Comencé a militar en 1982: estábamos llegando al final de un período oscuro y nuestros deseos parecían estar a la vuelta de cristalizarse. Tendríamos libertad, se terminarían las injusticias, la represión y los desaparecidos y todos los ciudadanos argentinos podríamos decidir nuestro destino. El 30 de octubre de 1983 volvimos a votar (fui fiscal comprometido toda la jornada) y poco menos de dos meses después reestrenamos una democracia repleta de desafíos. Muchos de ellos los transitamos con éxito. El juicio a las juntas, impulsado por el propio presidente Raúl Alfonsín con mucho riesgo, puso fin a los repetidos golpes de Estado. La esperanza de haber dejado atrás el pasado trágico nos inspiró a soñar con que la democracia se consolidara como el instrumento para que todos comiéramos, nos curáramos y nos educáramos. Pasaron 37 años y las deudas son enormes.
A pesar de ser un país productor de alimentos, el hambre continúa siendo un problema para sectores crecientes de nuestra población. La pobreza no para de crecer de Gobierno a Gobierno: el anteúltimo la dejó en 26%, el que le siguió en 36% y el recientemente asumido la elevó a casi el 50%. Dejamos de producir con valor agregado y de incentivar el trabajo. Desde la década de 1990 la economía nacional se primarizó: vivimos de lo que da el suelo, como si estuviéramos en pleno siglo XIX. En la era del conocimiento y de las nuevas tecnologías, cuando el futuro se abre paso a gran velocidad, insistimos en anclarnos a un pasado que solo deriva en empleo cada vez menos digno y en mayores niveles de informalidad.
Las frecuentes muestras de talento innovador y de ingenio de los argentinos chocan de manera permanente con una política que avasalla la cultura emprendedora. Es un modelo que no reconoce el mérito, iguala para abajo, desalienta a emprendedores, empobrece, fuga talentos. El Estado cobra cada vez más impuestos para sostener su ineficiencia y seguir construyendo una nueva oligarquía de altos dirigentes multimillonarios y beneficiarios cómplices. Mientras tanto, nos posicionamos como líderes mundiales en materia de contagios y muertos por millón de COVID luego de haber detenido literalmente el país durante siete meses. Los relatos de la grieta no son suficientes para tapar las deudas de más de tres décadas.
Así y todo, con enormes imperfecciones, la continuidad democrática me permite mantener la esperanza de que logremos avanzar hacia una Argentina innovadora, capaz de hacer el esfuerzo necesario para mejorar los aspectos culturales que le permitan construir un futuro diferente, más cercano al sueño de nuestros abuelos y el que quisiéramos concretar pensando en nuestros hijos. La ilusión permanece allí: obreros, empresarios, periodistas, profesionales, el sector público… Todos podemos hacer las cosas bien y mejor para consolidar nuestro progreso productivo e industrioso. No es tiempo de bajar los brazos: al final del camino, la democracia es el mejor instrumento para que todos comamos, nos curemos y nos eduquemos en libertad.
El autor es secretario general del GEN y legislador porteño
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