Volver a ser nación

Nuestro país está en condiciones de llevar adelante una poderosa convocatoria a ponernos de pie nuevamente

Una bandera argentina flamea sobre el Palacio Presidencia Casa Rosada en Buenos Aires, Argentina 29 octubre, 2019. (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)
Una bandera argentina flamea sobre el Palacio Presidencia Casa Rosada en Buenos Aires, Argentina 29 octubre, 2019. (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)

El aislamiento me ha dado la oportunidad de tener más tiempo para reflexionar, para leer, para escribir. Soy un hombre de acción, pero siempre supe que la práctica sin un marco doctrinario de referencia se vuelve absurda. La práctica cotidiana se encuentra indisolublemente unida a un corpus de pensamiento que le da sentido a cada acto que realizamos. Muchas veces tenemos que decidir en fracciones de segundo, pero hay miles de horas de estudio y de reflexión que llevamos encima y que constituyen la materia prima que nos permite resolver cuestiones concretas.

Por supuesto que la responsabilidad de gestión continúa, pero por unos días con otra modalidad.

La etapa de aislamiento no me ha sorprendido, pues resulta sabido que quienes estamos en el territorio, recorriendo lugares, tomando contacto con tantísimas personas a diario, tenemos un grado altísimo de exposición a la circulación del virus. Lo cierto es que pude retomar algunas lecturas pendientes, salir del vértigo del día a día, ver con mayor detenimiento algunos procesos en otros lugares del mundo y recordar aquella frase de Juan Domingo Perón que decía que la verdadera política es la política internacional. Así fue como surgieron algunas reflexiones que quiero compartir en estas líneas.

El mundo mira con perplejidad un proceso de retorno al nacionalismo, junto con un renovado protagonismo de los estados nacionales. Hay un retroceso muy marcado de las políticas de liberalización comercial, y los estados esgrimen políticas de protección y resguardo de la producción y del trabajo originados en sus propias jurisdicciones.

El sueño de generar una comunidad global que progresivamente desdibuje fronteras, identidades y soberanías nacionales parece chocar con una realidad que marcha en otra dirección. Los mismos estados que hicieron un culto del librecambio y de la apertura irrestricta de las fronteras, ahora no dudan un instante en poner aranceles a la importación, en devaluar sus monedas para mejorar sus competitividades relativas y en impulsar fuertes estímulos para lograr el retorno de los capitales que migraron hacia otros destinos.

Nuestro país necesita seguir muy de cerca la dinámica de los acontecimientos mundiales, en el entendimiento de que no es posible impulsar un proceso virtuoso de desarrollo si no es a partir de una correcta caracterización de la política internacional.

La realidad contrasta notablemente con aquella promesa de una sociedad cosmopolita, culturalmente homogeneizada, armoniosa y sin conflictos, capaz de generar riqueza y de derramarla a borbotones. La utopía de un mundo sin fronteras, regido por la dinámica del capital desregulado, no se ajusta a la irrupción de los nuevos liderazgos políticos que vienen a proponer un retorno a la soberanía de los estados nacionales.

Nuestro país está atravesado por los mismos dilemas que se observan en otras regiones del planeta. La promesa de integración exitosa al mercado mundial que propuso el macrismo, en los hechos, no fue más que un rotundo fracaso que dejó como saldo una deuda calamitosa, una caída pronunciada de la actividad industrial, elevados índices de desempleo y un enorme deterioro de las cuentas públicas que angostaron los márgenes de autonomía nacional. Fueron años en los que elegimos el camino de hacer lo que otros dicen, pero no lo que hacen. Los países desarrollados hacen gala de verdades que profesan como un culto, pero que incumplen en la práctica del modo más desembozado.

El contexto internacional entraña desafíos, como siempre. Pero también ofrece oportunidades. Nuestro país está en condiciones de llevar adelante una poderosa convocatoria a ponernos de pie nuevamente. No somos un país condenado al éxito, como alguna vez se dijo. Pero tampoco somos un país condenado al fracaso, como postulan resignadamente otros. Siempre tuvimos como característica el haber sido un país capaz de generar riqueza. El problema es no haber retenido esa riqueza aquí mismo. No hay que buscar responsabilidades ajenas sino que debemos identificar las razones que impiden transformar en inversión el ahorro generado por nosotros mismos. Entiendo que no se trata de una cuestión referida a comportamientos individuales sino a la necesidad de tener políticas públicas que permitan apalancar nuestra economía con inversiones genuinas derivadas del trabajo colectivo. Y aquí es donde aparece la necesidad de tener una banca pública que apuntale al sector productivo con créditos a tasas accesibles y que hagan viable la inversión, única vía de generar trabajo, desarrollo e inclusión. Necesitamos abordar la cuestión de la pobreza desde políticas activas que permitan recuperar la movilidad social ascendente que no hace tanto tiempo fue el signo distintivo de nuestra sociedad. La pobreza no necesita encapsularse con meras políticas de contención sino que debe erradicarse a partir de políticas expansivas que generen trabajo. El trabajo en la Argentina alumbró una poderosa clase media que hoy debemos recuperar.

