
Netflix es uno de los protagonistas de la educación sexual. Y no es un protagonista sin más, sino que genera más enganche que el que muchos padres, madres o docentes soñarían con conseguir.
El efecto adictivo de cada nuevo thriller psicológico o policial lo transforman en la clase más esperada del día. Cada contenido destinado a adolescentes y jóvenes incluye debates sobre sexualidad, estilos de vida y relaciones. Con su nuevo estreno, la miniserie “El desorden que dejas”, duplicó la apuesta. En realidad, ya la había duplicado con “Élite”. Ahora, la triplicó.
A lo largo de sus ocho capítulos pone sobre la mesa temas que van desde el suicidio hasta la prostitución de menores, pasando por asesinato, relaciones sexuales entre docente y estudiante de secundario, infidelidades, maltrato constante hacia la docente, tríos sexuales entre menores, violencia doméstica, filmación de escenas de sexo sin el consentimiento de la otra persona, pornoextorsión, drogas, armas, debates sobre feminismo, aborto y eutanasia.
Quisiera detenerme en un asunto que me parece central y sensible, por la frecuencia y las implicancias que tiene en el bienestar y en la salud psicoemocional y vincular: las relaciones tóxicas o perjudiciales. “Si no estás conmigo, me mato”, “No te pongas celosa que aburres”, “¿Sabes por qué alguien como yo querría salir con alguien como tú obviando lo dañino que puedes llegar a ser? Porque, aunque seas un cabrón, sé que eres buena persona”. Estos son algunos de los diálogos que pueden escucharse entre los adolescentes.
En el marco de investigaciones que realizamos desde la Universidad Austral para mejorar las prácticas en educación sexual teniendo en cuenta lo que los/as adolescentes quieren y necesitan, les preguntamos si les gustaría encontrar un amor que los acompañe siempre. De los últimos 200 encuestados recientemente, el 82% afirmó que sí (¿no es un poco contundente como para que la palabra “amor” aparezca tan poco vinculada a la educación sexual?). Sin embargo, el 42% considera que el amor para siempre no es posible. ¿Cómo se explica la brecha entre lo anhelado y lo que se considera posible? Seguramente, muchas cosas en las que necesitamos detenernos despacio. Algunas de ellas pueden tener que ver con desilusiones, heridas, desconfianza…y series de Netflix.
Si la ciencia desarrolla la racionalidad, la ficción dialoga con el corazón. Impacta en los sentimientos, las expectativas, los proyectos, y, también, cultiva miedos, rencores, odios. Enganchados en el suspenso, el misterio y las relaciones -que compiten por ser una más perversa que la otra-, nos hundimos en horas y horas embadurnadas de relaciones tóxicas. En ese mundo no hay amor, respeto, cuidado, ternura. No hay caricias, hay roces; no hay abrazos, hay apretones; no hay relaciones, hay un combo de sexo tóxico sin intimidad. No se ve goce ni en los vínculos, ni en el sexo.
Que Netflix se ha vuelto protagonista de la educación sexual es un hecho. Al menos de la parte sexual. Sobre la educación se queda muy corto: moviliza el debate, pero le falta la parte de la información científica, el juicio crítico, la reflexión sobre valores, la promoción de estilos de vida saludables y ese acompañamiento cercano y afectivo que solo padres, madres y educadores son capaces de dar. Desde el amor y no desde el afán de ganar dinero como sea. Desde el cuidado y no desde la fuerza arrolladora de la tecnología que se mete sin escrúpulos en el campo afectivo todavía en formación.
Sigue sonando el eco de la frase de la adolescente protagonista de la serie (víctima de indiferencias, infidelidades, filmaciones sin consentimiento): “Aunque seas un cabrón y me hagas daño, sé que eres buena persona”. Cuando la ficción se vuelve dolorosa realidad en la boca de una hija o un hijo adolescente que se convence de que tiene que aceptar el daño a cambio de amor, crece la conciencia de las familias y los educadores de seguir trabajando para superar los estereotipos agnósticos del amor que nos deja el mundo Netflix y promover la esperanza de que el amor y las relaciones saludables son posibles.
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