
La presidencia pro tempore del Mercosur ha anunciado que la República Argentina decidió ayer “dejar de participar en las negociaciones de acuerdos comerciales en curso”, y también en las futuras negociaciones emprendidas por el Mercosur con terceros, con la excepción de la “ya concluida” con la Unión Europea y el EFTA.
El Mercosur estuvo, según se ha hecho saber, dando algunos pasos en pláticas con Corea del Sur, Singapur y Canadá; aunque tiene pendiente tratar propuestas de otros países. Y hay que recordar que en los últimos años también algunos de los miembros del bloque habían manifestado interés individual en iniciar sus negociaciones con otros mercados.
Pero ayer se ha llegado lejos: lo anunciado en Asunción es un acontecimiento de relevancia política superior en la política exterior argentina y sin demasiados antecedentes en el bloque. Argentina decide no continuar ejerciendo su derecho en el funcionamiento institucional de formación de decisiones -del Mercosur- en materia de negociaciones con terceros. Se fue de la mesa, por lo que no se trata ya de que prefiere un tipo u otro de tratados con terceros sino que decidió no querer acuerdo alguno, lo que ha llevado al resto de los miembros a anticipar algo sin precedentes: manifestaron que evaluarán a partir de ahora las medidas “jurídicas, institucionales y operativas” más adecuadas en razón de la decisión soberana argentina.
Desde el punto de vista estrictamente frío y formal podríamos decir que lo que puede seguir a esta decisión argentina es que el bloque (con la necesaria anuencia de Argentina) decida modificar la normativa que impide celebrar acuerdos con terceros mercados sin el consenso de todos y de ese modo avanzar (si esa modificación ocurriera, lo que requiere unanimidad) hacia un modelo más flexible que posibilitara acuerdos de apertura reciproca aplicables a algunos miembros y no a otros.
Pero ello lleva a una segunda mirada, la institucional: el Mercosur concebido como unión aduanera queda -si aquello se concreta- sustancialmente afectado, y aparecerían en este caso socios con diferente estándar (Brasil, Paraguay y Uruguay con el estatus full; Argentina con participación en algunas materias y no en otras; y Venezuela suspendido). Un aspecto comercial muy significativo sería que en caso de que los otros tres socios logren efectivamente acuerdos con terceros, aquellos abrirían sus mercados a estos, lo que supone que la reserva de mercado privilegiado que Argentina tiene hoy (para casi 15.000 millones de dólares en exportaciones) se perdería para nuestro país (que debería empezar a competir en igualdad de condiciones con productos y empresas de esos terceros).
Y, además, una pregunta surge inevitable: dado este singular acontecimiento, ¿nos animamos a decir que, de aquí a unos años, el propio Mercosur estará inmune a una enfermedad terminal, cuando se le está moviendo el piso de estos modos?
Pero hay un plano complementario de análisis. La relación política entre los cuatro fundadores llega a una situación jamás vista antes: diferencias insalvables en asuntos esenciales y distancia estratégica (algunos que ven a la alianza como plataforma para internacionalizarse y Argentina que prefiere mantener un bloque más cerrado). Y esto se alimenta de un componente relevante (aunque coyuntural): las diferencias políticas entre los gobiernos de Bolsonaro, Abdo Benítez y Lacalle Pou por un lado, y Fernández por el otro. Esta discordia puede estar preparando el terreno para un enfriamiento diplomático mayor y una lesión adicional no solo del bloque sino de la amistad entre los vecinos.
En el Mercosur hay una afección en el affectio societatis. Parece que estamos ante un proceso más que ante un suceso.
Hay un cuarto punto de vista: Argentina está anunciando con esta decisión que renuncia a participar en acuerdos (al menos dentro del bloque) con cualquier otro país: se trata de un freno y un límite en la creación de vínculos externos. Si a la afección intrínseca al Mercosur (principal puente argentino al mundo) le sumamos la decisión de no buscar más socios, lo que podemos detectar es una manifestación argentina de (por poco o por mucho tiempo) volver a un autonomismo y un localismo infravinculado (en este marco, cabe preguntarse si los acuerdos con la UE y el EFTA, que como el propio gobierno antes había anticipado, no están cerrados definitivamente y que, según la administración argentina, requerirían a algún retoque, entonces pueden esperar una real consumación final o un diferimiento debilitante).
Es ésta una modificación de política internacional -de parte de Argentina- esencial. Un acontecimiento de esos que valen mucho más por lo que trasuntan que por lo que formalizan.
En plena pandemia y sufriendo restricciones de todo tipo, el mundo se encuentra en un momento de cambio: luego de que (algún día) se logre superar esta inédita instancia de confinamiento de media población planetaria y de obstrucción del buen funcionamiento de la economía y de las sociedades, es muy probable que la internacionalidad económica planetaria (imposible de suprimir, aunque susceptible de reformar) dé paso a nuevos bloques, redefinidos marcos jurídicos internacionales, mayor tecnologización productiva supranacional y nueva discusión de los ámbitos institucionales.
Y en este caso, estar (y con buenos socios) en nuevas mesas de decisión será sumamente relevante para definir roles y estatus para futuras décadas.
El autor es especialista en negocios internacionales
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