
Los festejos y las explosiones de júbilo de los defensores de las teorías no monetarias de la inflación obedecen a su total y absoluta falta de comprensión de la diferencia existente entre el origen de la emisión y los mecanismos auxiliares que la transmiten a los precios; así como la diferencia entre inflación y el crecimiento de los precios. La primera es la pérdida del poder adquisitivo del dinero, que se produce instantánea y automáticamente, en el instante mismo de la creación espuria de masa monetaria no deseada por parte del ente emisor.
Así, una duplicación de la cantidad de dinero, de un día para el otro, disminuye inmediatamente el valor de cada unidad monetaria a la mitad. La variación de los precios, mientras tanto, tiene retardos prolongados e irregulares, tal como propone la Escuela Monetarista, creada por Milton Friedman. Solo los tontos critican la Biblia o el Corán, sin haberlos leído. Solo los “economistas” con una formación deficiente e incompleta pueden animarse a refutar lo que, en realidad, no conocen.
En su manual “Macroeconomía Versión para América Latina”, Nicholas Gregory Mankiw, dice: “el 95% de los diplomados en economía adscribe a las prescripciones monetarias que ligan dinero y precios, sobre todo en el largo plazo”.
Si se observa el siguiente gráfico, que muestra los cuatros casos clásicos de inflaciones desbocadas en América Latina de las últimas décadas, Argentina, Brasil, Bolivia y Nicaragua, es asombroso el grado de correspondencia entre las variables descriptas: emisión e inflación.

Para la mayoría de los estudiosos de la economía, esta evidencia es suficiente para considerar comprobada la ligazón estadística entre dinero y precios. El grave problema de muchos aprendices de brujos es que sólo han leído una reseña crítica de la literatura monetaria, escrita por algún autor “terraplanista”.
Un verdadero científico social, estudia cada teoría, con la mente abierta, desde la fuente original, para luego aceptarla o rechazarla según el modo en que su cerebro procesa la información recibida. Una manera sencilla de explicar el fenómeno que se describe es estudiar una sencilla curva de oferta y demanda de trigo de un país imaginario.
El clásico movimiento de oferta y demanda
Como es costumbre en los textos de economía, en el eje vertical se representa el precio y en el horizontal las cantidades demandadas y ofrecidas. La curva de oferta de trigo original es O1 y su intersección con la curva de demanda, origina un precio de $3 por unidad. Si, como consecuencia de un clima muy favorable, la cosecha del año siguiente es 50% mayor, la curva de oferta se desplazará de O1 a O2, porque a cada precio, la cantidad que querrán vender los productores será un 50% mayor.
Si todo lo demás no varía, es fácil advertir que el precio debe caer de $3 a $2 para que la demanda (que no ha variado) pueda absorber completamente el acrecido volumen de la nueva cosecha.

