
La política atraviesa un momento de debilidad. La falta de representación y de respuestas concretas por parte de la dirigencia a este mundo hiperconectado y que avanza hacia una cuarta revolución industrial, están provocando una brecha cada vez más lejana entre la política y la sociedad. Mientras la última exige –y nos exige– mirar hacia el futuro, la dirigencia busca soluciones mirando por el espejo retrovisor de la historia.
Desde la política de las ideas impulsada por los teóricos de la ilustración hasta la Realpolitik, la de los hechos y acciones, la ciencia política ha construido las distintas corrientes de pensamiento que han regido durante décadas por la academia y que han transformado las formas de gestión por parte de los dirigentes.
En la actualidad rige la “sociedad de los simulacros”, como indicó el autor italiano Mario Perniola. La esencia y la razón fueron reemplazados por la imagen, las sensaciones y el manejo de las emociones. Este concepto, según Perniola, puede compararse con los procesos de la holografía, en la que el político ya no representa la voluntad política, de contenidos y significado, sino una versión modificable de sí mismo para cumplir con las expectativas de su electorado.
Este pensamiento holográfico de la política no tiene utopías ni ideologías y convive con las convicciones efímeras y el pragmatismo acrobático, donde prima únicamente lo táctico a la hora de gestionar. Un ejemplo de esta corriente puede encontrarse en aquellos dirigentes que se autodenominan como “anti políticos” pero simultáneamente anuncian su candidatura a un puesto. Una analogía del máximo grado de simulación: cómo aprovecharse de la crisis de representación para llevar a cabo una agenda propia.
En este marco, la dirigencia política se encuentra en una lógica que le impide llevar a cabo la autocrítica necesaria para poder superar esta crisis. En vez de estar centrada en discutir las políticas públicas necesarias para afrontar los desafíos de un futuro cada vez más próximo, se encuentra abocada en la lucha constante por dogmas y visiones arcaicas, donde ya no se legitima el accionar del político mediante los éxitos propios sino en los errores ajenos. El mundo de hoy, que avanza hacia la robótica, la inteligencia artificial, la transhumanización, y la industria 4.0 en todo su conjunto, es imparable y no tiene procesos de adaptación a los cambios. Por eso necesitamos de todos y todas para afrontar estos desafíos.
La sociedad actual exige respuestas concretas frente temas centrales como la desigualdad, el medio ambiente, el manejo equilibrado de las minorías, las migraciones y los movimientos identitarios, entre otros. Para ello, la política debe trabajar en el cuidado de las demandas de la población, superar la convicción de los dogmas y buscar las convergencias a través de liderazgos racionales –no mesiánicos ni autoritarios–, que contribuyan a recuperar su cercanía con la realidad.
El poder ya no representa la lucha dialéctica entre extremos sino la búsqueda de convergencias en una sociedad compleja, con fuertes diferenciaciones y movimientos internos. Una población inabarcable desde un solo sujeto, que obliga a la política a plantear las nuevas preguntas y no las viejas respuestas, si quiere ser protagonista en la construcción de esta nueva sociedad. Su principal desafío, entonces, es poder encontrar los interrogantes emergentes y responderlos desde un conjunto, mirando hacia el futuro y reconociendo la dinámica de un mundo en constante cambio.
En este sentido, desde el Instituto de Estudios Estratégicos del Círculo de Legisladores de la Nación, hemos desarrollado diferentes iniciativas orientadas a reestablecer el diálogo transversal entre todas las fuerzas políticas y contribuir al armado de una nueva agenda que permita afrontar los desafíos de este tiempo.
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