
Hay que reconocer que, si bien fue elegido con poco más del 20% de los votos, recuperó la imagen presidencial, que había quedado muy desgastada en los tres años anteriores. Poniendo en perspectiva y a la luz del deterioro profundo que ocurrió a continuación, pueden rescatarse determinados logros de su gestión, como por ejemplo que su ministro de economía pudiera continuar la tarea que había iniciado para sacar al país de la debacle económica en que lo había sumido la crisis del 2001, que haya obtenido una quita de la deuda externa, que consolidara un ciclo de crecimiento económico iniciado después del pico de junio del 2002 y que terminara con la mayoría automática de la Corte Suprema menemista.
Sin embargo, los aspectos negativos de su gobierno son tantos y de tal magnitud que opacan por completo aquellos éxitos. En primer lugar -y ello es muy lamentable- resucitó la antigua grieta entre peronistas y antiperonistas, que había ido suavizándose hasta casi extinguirse durante el gobierno menemista, utilizando la estratagema de crear antagonismo y conflictividad entre los distintos estratos de la sociedad, tal como lo recomendaba Foucault. De tal manera, transformó al adversario en un enemigo, a la vez que dio comienzo al “relato”. Cabe recordar también el uso político que hizo de los derechos humanos: ideologizó el tema por razones de conveniencia y poniendo en el banquillo sólo a los militares acusados de terrorismo de estado, pero no a los montoneros ni a los guerrilleros subversivos que atentaron contra la República y que causaron tanto daño y tantas muertes.
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No puede dejarse de lado en este análisis la relación con los piqueteros, a quienes les permitió cortar continuamente calles, puentes y caminos, siempre en detrimento de quienes debían transitar por la ciudad y sufrían, obviamente, múltiples dificultades para trasladarse. Asimismo, su gobierno contribuyó a fomentar la inseguridad, a pesar de que era -como lo sigue siendo hoy- un asunto que afecta en forma directa a la gente, al punto que son pocos los que no han sufrido algún hecho delictivo. En esa vertiente, a una política que no tenía en cuenta a las víctimas, se sumó que auparon a un abolicionista del derecho penal para integrar la Corte Suprema y nombraron a magistrados que comulgaban con esos principios y que, obviamente, favorecían en sus fallos a los delincuentes.
En materia económica, disfrutó el gran auge del elevado precio internacional de la soja, que generó divisas al estado, pero las utilizó para incrementar los subsidios y los planes, siempre con intenciones clientelistas. Es decir, fomentó la vagancia en lugar de dar pautas de trabajo para que las personas carenciadas aprendieran a ganarse la vida con el sudor de su frente y no con la dádiva del Estado. En cuanto a la reducción del desempleo, no se lo puede desligar de los nombramientos en el sector público, cuya plantilla creció geométricamente, en sentido inverso al buen funcionamiento de la administración. Además, cabe recordar que el arreglo al que llegara con el sindicato de camioneros prácticamente destruyó la red ferroviaria, como así que su política energética fue deficiente y nos fuimos alejando del autoabastecimiento.
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También tuvo consecuencias nefastas la inseguridad jurídica porque espantó la inversión extranjera y todo ello sin olvidar que, durante su mandato, comenzaron a adulterarse las estadísticas oficiales, restando toda credibilidad a los resultados que publicaba el Indec,
Por otra parte, también fue muy perjudicial que, en el campo internacional, situara al país al lado de las dictaduras populistas de América, como hizo con la Unasur, en lugar de alinearnos junto a las democracias occidentales. Otro baldón que cabe achacarle a su gobierno es el hostigamiento hacia la prensa y las presiones a los periodistas. Así, comenzó su estrategia de control al cuarto poder, que gozaba hasta ese momento de total libertad de expresión, dividiéndolo en amigos y enemigos, según la cercanía que tuvieran hacia su política, creando medios afines a los que mantenía con dineros del erario público. Por lo demás, no puede dejar de mencionarse que la educación nunca interesó al kirchnerismo más que para convertirlo en centro de adoctrinamiento.
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Pero el hecho capital por el que debe juzgarse su gobierno es la corrupción de la que estuvo teñido, tal como había sucedido anteriormente cuando era gobernador de Santa Cruz, donde -entre otras cosas- nunca dio explicaciones válidas sobre el destino de los fondos de la provincia. El crecimiento exponencial de su fortuna personal estuvo estrechamente relacionado a los negociados en la licitación de la obra pública, la que amañó privilegiando a contratistas que eran personas de su más absoluta confianza y sin antecedentes en el rubro, como el ex cajero de banco y testaferro, con quien compartía las ganancias. Creó, de esta manera, una estructura de corrupción que se extendió a todos los sectores del estado y donde la pérdida de los valores éticos y morales, que tanto va a costar restablecer, pasó a ser una dinámica.
En definitiva, no cabe duda de que será recordado como el presidente que dio origen a una saga de profunda corrupción, continuada por su sucesora y de la cual nuestro país aún no se puede recuperar.
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