Ahora, si se reemplaza el trigo por pesos y si se imagina que con máquinas más modernas y jornadas de trabajo más arduas y prolongadas, la cosecha de pesos se duplica. Cualquier inexperto puede asegurar que su precio se reducirá a la mitad.
La reducción del “precio” del peso a la mitad, implica que ahora se podrán comprar menos bienes. Cada uno de éstos valdrá exactamente el doble, a fin de que el acrecido volumen de dinero pueda ser absorbido completamente por la demanda (que no ha variado).
Si bien esta explicación peca de simplista, no es por ello menos descriptiva del real funcionamiento de los mercados, que otros modelos más sofisticados.
Perspectiva del ritmo de los precios
La teoría monetaria de la inflación predice una variación de precios anualizada de tres dígitos, para el año próximo en la Argentina, como resultado de la monetización de un déficit fiscal financiero de aproximadamente 12% del PBI. El desbalance primario se prevé en 8% y el cuasifiscal en 4%, aproximadamente.
Modelos econométricos muy usados en épocas de alta inflación, predicen un crecimiento de los precios de 10% anual por cada punto de déficit fiscal a financiar con emisión monetaria. Ergo, tres dígitos de inflación en el horizonte. Siempre y cuando no medie una variación brusca de la demanda de dinero, que puede ralentizar o exacerbar la suba de los precios, según se trate de un incremento o una disminución del deseo de los argentinos de poseer moneda doméstica.
Una segunda vía de aproximación arroja el mismo resultado. La más que generosa duplicación de la Base Monetaria ampliada (se incluyen Pases y Leliqs) de este año, será trasladada a los precios del próximo, debido al rezago de aproximadamente 12 a 18 meses que estima la literatura monetarista. También es destacable que, entre otras razones, la moderación inflacionaria actual, es fruto de la menor emisión de base que realizó, el año pasado, el gobierno anterior.
Según las estimaciones contenidas en el proyecto de presupuesto de gastos y recursos del próximo año, las ridículas proyecciones de inflación del gobierno del 2% mensual, equivalen a una tasa anualizada del 26,8 por ciento.
El Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central, por su parte, estima para los próximos meses, tasas mensuales del 4%, las que, anualizadas, implican una inflación del 60 por ciento.
“La calle”, mientras tanto, se maneja con una previsión mucho mayor y huye espantada del peso, cubriéndose con la adquisición de cualquier sustituto de la repudiada moneda oficial. ¿Qué saben la calle y las consultoras que elaboran el REM que el gobierno desconoce o, quizás, simula desconocer?
Represión y congelamiento
La experiencia de décadas de controles de precios y estallidos inflacionarios repentinos ha convertido al ciudadano argentino en un experto perro de presa que olfatea los cambios con mucha anticipación. Sabe así, sin haber estudiado nunca los efectos que la Teoría del Ciclo Económico de la Escuela Austríaca asigna a los episodios de inflación reprimida, que estos nunca son duraderos.
Presume también, que el precio del dólar no genera la inflación, sino que, por el contrario, es esta última la que determina que se demanden dólares, fideos, latas de atún o cualquier otro sustituto que proteja de la pérdida constante de poder adquisitivo del “no fiduciable” y repudiado signo monetario nacional. La principal discrepancia entre Monetaristas y Austríacos gira alrededor de la “neutralidad del dinero” en el largo plazo.
Los primeros abogan por una neutralidad absoluta, sin ignorar efectos transitorios y no duraderos en el corto plazo. Se valen de la “dicotomía clásica”, que separa con claridad las variables reales de las nominales. Una duplicación de la masa monetaria, por ejemplo, hará que a largo plazo todos los precios se dupliquen y la estructura de la economía, compuesta de magnitudes reales, tales como producción o desempleo, quede intacta, sin sufrir modificaciones de ninguna naturaleza.
Los segundos recurren al “Efecto Cantillón”, que predice que las modificaciones de la oferta monetaria se filtran a través de la estructura de los precios de manera gradual y desigual. La estructura productiva se distorsiona permanentemente y requerirá ajustes periódicos, si es que los policy makers desean corregir los desequilibrios así generados.
Si bien es redundante, debe notarse que esto implica que los sueldos y salarios, que son los últimos en acceder a la nueva masa monetaria, serán los principales patos de la boda de la emisión “que estimula la producción”.

Esta manera de interpretar el ciclo de naturaleza monetaria ha ganado prestigio en el mundo entero en los últimos años y sus enseñanzas no deben ser obviadas.
El Gobierno ha congelado las tarifas de los servicios públicos y, además, estableció controles de precios, salarios, jubilaciones, tasas de interés y tipo de cambio. La sumatoria de distorsiones, es fácil advertir que irá “in crescendo”. El resultado final, que acabará con los estúpidos festejos de los “negacionistas” es, seguramente compartida por Monetaristas y Austríacos.
El salto devaluatorio y el fogonazo inflacionario debería ser repentino y estruendoso. El sinceramiento de la pobreza, generada por las pésimas políticas económicas de las últimas décadas será pagada una vez más por el ciudadano común, mientras los políticos y los “economistas” cortesanos inventarán nuevos pretextos y teorías para explicar que el mundo se les vino encima y que la culpa la tiene, como siempre, la pandemia, el FMI, el Capitalismo Financiero y el Neoliberalismo Monetarista.
La inyección de nuevas reservas, de las que se habla insistentemente al momento de escribir estas líneas, sólo conseguirá estirar la agonía, agravando significativamente los peores síntomas del enfermo. “No es la falta de dólares, sino el sobrante de pesos”.
El autor es Economista y asesor financiero
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