alto poder adquisitivo en dicho país. Desde luego cuando diseñan estos incentivos razonan: a mayor poder adquisitivo del individuo, mayor nivel de compras en el país, lo que se traduce en una recaudación mayor a través de gravámenes al consumo.
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Los impuestos como un lastre al desarrollo
Hay que tener presente que una alta la carga tributaria indirectamente también afecta el nivel de desarrollo de un país, porque además de incidir en la inversión, no genera un terreno que permita un desarrollo fértil de medios tecnológicos y de mejoras en general. ¿Por qué?
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Reflexionemos a partir de comparar el tratamiento dado a la exportación de software. Mientras Argentina posee la Ley de Economía del Conocimiento, la cual intenta reducir la carga tributaria (y que de a poco va perdiendo la inercia de lo que fue la Ley de Promoción del Software), en contrapartida Uruguay directamente no le aplica impuestos.
Así pues, Argentina hoy podrá contar con excelentes profesionales en esta área y ser líder, pero Uruguay está apostando a futuro porque además de promover la capacitación de su gente en esta actividad, incentiva a las industrias a tecnificarse y radicarse en dicho país, en comparación con Argentina que tiene costos tributarios y tiene disposiciones para el movimiento de capitales. Por eso, es de esperar que, a futuro, Uruguay logre una posición de liderazgo en esta materia y Argentina hable en pasado (como sucede a menudo).
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Ahí nuevamente se pondrá claramente de manifiesto la diferencia de las políticas tributarias de Argentina y Uruguay y sus consecuencias.
Por ello, hay que comprender que el Estado debe focalizarse en establecer políticas a largo plazo de modo de generar un entorno sustentable en el tiempo. De otra manera, las empresas deben priorizar su gestión en el día a día restándole importancia a la inversión.
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Un paradigma diferente
Otra cuestión que resulta interesante reconocer es: la importancia que le dan los distintos actores vinculados al ámbito tributario para promover el desarrollo.
En este caso es el propio fisco uruguayo el que oportunamente estableció a través de un dictamen la posibilidad de reducir significativamente la carga tributaria cuando los servicios fueran utilizados en el exterior o fuesen actividades de intermediación. Es decir, la propia autoridad fiscal emitió disposiciones con el objetivo de fomentar actividades internamente.
Vale decir, el accionar del fisco no se limitó a la recaudación y control, funciones típicas de la autoridad fiscal, sino que se convirtió en un articulador para la promoción de la inversión extranjera.
Con todo lo dicho queda en evidencia entonces que, un Estado voraz –que continuamente crea impuestos o los aumenta en una economía frágil– seguramente no consigue mejores resultados que uno cuyas cargas impositivas alientan al consumo y a la inversión. Por eso, quizás la solución no sea tan compleja e inalcanzable, quizás baste con solo girar la cabeza y mirar al de al lado, ¿no?
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