
Como consecuencia del crecimiento de la población adulta mayor por el aumento de la expectativa de vida y las actuales tendencias demográficas, la Argentina atraviesa un escenario de envejecimiento poblacional.
En este contexto, y en un país en el que viven cerca de 7.000.000 de personas mayores de 60 años, desarrollar programas para que las personas mayores tengan la oportunidad de incorporar habilidades y destrezas que faciliten el uso de dispositivos tecnológicos se vuelve un desafío crucial que no se puede soslayar.
La pandemia que llegó sin previo aviso puso en evidencia dos aspectos. Por un lado, la heterogeneidad que presenta este grupo de la población. Muchas personas ya estaban familiarizadas con el uso de Internet, redes sociales y aplicaciones web. Una vez que se estableció el confinamiento fueron las que, en su gran mayoría, pudieron adaptarse más fácilmente al cambio de escenario, y seguir en contacto con sus vínculos y seguir participando de manera online de actividades y encuentros.
Para quienes no contaban con dispositivos ni con conectividad ni con conocimientos previos sobre el mundo digital, la realidad fue muy diferente, y no pudieron vivenciar la cercanía en la distancia que hizo posible la virtualidad. Sin acceso a la tecnología, las dificultades se hicieron evidentes y la brecha digital quedó al descubierto.
Como ocurrió en todos los ámbitos, la pandemia ayudó a correr el telón y aceleró la necesidad de trabajar en aquellos temas que aún presentan déficits y oportunidades de mejora.
La inclusión digital de las personas mayores desafía tanto a las organizaciones de la sociedad civil, al Estado como al sector privado. De todos se requiere un abordaje integral para que la tecnología deje de ser una barrera y sea un puente que permita a todos la integración, la comunicación y también la generación de nuevas oportunidades en distintos ámbitos de la vida.
Diferentes experiencias y proyectos de acompañamiento para que personas mayores incorporen y utilicen herramientas tecnológicas demuestran que los resultados son muy positivos y alentadores.
Derribando prejuicios y preconceptos, los procesos de inclusión digital que se realizaron, en AMIA -por ejemplo- con jóvenes voluntarios que intervinieron como facilitadores dan cuenta de la riqueza que producen los encuentros intergeneracionales diseñados para este fin.
Está comprobado que la inclusión digital también ayuda a optimizar tiempos, recursos y a mejorar la calidad de vida. Desde un enfoque de promoción de derechos, la inclusión digital es también inclusión social.
Realizar talleres online, interactuar a través de las redes sociales, compartir celebraciones familiares a través de distintas plataformas digitales, realizar gestiones virtuales con prestaciones de salud o entidades bancarias son acciones cotidianas que deberían estar al alcance de todos.
El mundo digital tiene que ser también el mundo de todos. Por eso, trabajar de manera coordinada para reducir la brecha digital, promover el acceso a dispositivos y a la conectividad en las personas mayores es una tarea prioritaria que el nuevo tiempo nos demanda.
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