
La angustia es uno de nuestros afectos centrales. Kierkegaard * puso de manifiesto que es una nota distintiva del ser humano; no es un “estado de ánimo”; sino que constituye en sí misma una experiencia decisiva en nuestra vida. Lejana de ser un fenómeno, la angustia compromete al SER en su integridad; desborda totalmente los límites de la psicología, sobre todo en su aspecto patológico. Este filósofo Danés reconoce en la experiencia de la angustia una posibilidad de apertura.
La pandemia nos enfrentó al desamparo que nos deja suspendidos en la nada, una nada que no es abstracción, sino algo muy concreto. Un extraño virus que puede atacar a cualquiera, en cualquier momento con la posibilidad de la muerte.
En un escenario de camas y respiradores ubicados en lugares donde antes paseábamos. Ahí vamos a yacer internados y algunos podemos morir.
En el mismo donde cae el mercado mundial y son millones las personas que necesitan más ayuda. Donde los barrios vulnerables se infectan por el hacinamiento y las precarias condiciones de vida.
Donde la violencia de género aumenta de manera exponencial y se recrudece el abuso sexual y el maltrato hacia niños y niñas. Donde al sistema penitenciario se le caen los velos y se convierte en llamas y los geriátricos muestran a todas luces el lugar de los ancianos.
La angustia no es, entonces, un mero estado psicológico, ni patológico. Tampoco es miedo, ni aniquilación, es hundimiento. Es parte de nuestro devenir de imprecisiones y eventos azarosos, de tragedias y elaboraciones.
La angustia nos avisa que algo está pasando, que debemos revisarlo. No es un lectura ligera. Es existencial. Nos convoca a un cambio de posición, un llamado a una intervención, que consiste en elegir: perder algo para ganar algo.
Nos encerramos y perdemos la posibilidad del lazo social, el trabajo y cuidamos la vida o nos arriesgamos a salir para no perder con la posibilidad de enfermar y enfermar a otros. La pandemia exige una toma de posición. No existen garantías absolutas.
La autora de la nota es Psicoanalista de la UBA y fundadora de ARALMA, Centro de investigación y formación en psicoanálisis.
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