
El mundo le demanda a Argentina alimentos en cantidad, precio y calidad. Las prohibiciones a las exportaciones reducen las exportaciones. Los impuestos a las exportaciones reducen las exportaciones.
La brecha cambiaria entre dólar comercial y financiero incentiva a importar más y exportar menos, en algunos casos hasta “inventando importaciones” y “sub-facturando exportaciones”. Cuando se regulan los mercados de granos los productores dejan de sembrar el grano más regulado y apenas incrementan la siembra del menos regulado. Entre 2008 y 2015 se perdieron casi 20 mil millones de dólares en exportaciones de trigo y maíz.
Las exportaciones se desplomaron entre 2011 y 2015, tuvieron un crecimiento entre 2016 y 2019. Hace una década que la economía argentina no crece dos años consecutivos. Con 45 millones de habitantes y casi la mitad en la pobreza, el mercado argentino es pequeño.
Los alimentos no son caros, parte de la población carece de ingresos. Apoyémosla con programas específicos con foco en la demanda, como el foodstamps de USA que asiste a más de 40 millones de norteamericanos.
El mercado argentino es tan pequeño que tenerlo como objetivo reduce las eficiencias de escala y no permite crear los puestos de trabajo sostenibles de lo económico, social y medioambiental necesarios para la población
Durante el reinado de las Juntas Nacionales de Granos y Carnes prácticamente no creció la producción de granos y cayó el stock ganadero per cápita.
El Estado argentino tiene una pésima historia como productor de bienes y servicios: Aerolíneas Argentina desde que se estatizó en 2008 a 2019 consumió subsidios por 6.200 millones de dólares, funcionó en un mercado protegido y Argentina es el país con menos pasajeros per cápita de la región. Se suma el bochorno de YCF Río Turbio y la renegociación compulsiva de deuda de YPF. ¿Por qué sería un buen productor de alimentos? Basta. Basta de locura.
este artículo se publicó originalmente en HorizonteA
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