La Patria hoy carece de apasionados

En la Argentina actual cada quien, sea empresa o sindicato, gobernador o intendente, gobierno u oposición, se ocupa de sus propios problemas y de desarrollar sus propios intereses

Alberto Fernandez, Mauricio Macri y Cristina Kirchner
Alberto Fernandez, Mauricio Macri y Cristina Kirchner

El destino colectivo es una construcción, suele ser el fruto de una o varias generaciones que soñaron trascender, que se forjaron y asumieron como padres de una patria posible. Necesita de guerreros y productores, pero sólo es obra de estadistas, consecuencia de una visión abarcadora. Requiere vocación de trascender, opuesto a la codicia, a la pequeñez de la vocación de acumular. Demanda grandeza para una mirada que reivindique la identidad particular e imagine desde ella una inserción en lo universal.

Los señores feudales eran independientes de todo poder central, en rigor no imaginaban que existiera tal cosa. El feudalismo fue una etapa de la historia de la humanidad pero sobran señales de su reiteración en nuestro triste presente. Cada quien, empresa o sindicato, gobernador o intendente, gobierno u oposición, todos se ocupan de sus propios problemas y de desarrollar sus propios intereses. En verdad, cada quien se considera a sí mismo como propietario de una visión del país digna de ser impuesta al resto a como venga ejercerlo. Lo colectivo, la patria -ese desafío- hoy carece de apasionados. El Gobierno llegó para resolver los temas personales de sus miembros, como aquel oscuro personaje de “Mefisto” encarnado en algunas figuras que ayer eran duros críticos y hoy son grandes aduladores. Hasta hay quienes piden salvar de la cárcel a algún compinche. La asociación de “nuevos ricos” excesivamente favorecida por los extravíos oficialistas contrata supuestos pensadores para argumentar en contra de Perón, Evita, el Papa, cortinas de humo donde ocultar las miserias y las fortunas, flaquezas que suele caminar en yunta. Hasta se enamoran de una “versión gorila” de un (ex) oficialista fanatizado que terminó descubriendo los males del “populismo”. La miseria que nos lastima tiene fecha de nacimiento, cuarenta y cinco años y la falsedad de sus simuladores rentados queda al desnudo con solo observarlos. Una patria de ciudadanos convertida por la codicia de los grandes ricos en una geografía de consumidores. Las tradiciones, la política, las creencias y las convicciones se ven degradadas por una caterva rentada de obsecuentes de los nuevos poderosos. El “progresismo”, ese pretencioso ser sin origen ni identidad se presenta como materia prima del consumidor que recorre la vida en “tarjeta de crédito”.

El rico, ese uno por ciento de dueños del noventa y nueve de la riqueza, gastó unos pesos y te convenció que la lucha no era de clases sino de género, el banco se quedó con tu dignidad y te envió a discutir sobre temas sin sentido. Perón solía hablar de la “sinarquía internacional”, yo entiendo ese concepto expresado por los nuevos grandes ricos, intermediarios sin patria ni bandera, desesperados en cuestionar las creencias ajenas. Necesitan degradar opiniones y credos para reflejar su codicia como muestra de desprecio a todas las virtudes humanas, acción propia del adorador del “becerro de oro”. Hace unos días alguien escribió una nota donde, al rescatar a aclaraba, “a pesar de ser creyente”. Nada define más la decadencia que una expresión de soberbia ante el sin límites de la estupidez.

Hoy vemos cómo la producción y el trabajo nacional es destruido al servicio de los importadores, se coloca el negocio por encima de la misma necesidad, como si defender lo propio fuera tarea de patriotas y nosotros decidimos ser colonia.

La vida nos regaló un Papa, eso excitó la pequeñez de una caterva de masones adoradores del dinero y el horóscopo, de esos que con tanta lucidez describía el Maestro Tejada Gómez, “un perro, una amante y un psicoanalista que le amansa la muerte dos veces por semana”. La codicia hoy exitosa es sin duda uno de los más bajos niveles de lo humano. Nunca algunas sociedades habían caído tanto. En “Autopsia de Creso” el Maestro Marechal, refiriéndose al “hombrecito económico”, habla de someterlo a una “biopsia in extremis”. Esperemos que las naciones con más historia le puedan parar el carro a la universal de los negociados, queda claro que nosotros no tenemos quiénes nos defiendan. La soberbia de los nuevos ricos no se conforma con la desmesura de su voracidad sino que intenta además imponernos la pobreza de sus convicciones.

Necesitamos que surja lo nuevo, superando gobierno y oposición, el fracaso de ambos es una de nuestras certezas consolidadas, una rebeldía que habite fuera del calor oficialista de las burocracias rentadas. El fracaso del gobierno anterior y el grotesco del actual no dejan dudas de que ninguna de esas dos opciones políticas se mejora con remiendos. Sólo en lo nuevo se puede entrever la esperanza.

Sería esencial recuperar las bases del juramento de los señores feudales cuando elegían un rey: “Nos, que somos y valemos tanto como vos, y que juntos más que vos, os coronamos Rey”. Es la única vía para salir de este universo de iguales sin inventar un nuevo monstruo, se me ocurre. Y la profundidad de la crisis nos obliga a intentarlo.

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