
La protesta policial que transcurre en estas horas no hace más que mostrar en el espejo de la realidad, astillado por la pandemia, una de las tantas imágenes de una sociedad que viene reclamando reivindicaciones que llevan décadas sin recibir respuesta.
La pandemia ha desnudado múltiples carencias: está visibilizando falencias estructurales que -como en el caso policial, se ocultaban detrás de un manto de informalidad que “las ataba con alambre”. Ahora, todos sabemos cómo se componen los magros ingresos de los agentes del orden: haberes básicos paupérrimos, horas extra repartidas discrecionalmente, adicionales que llevan al agotamiento. Ahora, todos están al tanto del escaso entrenamiento que recibe la fuerza. Ahora, todos nos percatamos del pobre equipamiento que tienen los efectivos a su disposición. Ahora, nos enteramos que la sindicalización policial no era una idea tan descabellada…
Pero, desde la política, no se está discutiendo el contenido de los reclamos ni se está debatiendo cómo resolver las cuestiones de fondo que los generan, sino que lo visceral se impone por sobre lo racional y la sociedad se enreda en interminables peroratas desarrollando visiones conspirativas que crecen y se retroalimentan en los extremos del arco político: para unos es un intento de golpe institucional de la derecha, mientras que para otros es un autogolpe con el objeto de instalar una autocracia.
Esto no es saludable, quienes manejan los hilos del Estado deberían prestar más atención de una manera más simple, concreta y directa a la mala calidad de vida a la que someten a los servidores públicos a partir de las decisiones que toman con desaprensión. Si la política no logra salir de la retórica de la grieta los problemas económicos y sociales seguirán profundizándose y las demandas se multiplicarán por doquier.
Démonos cuenta -todos- que ya no alcanza con prometer, hay que cumplir. La vocación clientelista está en franca retirada. La práctica política hoy nos exige imaginar procedimientos para evitar que el desánimo, la resignación y la dispersión colectiva inducidos por la pandemia sean superados, quebrando la idea de que la soledad y aislamiento como el que vivimos hoy día está para quedarse.
Si no podemos salir del maniqueísmo anacrónico que enfrenta los problemas de hoy con una óptica del siglo pasado, hablando de “comunismo” por un lado y “golpes de estado” por el otro, no tenemos destino como país. Ni la policía bonaerense es “golpista” ni los que ocupan terrenos son “comunistas”, ambos -en última instancia, son víctimas de una política que los ha dejado al costado del camino hace mucho tiempo.
Últimas Noticias
¿Qué esperamos cuando esperamos la visita de alguien?
El primer viaje papal al país en casi cuatro décadas, previsto para noviembre, despierta movilización masiva y abre una pregunta más exigente que la del recibimiento: qué disposición interna trae cada creyente al encuentro

La política debe volver a saber de qué habla
Las redes sociales democratizaron la palabra, pero también confundieron visibilidad con conocimiento. Frente a ese escenario, la política tiene la oportunidad de diferenciarse mediante la formación, la experiencia y la profesionalización

¿Quién controla al Banco Central?
La reforma de la Carta Orgánica que se está debatiendo en el Congreso reabre la disputa entre autonomía monetaria, rendición de cuentas y poder democrático
La matriz exportadora
El ejemplo de Corea del Sur muestra cómo inversión privada, patentes y orientación externa pueden transformar el perfil productivo de un país

Menores imputables, encierro y reinserción
La discusión sobre la edad de imputabilidad exige revisar las condiciones de encierro, las alternativas a la prisión y los modelos de justicia juvenil


