
Los momentos de crisis ponen sobre la escena lo mejor y lo peor de las personas. Como toda situación límite, la crisis transita de las breves euforias a las súbditas pesadillas, se codea con lo sublime y lo ridículo, con consagración y la vergüenza.
Hace unos días salió a la luz una fotografía del Presidente festejando con amigos de la Primera Dama el cumpleaños de ésta en la quinta de Olivos. La imagen habría sido tomada en tiempos de restricciones extremas y respetadas por la amplia mayoría de la población, sea por íntima convicción o por temor a la imposición de sanciones que el propio Presidente se encargaba de recordar en cada una de sus intervenciones públicas.
En un primer momento el Gobierno negó la reunión, luego argumentó que la foto había sido trucada y más tarde, a través del Jefe de Gabinete admitió que se trató de un error y que no debería haber ocurrido. A esa línea discursiva se plegó la obsecuencia de otras espadas del oficialismo, quienes en su afán de defender lo indefendible, no ahorraron en bravuconadas aberrantes.
Horas más tarde, bajo el tenue maquillaje de una equivocación, que no dudó en achacar a su mujer, el propio Presidente admitió el hecho. Ninguna sorpresa, una vez más, hizo lo que mejor sabe: transferir roles intransferibles, delegar responsabilidades, echar culpas.
Luego de la diatriba presidencial, para buena parte del oficialismo, la Primera Dama es la principal razón por la cual el Poder Ejecutivo se enfrenta a una crisis. No es tolerable. ¿Qué tipo de necedad, qué suerte de cobardía albergan quienes ven en ella el chivo expiatorio de la falta de ejemplaridad gubernamental? ¿Dónde se fundamenta el silencio y la página en blanco que por estas horas exhibe la agenda transfeminista? ¿Cuándo asumieron la particular infamia de la ausencia de solidaridad?
Hay un enorme grado de subjetivismo en los movimientos feministas, una suerte de sororidad hemipléjica y búsqueda insólita de naipes marcados por el ideologismo, previa a la tarea de revelar maleficios y denunciar inconductas. Se muestran arropados con manifiestos y proclamas, pero al mismo tiempo, están desnudos de actitudes consecuentes y congruentes. Ponerle un punto final a estas prácticas perversas implica sentar las bases de una ética estructural a partir de la cual se pueda revertir la relación inversamente proporcional que existe entre la fascinación por las palabras huecas que experimentan ciertas representantes y la pasión por los hechos que ejercitamos las representadas.
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