Yo no creo en los procesos políticos y económicos librados al azar. Siempre postulé la primacía de la política, concebida como el ámbito de definición de los grandes objetivos de la Nación. Por eso es que debemos comenzar por saber hacia dónde queremos ir. Decía el filósofo que no hay viento que venga bien al navegante que no sabe hacia qué puerto se dirige. Debemos entonces establecer en primer término los objetivos, el horizonte hacia donde queremos dirigirnos.

Entiendo que somos capaces de generar los recursos que necesitamos para vivir dignamente. Para eso es imperativo agregar valor a lo que producimos, poner materia gris, transformar con nuestro trabajo lo que nos ofrece la naturaleza. Es la hora de la robótica, de la inteligencia artificial, de la telemática y de la biotecnología. Es la hora de generar valor a partir de la investigación científica orientada en favor de un modelo de desarrollo. Para eso hay que sentar las bases de un proyecto de nación que haga eje en la producción, en el trabajo, en el esfuerzo, en el ahorro, en el sacrificio y en el sentimiento de pertenencia compartida a esta comunidad de destino que llamamos patria.

Jamás imaginé a la patria de otro modo que no sea la de una construcción colectiva anudada por fuertes lazos de pertenencia afectiva a una misma comunidad. La patria nos compromete a potenciarnos unos a otros en el convencimiento de que no hay destino individual disociado del destino común.

Nunca concebí a la nación como un estereotipo definido en letras de molde ni como la esencia de nada. La nación es devenir colectivo, es historia, es lo que nosotros somos capaces de hacer con nosotros mismos. Y por eso hay naciones con sentido de trascendencia y naciones con sentido de dependencia. Yo creo que pertenecemos al primer grupo, al del colectivo humano que se reconoce en una misma historia y en una misma identidad, pero que fundamentalmente se reconoce en un destino compartido que signará a fuego el destino individual de cada uno de sus integrantes. Reconocernos como nación supone reencontrarnos con nuestros orígenes, con nuestra historia, con la complejidad de un país plural y diverso que no obstante se reconoce como único e indivisible.

Ser nación con vocación de trascendencia supone distinguir lo principal de lo secundario y ser capaces de mantener incólumes los grandes objetivos abrazados por todos, sin mancillarlos ni degradarlos por la dinámica de las disputas políticas cotidianas.

Ser nación es ser modernos, rompiendo con moldes atávicos que nos amarran a cadenas de postración y vasallaje. Ser nación es interpelar cada región de nuestra geografía, en el entendimiento de que el llamado a la trascendencia como unidad de destino nos convoca a todos.

Ser nación es ser auténticamente federales, y animarnos a descentralizar y democratizar geográficamente lo que recaudamos en nombre de todos. La desigualdad de las regiones sustentada en privilegios que benefician a unos en prejuicio de otros no puede ser la plataforma de ningún tipo de integración legítima ni duradera.

Ser nación es animarnos a ser pueblo y a superar la fragmentación, la anomia y el desarraigo conceptual que tenemos con nosotros mismos. Ser nación es recuperar la vocación de ser sujetos, actores decididos en transitar un camino propio.

No creo en los profetas que predican solos en el desierto, porque se vuelven mesianismo burdo. Creo en cambio en los liderazgos de quienes saben interpelar a su gente, y de ver con claridad hacia donde hay que caminar. Esos liderazgos hacen la diferencia, porque evitan fracasos y ahorran sufrimientos.

Los liderazgos de las naciones que no completaron el proceso histórico de emancipación política y económica requieren un grado de compromiso absoluto. No creo en los liderazgos de medio tiempo, ni de medio pelo. Creo que asumir la responsabilidad de estar al frente de áreas de decisión colectiva genera un compromiso inexcusable que exige darlo todo. No se puede interpelar a una nación si no es con el ejemplo intachable que supone darlo todo sin pedir nada a cambio.

El autor es ministro de Seguridad la provincia de Buenos Aires

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