
Cuando se acerca fin de año muchos se plantean hacer un balance sobre lo ocurrido. Es cansador porque, la verdad, los últimos balances son uno peor que el otro. Y el de este año ni que hablar. No sé si vale la pena hacerlo tampoco, pero se me ocurrió que, tal vez, podía evitar la depresión mirando más allá, no sobre el balance de un año sino el que me ha tocado en toda la vida, teniendo en cuenta que mi cumpleaños es en los primeros días de enero, también un momento para hacer un balance.
Me refiero a un balance externo, es decir, no a aquellos resultados que en buena medida dependen de lo que haya hecho o dejado de hacer. Más bien sobre las circunstancias económicas y políticas que me tocaron, al igual que a todos los de mi edad. Buscando referencias sobre el asunto me topé con este gráfico de Nicolás Cachanosky:

El gráfico muestra la evolución del PIB real, medido en dólares de 2011, y la posición porcentual que el país ha ocupado en relación a todos los países. En ese sentido, el año de mi nacimiento muestra dos datos muy importantes. Por un lado, aumenta notablemente la cantidad de países que aparecen en la muestra, tomada del respetado trabajo Maddison Project Database del Departamento de Economía de la Universidad de Groningen en Países Bajos, el cual a su vez continúa el importante trabajo de Angus Maddison, un destacado economista británico que se dedicara a reconstruir series históricas de datos que hasta su trabajo, no estaban disponibles. El número de países pasa de algo más de cincuenta a más de ciento cuarenta.
El otro dato, más importante aún, es que en el año de mi nacimiento Argentina alcanzaba el pico de ingreso per cápita, ocupando una posición que lo ponía por sobre el 93% de los países del planeta. A partir de allí, los años que me tocaron vivir, llevaron al ingreso medio de la Argentina desde ese 93% a un 63%.}
En todos estos años he escuchado muchas explicaciones al respecto, tal como que el problema eran los términos del intercambio y la restricción cambiaria. Vamos a suponer que esto fuera cierto, tal vez incluso aceptar que explicara algunas de las caídas, pero, ¿qué explica la tendencia general de esos casi setenta años? En ese sentido, el déficit fiscal, los años en default y el crecimiento de los agregados monetarios y los precios son mucho más constantes que los precios de nuestras commodities o los vaivenes de la economía global (Todo eso puede verse en los excelentes gráficos de Nicolás: en el sitio Hub Económico).
No voy a hacer un balance de este 2020, porque ha sido horrible, tanto sea por los daños de la pandemia como los de la cuarentena, creo que es necesario hacer un balance de la tendencia que llevamos en los años que el gráfico muestra y repasar históricamente que fue lo que nos permitió, antes de esa fecha, alcanzar una posición que nos ubicaba entre los primeros, una posición que a fines del siglo XIX era mejor aún.
Si no cambian las ideas y valores que predominan en la sociedad y volvemos, digamos para simplificar, al espíritu emprendedor del inmigrante, seguiremos por el tobogán. Me refiero, en términos generales, a ideas populistas, al culto del pobrismo, de la prebenda, del privilegio. Ese cambio había comenzado a producirse mucho antes que se iniciara la pendiente en caída, había cambiado la visión de la historia, donde pasamos de ser un país de oportunidades y progreso a uno de agravios y agresiones.
Así lo comenta Borges: “Hacia 1922 nadie presentía el revisionismo. Este pasatiempo consiste en ‘revisar’ la historia argentina, no para indagar la verdad sino para arribar a una conclusión de antemano resuelta: la justificación de Rosas o de cualquier otro déspota disponible” (Jorge Luis Borges, “Notas”, Fervor de Buenos Aires, Obras Completas I Emecé Editores; Barcelona, 1996, p. 52).
Es hora de “revisar” nuestras ideas para cambiar de rumbo, uno que vuelva a ofrecer oportunidades y progreso no promesas que no se cumplen.
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