
La virtualidad de estos últimos dos años nos atravesó a todos de diferente manera, pero es indudable que cambió las formas de vincularnos con nosotros y el entorno. Fue y es sorprendente cómo las personas mayores, dentro de las barreras que generalmente tienen para con la tecnología, han aprendido a usar Whatsapp para teleconferencias, hablar por Zoom o hacer ejercicio a través de plataformas. En contrapartida, los más jóvenes, que son nativos digitales, requieren del contacto humano que perdieron debido a la pandemia, por lo que hoy podemos decir que ocurrió una situación un tanto forzada.
Si bien a quienes nos gusta la tecnología nos vimos en el 2020 como un pez en el agua; la explosión del teletrabajo o el e-learning fue una situación que ayudó a entrar a quienes incursionaron en la modalidad remota o híbrida, y que nos obligó a subirnos y aprender también a la fuerza.
Algo que es fundamental para esta cuestión es la educación digital que tenemos, porque para poder diferenciar y encontrar el límite entre lo que sí y lo que no se puede hacer, primero tenemos que entender y estar preparados para interactuar en el mundo digital actual y en el que seguramente construiremos en el futuro.
En la Argentina tenemos una deficiencia muy grande respecto de la educación digital en todos los niveles. Por eso, el primer punto para hablar de ciudadanía digital radica en tener una política de educación que inicie desde lo más básico del preescolar. Debemos aprovechar la facilidad que tienen las generaciones nativas digitales en el uso y el conocimiento de los dispositivos digitales, teniendo en cuenta que para ellos hoy una computadora o una tablet pasa a ser un electrodoméstico más. Esto es fundamental en cuestiones hasta muy simples, como comprender que los datos y lo que cargamos en Internet, en cualquiera de las redes sociales, es tan vulnerable como la propia intimidad.
A veces surge la pregunta sobre cómo instruir a la adultez en una buena ciudadanía digital. Y la respuesta es muy sencilla: mostrándoles los beneficios a los usuarios. Los primeros a los que debemos enamorar son los transmisores de conocimientos, que son los docentes. Pero otro tema importante es también hacer las cosas para que la experiencia de uso se convierta en algo intuitivo. Allí es donde hay una posibilidad enorme de educación y de crecimiento -también para las generaciones nuevas-, ya que es clave hacer estos canales más accesibles para cualquier tipo de generación, y que, a su vez, resulten más fáciles, rápidos, económicos y más seguros.
Un punto muy importante que como usuarios debemos conocer es cómo se usan los datos que generamos. Hoy las redes sociales nos llevan a una pasividad que debemos superar y como ciudadanos tenemos que generar herramientas de cuidado, por ejemplo, chequeando la información que recibimos desde diferentes fuentes.
Parte de lo que hace a la educación digital es el entender que la tecnología no tiene ética, sino que quienes la deben tener son los humanos. En ese sentido cabe preguntarnos cuántas veces leemos los términos y condiciones antes de descargar una aplicación en nuestro celular o cuando aceptamos una cookie en nuestro explorador. Esa es nuestra decisión, y nosotros tenemos que ser conscientes de que si todo es tan sencillo y tan gratis, justamente por algo lo es.
En definitiva debemos considerar que si no hay una política global de educación promovida por los gobiernos, debe salir desde nuestras casas y a través de nuestras iniciativas individuales. Hoy más que nunca tenemos que poner mucho foco en la educación y en el cuidado de nuestra privacidad; porque en resumen, lo que es público lo será para siempre.
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