China: ¿modelo global o nacionalismo milenario?

El control poblacional siempre importa para los chinos, que quieren llegar pronto a ser la primera economía del planeta. Ello potenciaría su relación comercial con Occidente y, en particular, podría comenzar a desafiar al dólar como moneda de reserva mundial

Desde los años 70 hasta ahora, los gobiernos chinos vienen regulando el número de su población, desde la política del hijo único hasta la actual incentivación para aumentarlos, lo que confirma una sostenible disciplina social, única en el mundo. El actual crecimiento es bien lento, con envejecimiento poblacional, menos matrimonios y mayores tasas de divorcios. Y se debe a que los jóvenes chinos rechazan la familia numerosa por sus largas jornadas laborales y porque quieren menos ataduras. Rara vez se muestran en los medios de comunicación las múltiples vulnerabilidades internas, pero este tema no escapó al debate interno del PCCh, confirmando que siempre en China la demografía juega un papel crucial en su estrategia nacional. Luego del potente ciclo económico inicial, basado en las exportaciones, el crecimiento de la última década está asentado en el consumo interno y en la abundante mano de obra barata. Habiendo menos jóvenes disponibles, el costo de mano de obra aumentará y, además, si los jubilados pasaran de los actuales 250M a 500M en el 2050, el sistema se volvería insostenible económicamente, fenómeno que ya ocurrió en Japón y en Europa, que debieron recibir emigrantes extranjeros, lo cual sería muy poco probable para la China actual. Una menor masa laboral afectaría también la exportación de bienes, importante fuente de divisas. También podría afectar el desempleo, si se prolongara la edad de la jubilación. Si además los jóvenes no logran los ascensos esperados, protestarían y bajaría aún más la natalidad porque las parejas suelen dejar a sus niños con los abuelos jubilados.

La autocracia china funciona con un contrato social tácito, que obliga al gobierno a mejorar el bienestar general y el nivel de vida. Cualquier alteración podría ser considerada como una ruptura de contrato y podría peligrar políticamente la “armonía social”. El presidente Xi, embarcado en una nueva versión del “Gran Salto Adelante” maoista, no parece dispuesto a impulsar reformas políticas. Contrariamente, está usando las nuevas tecnologías para mayor control poblacional, además de seguir intimidando a los disidentes de Hong Kong, Xinjiang (uigures musulmanes), Tíbet y Mongolia Interior y se ha puesto más agresivo hacia Taiwán, desvalorizando las promesas de reunificación bajo la fórmula “un país, dos sistemas”.

China sigue creciendo económicamente pese a la pandemia del COVID, por lo que prefiere tranquilizar la situación global y enfriar cualquier conflicto, lo que no significa reducir otras pretensiones. La actual “economía de doble circulación”, pone el motor de crecimiento en el consumo interno, con menor dependencia de las exportaciones y en atraer inversiones de grandes empresas globales (fuerte alianza con el sector financiero global) ofreciéndoles su enorme mercado interno. El plan “Made in China 2025” pone el eje en la innovación, planificando incrementar el porcentaje de componentes nacionales. Para reducir su dependencia de importaciones críticas, como los semiconductores, relacionados con la inteligencia artificial, China invertirá un 7% del PBI hasta el 2025.

El tamaño siempre importa para los chinos, que quieren llegar pronto a ser la primera economía mundial. Ello potenciaría su relación comercial con Occidente y, en particular, podría comenzar a desafiar al dólar como moneda de reserva mundial. Con esa mirada, crearon Asociación Económica Integral Regional (RCEP), la mayor zona de libre comercio del mundo. La nueva “Ruta de la Seda” expresa claramente su política de expansión geopolítica a escala planetaria, ya que, iniciada en Asia Central se ha extendido hacia todo el mundo, incluyendo la zona polar del Ártico para aprovechar nuevas fuentes energéticas y rutas marítimas más rápidas. Las represas financiadas por China en Santa Cruz, son, oficialmente, parte de “la ruta”.

El PCCh quiere mostrar que su modelo de desarrollo es superior al de las democracias. Para mantenerse en el poder cualquier oligarquía (sea política o financiera, en Oriente u Occidente) necesita poder controlar a sus poblaciones, fijándoles un patrón de comportamiento. En ese sentido, China y Occidente son, históricamente, totalmente opuestas. En Occidente predominan pueblos con una arraigada cultura de la libertad. La “técnica” para controlarlos es destruir su unidad, fraccionándolos hasta casi la individualidad (Tatcher: no hay sociedades, solo hay individuos); se trata entonces de manejar el desorden resultante. En los países árabes se lo realiza mediante una tenaz impronta religiosa. En China, los pueblos tienen una fuerte disciplina social, cultura originada en Confucio, que permitió a todos los emperadores chinos mantener el orden, denominado “armonía social”. De allí que el modelo chino sea imposible de ser aplicado en Occidente y menos aún en Hispanoamérica.

