
Un reciente estudio de la Universidad de Cambridge concluyó que la Argentina es uno de los tres países (junto con Islandia e Irak) que tendría un superávit crediticio positivo al incluirse la variable climática en el análisis de las deudas soberanas de todas las naciones del mundo. Básicamente, lo que los investigadores intentaron es determinar cuán sustentables son las deudas cuando se incorporan los costos ambientales indirectos, no medidos por las calificadoras de riesgo, a la sustentabilidad de largo plazo de las deudas actualmente contraídas por todos los países.
Como resultado del modelo aplicado, los investigadores demostraron, previsiblemente, que la mayoría de los países desarrollados verían pasar sus calificaciones de deuda de positivas a negativas si contabilizaran la variable climática. Es decir, si incluyeran en sus cuentas el costo de garantizar la sustentabilidad futura de su calidad de vida, producción y consumo.
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En el actual contexto de colapso planetario, en el que la pandemia puso en evidencia las inseparables relaciones entre el deterioro ambiental y la salud global, es hora de que los países ricos comiencen a reconocer, incluir y compensar la otra deuda, la gran deuda ambiental que han contraído desarrollándose gratuitamente como free riders (parásitos financieros) a cuenta de los recursos naturales de los países pobres a quienes, además, obligaron a endeudarse a tasas usureras.
El próximo 5 de mayo el país tiene un vencimiento con el Club de París de 1.900 millones de dólares más intereses por 400 millones de dólares, que surgen de aplicar una tasa del 9 por ciento, en un contexto en el que las tasas internacionales son casi negativas.
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El nivel de endeudamiento soberano de la Argentina es tan alto que hasta el propio FMI lo definió como “insostenible” y las autoridades nacionales como “ilegal”. Su historia de recurrentes defaults indica que ya es un problema de ambas partes y no sólo del deudor. Pero la Argentina podría convertirse en un caso piloto de éxito, ya que cuenta con un superávit ecológico, a diferencia, por ejemplo, de sus acreedores financieros en el Club de París, que incluyen a Alemania, Japón, España, Italia, Holanda, Estados Unidos, Suiza y Francia, todos con déficit ecológico.
Un enfoque disruptivo e innovador para plantear esta discusión implicaría cambiar el paradigma de “país desarrollado-país emergente” y pensar en términos de aportes y consumos, entendiendo que la agenda ambiental permite negociar los “créditos” y las “deudas” desde la perspectiva de la política climática o de biodiversidad, y que la huella ecológica puede ser un indicador apropiado para relanzar una discusión donde nuestras economías funcionen para esta generación y las futuras.
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La huella ecológica muestra el cálculo de recursos naturales específicos y suma los efectos por la falta de esos recursos en una ecuación que hoy arroja un déficit global del 60%. Es decir que necesitamos consumir 1,6 planetas para mantener nuestra forma de vida, lo que es ambientalmente imposible y explica, en gran parte, la actual crisis ecológica y sanitaria global.
Bajo este concepto, la Argentina tiene una oportunidad de plantear un esquema nuevo de negociación de sus deudas con los países desarrollados. ¿Qué pasaría si el país propone una compensación ambiental en la cual, en lugar de pagar una deuda recurrente y cíclicamente insostenible, se comprometiera a utilizar esos recursos para, por ejemplo, resguardar y proteger las cuantiosas reservas marinas del Atlántico Sur, hoy objeto de depredación y contrabando por flotas pesqueras internacionales? ¿O qué ocurriría si la Argentina recibiera fondos internacionales para, en lugar de repagar intereses usureros, conservar el Gran Chaco Americano, el segundo ecosistema boscoso más importante de América Latina después del Amazonas, que comparte con Bolivia y Paraguay? ¿O qué sucedería si Argentina promoviera efectivamente el ingreso de las inversiones verdes que buscan fondear proyectos de energías renovables aprovechando sus vientos patagónicos y las excepcionales condiciones de radiación solar en la Cordillera de los Andes?
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La renegociación entre la Argentina y el Club de París puede y debe ser un punto de quiebre en la lógica inconducente -a juzgar por sus resultados- en la que se han planteado los préstamos de países desarrollados a países no desarrollados desde el Consenso de Washington en adelante.
Curiosamente, el Club de París se creó en 1956 para enmarcar una negociación con la Argentina cuando nadie encontraba soluciones a una serie de deudas públicas y privadas defaulteadas. A la luz de la historia, ni el Club de París ni la Argentina parecen haber hallado una solución de fondo a los mismos problemas que los sentaron a una mesa de negociación hace más de medio siglo. Tal vez sea hora de un cambio de enfoque y nuevamente, gracias a la Argentina, el Club de París comprenda los tiempos que corren y aproveche la oportunidad para dejar de ser un villano del mercado financiero y transformarse en un héroe de la sustentabilidad global.
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Una transición ecológica, económica y social es posible en la Argentina. El país es un deudor, sí. Pero también es un acreedor ambiental y el desafío del gobierno y de la clase política argentina es encontrar una visión integrada de política exterior y diplomacia socioambiental que abra una oportunidad para liderar el cambio a nivel global. No solo para los intereses argentinos, sino de todo el Sur Global.
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