
Primero una reflexión personal. Escribo estas líneas, con mucho respeto y dolor, por los muertos que está dejando el COVID-19 y entendiendo lo difícil que resultó y resulta tomar decisiones de políticas públicas en el marco de las dificultades de información y disponibilidad de instrumentos que predominan hoy en el mundo, en particular por la dinámica que ha tomado la difusión del virus y sus mutaciones.
Escribo, también, con tranquilidad de conciencia, porque lo que sigue no se basa en “el diario del lunes”, basta repasar todo lo que he escrito y dicho desde marzo abril del año pasado.
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Dicho esto, avanzo.
La Argentina presenta una realidad socio económico demográfica incompatible con el tipo de políticas que se instrumentaron en otros países, ante el dilema “salud o economía”.
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El confinamiento estricto prolongado o intermitente que encararon, en general, los países europeos. O el control policíaco de la población, gracias a las nuevas tecnologías y a la inteligencia artificial que adoptaron los países asiáticos, no estaba disponible. La Argentina, después de años de abusar de un crecimiento del Estado a costa del sector privado productivo, es un país con alto grado de trabajadores informales, pobreza, hacinamiento, concentración en áreas metropolitanas, con gente que trabaja muy lejos de dónde vive y que, por lo tanto, debe recurrir al servicio de transporte público por varias horas al día. Después de años de déficits fiscales financiados con impuesto inflacionario y deuda, y con la presión tributaria al máximo, y frenado el acceso al mercado de capitales global, tampoco había mucho margen para la expansión del gasto compensatorio para los sectores más perjudicados por la pandemia, sin terminar recurriendo a la emisión del Banco Central y, por ende, incrementando el impuesto inflacionario.
Con esta realidad, el confinamiento estricto, prolongado y prematuro resultó, de facto, eludido por muchos sectores, hasta que debió ser abandonado legalmente. Insisto, con la estructura laboral y la informalidad de muchas empresas, no se pudo compensar como correspondía la caída de nivel de actividad e ingresos. Simultáneamente, la displicencia en el manejo del gasto público “no covid” basado en la idea de que “la emisión no genera inflación”, que predominó durante varios meses del año pasado, la demora en acordar con los bonistas privados y la falta de acuerdo con el FMI, nos dejó “a la intemperie” en la macro. Mientras no hubo vacunas, tampoco hubo testeos suficientes para aislar y evitar más contagios.
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Y cuando en el horizonte asomaron las vacunas, se apostó por el estatismo y el capitalismo de amigos, para negociar con Rusia y China y el amigo AMLO [Manuel López Obrador, presidente de México].
En síntesis, una nefasta mezcla de genuina y entendida ignorancia, dado lo inédito de la pandemia, con mala praxis en materia sanitaria y económica y una apuesta política de inserción internacional equivocada.
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Todo combinado para que, lamentablemente, hayamos pasado sin escalas desde “la salud o la economía” a “sin salud y sin economía”.
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