La estrategia de modernización militar hasta 2027 tiene como centro de gravedad obtener ventajas decisivas en los escenarios del conflicto con EEUU por Taiwán, cuya recuperación significaría para Xi obtener un status histórico dentro del PCCh equivalente a Mao Zedong. Pero no es sencillo. Si EEUU no defiende a Taiwán, este pelearía por su cuenta y una masacre de taiwaneses le haría un daño irreparable a la legitimidad china y a EEUU le sería difícil retirarse sin ver afectado su liderazgo con otros países aliados (India, Japón, Europa). Otro objetivo del plan estratégico militar es la defensa del Mar de la China y de su moderna flota marítima pesquera, de alcance internacional (Atlántico Sur, entre otros). Por ello ha invertido enormes cifras en su Marina, cuya flota actual es mayor que la estadounidense.

También tiene otros conflictos, no fácilmente solucionables, con India (guerra convencional en el Himalaya -4200 msnm-) y con Australia, que sufrió un enorme ciberataque contra infraestructuras críticas y que declaró que “solo un actor estatal podía ser el autor de una agresión tan amplia y sofisticada”. China cerró el museo recordatorio de la masacre de Tian´anmen en Hong Kong e impuso allí una nueva ley de seguridad nacional. Japón, Filipinas y Vietnam también tienen problemas fronterizos en el sur del Mar de China.

Los chinos siempre explican que ellos no son un imperio, porque nunca se han expandido a territorios de ultramar, ni son colonialistas (europeos), ni imperialistas (yankees), ni expansionistas (URSS) y que respetan absolutamente la soberanía de las demás naciones. Desde hace décadas el doctrinario Zheng Bijian del PCCh usa la expresión “peaceful rise” (aumento pacífico del poder), que se enlaza con los conceptos del Gral. Qiao Liang (libro “Guerra Irrestricta”), que explica que todo es válido y no hay reglas ni límites para obtener poder. Sus resultados prácticos son explicados por Chen Yixin (Comisión de Asuntos Políticos): “El ascenso de Oriente y la decadencia de Occidente se han convertido en una tendencia (global) y en los cambios internacionales, el paisaje está a nuestro favor”. En el marco del actual “nacionalismo soberanista” en casi todos los países, en especial en EEUU y China, el territorio de la disputa vuelve a ser global, de acuerdo a los conceptos anteriores, especializándose los chinos en la esfera comercial y financiera.

Los chinos están convencidos de que EEUU está experimentando un declive estructural constante e irreversible y que es poco probable que recupere su capacidad de único líder mundial. Por eso, el actual temor de China es que EEUU prosiga la arremetida iniciada por Trump, cuando precisamente ellos necesitan ahora más tiempo para consolidarse económica y militarmente. La preocupación principal no pasa por lo militar sino por la velocidad del desacoplamiento económico. China intentará tácticamente evitar cualquier situación de crisis, reduciendo tensiones, estabilizando la relación bilateral. Por ejemplo, apoyando la propuesta medioambiental de Biden. En Beijing están convencidos de que el aumento de la confrontación de EEUU con China no terminó con el alejamiento de Trump, sino que ya es estructural, debido al equilibrio de poderes existentes actualmente.

La falta de confianza mutua, aumenta las dificultades para administrar esta competencia global. China no tiene demasiados aliados: Rusia no es totalmente confiable para China. EEUU deberá necesariamente acordar con sus principales aliados estratégicos (Japón, Corea del sur, Australia, Canadá, GB, Francia, Alemania), a los que deberá hacerles algunas concesiones, los que a su vez estarían siendo tentados por China, con beneficios económicos o con mercados. Sin embargo, la Unión Europea está preparando un “escudo europeo” de defensa de sus empresas, para evitar que sean compradas por China. Esto va en paralelo con la dureza de la gestión Biden con China. Su Secretario de Estado, Antony Blinken, afirmó que el mundo “no puede darse el lujo de no hacerle frente a Beijing”.

El futuro nos ofrece tres escenarios: 1) Como China juega a la estrategia de alargar los tiempos, necesarios para su consolidación, EEUU se vería obligado definir pronto una estrategia de confrontación administrada, con alianzas globales que ralenticen la consolidación china. 2) Como las grietas profundas entre dos grandes suelen ser un negocio mutuo, para impedir la entrada de terceros, existe la posibilidad (baja, por ahora), que China y EEUU se pongan de acuerdo en administrar conjuntamente al mundo, repartiendo zonas de influencia, como ocurrió en la Guerra Fría con la URSS. 3) Que ambas potencias se degasten realmente entre si y ofrezcan al mundo la oportunidad de un mayor equilibrio multipolar, beneficioso para todos los pueblos del mundo.

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