
Cuando supo que quería dirigir a la selección se preparó para eso. En el camino tuvo que coordinar inferiores, recorrer cientos de canchas en mal estado, vestuarios con agua fría y hasta perder campeonatos en la última fecha. Todo lo fue templando. A fuerza de golpes y por qué no de algunas victorias fue delineando su estilo futbolístico. Pero nada lo quitó de su eje. Y un día, sin tener a favor a todos los hinchas, le llegó el momento que soñaba. Era tocar la gloria con las manos. Asumió en un combinado que venía a los tumbos. Sabía que debía armar un gran plantel, pegar dos o tres gritos para afuera, pero unir para adentro. En fin, había que comenzar con el pie derecho ya que no tendría margen para equivocaciones. El arquero debajo de los tres palos, el zaguero de experiencia y clase en la cueva, un 5 que raspe mucho y cuando recupera se la toque al que sabe, dos rápidos por afuera que desnivelen y un 9 que la meta. En su idea, por ahora, no había un 10. Para empezar con ordenar estaba bien. Lo que nunca imaginó es que, en el debut, con estadio lleno y muchos contras observando cada decisión que tomaba, el equipo se le iba a quedar con nueve jugadores a poco de haber empezado el partido y para colmo los expulsados eran dos defensores. Ahí sí, a partir de ese momento, se tenía que ver su mano y su voz de mando. Pese a que los minutos posteriores fueron de nerviosismo e incertidumbre, el hombre desde el banco local comenzó a dar órdenes y sorprendió a los que dudaban de su capacidad. La táctica que al comienzo era la de atacar siendo verticales, ahora cambiaba y pasaba a ser la de agruparse, retrasándose un poco en el campo de juego y tener la pelota para que pase el tiempo, buscando que el equipo rival lastime lo menos posible. Por su filosofía no iba a permitir que alguien la sacara de la cancha. Eso sí, había que dejar el alma. Y el equipo lo hizo. Y se ordenó. Empezó a sentir confianza en lo que el entrenador les indicaba. Ese partido, frente a un rival duro y desconocido, y que parecía perdido se empató. Pero dejó buenas sensaciones que luego provocaron algunas victorias con cambios importantes incluidos. La gente empezó a respaldarlo y hasta desde afuera algunos comenzaron a preguntar quién era con la intención de contratarlo. Hoy brinda confianza, pero al campeonato aún le quedan muchas fechas, y si bien su escuadra lidera, la tabla de posiciones está muy pareja. Es que su cruel adversario, ese que le quiso arruinar el debut, no le da respiro. Por eso cuando enfrenta a la prensa pide calma. Sabe que en un abrir y cerrar de ojos todo se puede desmoronar. Luis Lacalle Pou, con carisma, va demostrando que el puesto no le queda grande y que de a poco se va convirtiendo en un gran DT, nada más ni nada menos que defendiendo los colores de su corazón.
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