
Retirarnos del Grupo de Lima es un acto de coherencia. Si la política interna baila al son del Instituto Patria, entonces la política exterior debe hacerlo según agrade al Grupo de Puebla. Hay que reconocer que Argentina no tenía nada que hacer en el de Lima, las democracias de la región y nuestros socios en el Mercosur trabajan allí para salvaguardar el respeto por las libertades cívicas, el sistema republicano, capitalista y con división de poderes. Por el contrario, parece que nuestra misión más bien consiste en perpetuar el régimen de los infames hermanos Castro y expandir su semilla en todos los países a cuyos pueblos se consiga engañar. Uno tras otro y hasta la victoria siempre.
El populismo no entiende la política como un ámbito de negociación entre diferentes para buscar soluciones que beneficien al conjunto. Dialogar es una debilidad, acordar una traición. De la mano del nazismo de Karl Schmidt y sus Laclaus posteriores, entienden la política como una lucha, un ámbito donde vencer, no convencer, derrotando a los discrepantes sin reconocerles derecho a nada.
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No se conoce en el mundo un solo país en que semejante ideología haya conducido a prosperidad económica y social, todo lo contrario. Corea del Norte es un enorme campo de concentración y Cuba una vergüenza para cualquier persona civilizada. Las Naciones Unidas, de manera oficial y de la mano de Michelle Bachelet, ha acreditado que en la Venezuela de Chávez y Maduro han muerto o desaparecido por terrorismo de estado tantos o más civiles indefensos que en la Argentina de Videla. Y el kirchnerismo gobernante, el de ahora y el de antes, que tanto batió el parche de los derechos humanos, no ha dicho una palabra. Tampoco sus tan promovidas organizaciones que se llenan la boca afirmando que los defienden. Tenemos un premio Nobel de la Paz investido por ese rubro, que se mantiene completamente apartado, asombroso barítono de un silencio ensordecedor.
De nuevo la coherencia entre política interna y política exterior: si para el presidente Fernández, Moyano es un sindicalista ejemplar y después se abraza con Gildo Insfrán, ¿a quién le sorprende que tengamos a Maduro como un paladín de la democracia? Es el gobernante de afuera que más se parece a los que tenemos adentro.
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Un conocido derivado del ejercicio de la coherencia consiste en que, ante cada tropiezo frente a una realidad que no perdona, estos populismos enseguida busquen culpables terceros, nunca nada de responsabilidad propia. Así, en Argentina, Menem, de la Rúa y Macri tienen la culpa de todo. Y afuera, la catástrofe venezolana se origina y mantiene por el perverso accionar del imperialismo apátrida y sus lacayos locales, usted y yo incluidos.
Con ese catecismo, hay gente que puede terminar creyendo que los sinsabores casi diarios que aquí padecemos no surgen de la corrupción, ineptitud y fanatismo ideológico de quienes nos gobiernan. Se le explica que enfrentamos a tan poderosos enemigos que esos desastres son el precio a pagar por nuestra dignidad nacional, algo afectada por el asesinato de un fiscal, el convenio con Irán o la zarzuela de Lázaro, Boudou, la Rosadita, los cuadernos o los bolsos del compañero López en el convento.
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No tiene mayor importancia que nos retiremos del Grupo de Lima: el mundo ya ha dejado de tomarnos en serio y no le afecta en qué lugar nos pongamos. Argentina no cuenta. A los que sí afecta es a nosotros, a los argentinos de a pie que sentimos indignación por estas conductas internacionales. Muchos jóvenes no lo saben, pero alguna vez Argentina estuvo entre los diez países más respetados del mundo y, esporádicamente, tornamos a serlo por muy pocos años, en las dos últimas décadas del siglo veinte. Fuimos un país reconocido por su conducta constructiva y responsable, sin necesidad de heroicas bravatas ni desplantes. Los que hoy nos gobiernan son los mismos que Perón expulsó de la Plaza, pero nuestra colosal turpitud los ha entronizado de manera inexcusable. Es de esperar que consigamos detenerlo, pero por ahora este tren podría terminar viajando derecho a Venezuela, y sin escalas.
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