
Hay quienes aún consideran una exageración afirmar que el rumbo del gobierno argentino es un modelo similar al chino que se emparenta peligrosamente con Venezuela y Cuba. En el mismo sentido, interpretan las manifestaciones de política exterior del gobierno actual a favor de las autocracias como señales de consumo interno para el núcleo duro del kirchnerismo.
Como si fuera una frugal alquimia del relato omitir la condena a las violaciones a los derechos humanos en Nicaragua o Venezuela después de algún discurso sobreactuado en sentido contrario. Como si no condenar no fuera un acto de gobierno. Una manifestación de principios o, mejor dicho, de fines. Una traición al espíritu de nuestra propia Constitución. Y como si eso no tuviera consecuencias.
El gobierno argentino se expresa ante el mundo como lo que quisiera ser puertas adentro: una autocracia. Sin Justicia independiente, sin libertad de prensa y sin derecho a la propiedad. Algunos han ensayado la posibilidad de que el Gobierno sea mediador para lograr garantías o un gesto de Nicaragua. Eso no debería invalidar la claridad en prerrogativas universales de los derechos humanos. Solían decir que eran una bandera que los definía.
Con sus posiciones frente a Nicaragua y Venezuela, el kirchnerismo muestra que su defensa de los derechos humanos también fue oportunismo y que solo les importa lo que sirva para mantener el poder. Ayer la organización Human Rights Watch criticó que la Argentina tenga una posición zigzagueante en el caso Nicaragua y que sea selectiva en su política de derechos humanos.
Ya no solo se trata de Venezuela o Nicaragua sino también de lo que pasa acá, en territorio argentino, con esta selectividad. Hoy nuestro país está en la lista de los investigados por violaciones a los derechos humanos en la ONU por los avances abusivos del régimen de Gildo Insfrán en Formosa, donde en muchos sentidos parece suspendida la democracia como la suponemos en el resto del país.
El caso Formosa en la ONU fue denunciado por la misma comisionada cuyo reporte sobre Venezuela el presidente dijo alguna vez respaldar. Michelle Bachelet también criticó y denunció la situación en Formosa. Igualmente, ya sabemos que el respaldo de Alberto Fernández a Bachelet o cualquier otra cosa padece de la insoportable levedad del ser, para llamarlo de alguna manera. Hace solo un tiempo, el mismo afirmó que las violaciones a los derechos humanos en Venezuela “habían ido desapareciendo”.
Si en las elecciones legislativas que se vienen el gobierno argentino lograra mayoría en la Cámara de Diputados, ¿avanzaría con reformas en el sentido de las autocracias? Lamentablemente, la respuesta ya existe. Sin tener la mayoría, ya lo intentan. Si no miremos los intentos por cambiar la manera de elegir al jefe de los fiscales.
Podemos afirmar que a esta altura se cayeron todas las máscaras. Esta es la gravedad que por momentos no advierten los autollamados sectores dialoguistas de la oposición, que suelen olvidar que el Gobierno solo le llama diálogo a la obediencia. ¿La oposición puede darse hoy el lujo de no poner todo en la cancha en las elecciones de la provincia de Buenos Aires?
La verdad es que no se trata de estar de acuerdo con Mauricio Macri o con Horacio Rodríguez Larreta. Se trata de un diagnóstico de riesgo que parece diferir en la tensión interna de la oposición y por momentos alarma la aparente candidez de algunos de ellos.
Natalio Botana afirmó el domingo pasado en el diario Clarín que de vencer el oficialismo, solo se profundizarían las políticas de decadencia. Y las políticas de la decadencia son las que hoy están provocando un sufrimiento sin atisbo de esperanza para quienes sobreviven en la pobreza y un éxodo continuo de quienes no solo buscan irse a otros países sino también irse al futuro cuando se van de Argentina.
Buscan volver al futuro porque a Argentina la tienen encerrada en el pasado, que es el tiempo preferido del kirchnerismo. Para cambiar la historia de acuerdo a su relato o para retenernos en la decadencia que finalmente termina siendo una forma de prisión. Porque ya ni siquiera queda relato para el presente.
Hace tiempo que el Gobierno dejó de hablarle a la gente real, que no es núcleo duro. A esa gente que es de carne y hueso, que sufre desesperanza, que quiere trabajar y que siente que, como si fuera poco con la corrupción y esos robos materiales e impunes, además le robaron hasta los sueños.
* Editorial de Cristina Pérez en Confesiones en la noche por radio Mitre.
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