
A los argentinos, como a la gran mayoría de la población mundial, los tomó por sorpresa que, súbitamente, en un país lejano llamado Afganistán, un conjunto de personas armadas denominado “talibanes” (Estudiantes en idioma Pastú) haya tomado el poder, estableciendo un régimen arcaico, sin libertades, expulsando a soldados, diplomáticos, civiles y ex funcionarios afganos y de países de la OTAN, que se hallaban allí desde hace 20 años (fundamentalmente de los Estados Unidos) y ahora huían desesperadamente.
Estas escenas televisadas en repetición cinematográfica, despertaron en la Argentina y en el mundo occidental, múltiples llamados de solidaridad hacia los que huían y hacia las mujeres, pero sin ninguna propuesta de ayuda o solución.
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Rápidamente todos los medios recordaron la caída de Saigón, en Vietnam del Sur y la similar derrota que tuvo el ejército Rojo de la URSS, a fines de los ochenta, principios de los 90, cuando debió retirarse ante otra avanzada talibán, esa vez sostenida militarmente con armamentos norteamericanos.
El mito histórico que señala que Afganistán es “intomable”, una fortaleza montañosa inexpugnable, volvió a ser publicitada repetidamente.
Desde el punto de vista geopolítico esta derrota y huida de las fuerzas armadas gubernamentales apoyadas por la OTAN, deja una gran derrota en el orgullo de Estados Unidos que no pudo retrasar la caída del gobierno, ni tener una derrota digna y que debe aceptar ahora someterse a la voluntad de los talibanes.
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También modifica el mapa político de Asia Central, con un gran perdedor que es la India y debilita los planes de su vecino Irán, que deberá repensar sus proyectos hegemónicos musulmanes. Recordemos que los talibanes son Sunnitas, no Chiitas.
Por otra parte, la mala reputación de los talibanes en Occidente y en los países islámicos moderados, como Turquía, Indonesia y algunos bolsones en la India y Pakistán, obligarán a los talibanes a no excederse con un islamismo extremo, ya que necesitan ser reconocidos internacionalmente para poder participar en un mundo globalizado.
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Las espantosas historias sobre el papel que la “Shaira” le impone a la mujer, quitándole el derecho a educarse y sometiéndolas al hombre, se hizo pública en la aldea global y poco favor le otorga a un régimen que deberá enfrentar una profunda crisis interna.
En la Argentina donde se ha logrado superar muchas de las limitaciones que el “Patriarcado” le imponía a la mujer, la solidaridad con la mujeres y niñas afganas no se hizo esperar y desde todos los ámbitos sociales se escucharon condenas y alertas hacia el futuro de esa población.
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El problema que se nos presenta a los que tenemos cultura occidental, aunque seamos subdesarrollados económicamente y también compartamos con otros compatriotas etnias y lenguas precolombinas, es definir qué rol queremos que jueguen los gobiernos occidentales ante esta y otras situaciones donde se enfrentan Oriente y Occidente.
Porque más allá de la injusticia e ilegitimidad de la invasión norteamericana a Afganistán para vengar el atentado de las torres gemelas que había golpeado el centro del poder económico mundial, las niñas y mujeres afganas gozaron de un mínimo de derechos porque durante estos últimos veinte años las tropas norteamericanas, francesas, canadienses y demás, permitieron que quienes deseaban educarse, o no usar el velo , en algunas oportunidades, en Kabul y otras grandes ciudades pudiesen hacerlo con “permiso” del gobierno, en determinadas condiciones.
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Hoy al desaparecer el poder militar occidental ya no tendrán respaldo ni político ni militar, para lograr ejercer esa lucha por la libertad, que tienen solo los hombres.
Y esto es un problema político y no social, que se resuelve con la política o bien con su continuación que es la guerra, con soldados que vayan a esos países con culturas diferentes y con poca o nula voluntad de cambiarla, como ocurrió en Afganistán con los resultados conocidos.
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En el siglo XX, para no ir más atrás, los Estados Unidos invadieron un conjunto de países alegando el peligro del comunismo, primero (en la guerra fría), posteriormente para impedir la expansión del terrorismo (mintiendo para invadir Irak) o para combatir el comercio del narcotráfico, o la defensa de alguna minoría étnica.
Algunas veces con la legitimidad del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, otras veces sin él, movilizaron tropas y organizaron coaliciones para lograr un apoyo internacional que los respaldara, ya que siempre sobrevoló en esas invasiones el interés económico y la codicia para obtener los recursos de los países invadidos.
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La histórica consigna de “Yankees go home” enarbolada en Occidente por estudiantes y obreros marxistas, socialistas y liberales, fue mayoritaria después del fracaso de Vietnam.
Pero llegó la caída del muro de Berlín y la guerra fría desapareció y eso hizo unir a los dos contendientes bajo la conducción del inapelable triunfo americano, ambos se unieron y están unidos contra el fundamentalismo islámico.
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China se ha sumado y por vez primera los cinco Estados Miembros Permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU tienen un enemigo común y consideran al terrorismo islámico como su enemigo, un enemigo no transparente y oculto que produce hechos violentos en sus territorios.
En ese marco la Argentina que sufrió dos grandes ataques del terrorismo, aunque teóricamente no fue del mismo cuño que Al Qaeda, sino chiita, tiene un problema de falta de identidad.
¿El pueblo argentino está de acuerdo en apoyar el envío de tropas bajo un mando internacional unificado, apoyándose en la reforma de la carta del 2005 que legitima la presencia de tropas internacionales para “proteger” poblaciones en peligro, como sería el caso de las mujeres y niñas en Afganistán?
¿Apoya Argentina las acciones bélicas que se desarrollen en territorios lejanos, como hizo el gobierno de Menem apoyando la invasión a Irak?
¿El pueblo y su dirigencia se encuentran dispuestos a recibir migrantes de Afganistán como lo están haciendo otros países, inclusive latinoamericanos o la solidaridad argentina no llega a tanto? ¿O preferimos que no venga nadie y nos quedamos con presionar a los talibanes Al Qaeda y al (EL) con artículos feministas escritos en lenguaje inclusivo?
Porque si no recibimos migrantes no ayudamos y si no apoyamos el envío de tropas (apoyadas por resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU) para proteger poblaciones en peligro tampoco ayudaremos a que las mujeres en mucho países logren incrementar sus derechos.
Pero apoyar intervenciones multilaterales, engendra el riesgo de apoyar invasiones y matar poblaciones civiles como ocurrió en Irak y también tiene el costo de avalar políticas y derechos que la Argentina por lo general no apoyó, sosteniendo el principio de la no intervención.
Hay países islámicos (no solamente los talibanes) que aliados muy cercanos al poder mundial, como Arabia Saudita, que son tan dogmáticos y reaccionarios a nivel de la libertad de la mujer como son los talibanes, pero tienen poder y mucho dinero, y algunos están presentes en G20 y son grandes compradores de Armas a sus aliados occidentales.
Esto debe tenerse presente en el debate.
Como lamentablemente en estas elecciones legislativas el debate no se hace hacia adelante y solo se discuten nimiedades, sería oportuno que la clase política se dé cuenta que los conflictos internacionales cada vez nos tocan más de cerca, tener presente la lucha por las vacunas contra el coronavirus y que el mundo actual no es más el de principios del siglo XX o el de los años 40, donde Argentina pudo declararse neutral.
Este podría ser un punto de partida, para que la sociedad argentina discuta temas serios, que nos hagan crecer como Nación y ocupar un espacio, aunque sea mínimo, debido al terreno perdido en el debate global, que, aunque parezca lejano, está menos distante de lo que creemos.
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