
Se ha dicho hasta el cansancio: en situaciones límite, el ser humano saca lo mejor de sí y puede llegar a asombrar y maravillar con actos de arrojo y entrega. Pero también puede aflorar lo peor: la miserabilidad a la que lleva el egoísmo más extremo. El del que cree que puede salvarse solo y a como dé lugar. Si hay que pisar cabezas, no dudará en hacerlo.
Si hay que señalar, estigmatizar, discriminar, lo hará sin detenerse a reflexionar.
Es el mismo espíritu que lleva a muchos a lanzarse a acaparar cosas que no saben si necesitarán; a aprovisionarse de insumos que son indispensables para el sistema de salud, causando escasez y encarecimiento.
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Mientras miles salen todas las noches a aplaudir al personal de la salud que está librando la guerra al enemigo invisible en el frente, en la retaguardia despunta el egoísmo criminal de algunos a los que una cobardía irracional lleva a señalar e incluso a escrachar al médico o enfermero que vive en su edificio como a un factor de peligro.
Al mismo profesional que, llegado el caso, no dudará en asistirlos sin discriminar como lo hacen ellos hoy. Además de egoísta, es una conducta irracional.
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“Somos los que más al tanto estamos acerca de las medidas de protección porque tenemos que tomarlas a diario. Por otro lado, si nosotros no nos exponemos ¿quién lo va a hacer?”. dijo uno de los profesionales a los que sus vecinos quisieron echar del edificio en que vive.
“Sr/a Inquilino, piso 3ª depto. 16, Ante el ALTO RIESGO CREADO por su actividad se ha comunicado a la autoridad correspondiente (...), SE LA INTIMA A EVITAR EL TRÁNSITO Y PERMANENCIA EN ZONAS COMUNES así como tocar (...) picaportes, barandas de escalera, acceder a la terraza (que) ATENTO A LA GRAVEDAD DE LA PANDEMIA PONGAN EN RIESGO A QUIENES HABITAN EL EDIFICIO", fue la carta emblema de egoísmo de un consorcio a una médica.
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“Andate, nos vas a contagiar a todos”, decía el mensaje intimidante pegado en el ascensor de un edificio destinado a dos jóvenes médicos.
Y tenemos el caso de los profesionales de la salud correntinos que trabajan en Chaco y un buen dia se vieron tratados como a los leprosos en tiempos de ignorancia y casi impedidos de seguir cumpliendo con sus funciones.
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Llevada al extremo, esta grieta no reconoce lazos familiares y así una enfermera correntina sufrió una doble discriminación. A la oficial, se sumó la de su propia familia: “Mis padres prácticamente me echaron de mi casa…”
Son conductas que impactan y sin embargo en muchos casos provienen de los mismos que se golpean el pecho y se deshacen en condenas retóricas de episodios trágicos de la historia, local y mundial. Se sorprenden de que haya podido ocurrir. ¿Cómo fue posible? ¿Cómo nadie hizo nada para evitar el exterminio de los judíos en Europa por los nazis? ¿Cómo pudo la dictadura argentina secuestrar y torturar en campos de concentración y luego eliminar clandestinamente a miles de personas?
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Pues bien, es la generalización de actitudes como las que vemos en estos días -hasta ahora minoritarias y aisladas, por fortuna-; es el contagio de la indiferencia cruel, del individualismo fratricida del que siente que se preserva señalando a los demás, del que estigmatiza convencido de que se salvará solo.

“Los mismos que te aplauden, ahora te quieren lejos”, dijo uno de los médicos discriminados.
Un instinto primario los lleva a sentirse más seguros si pueden señalar a un chivo expiatorio. Se envalentonan en el ataque -en manada, como todo cobarde- contra el señalado por su prejuicio. Y muy contentos se encierran luego en sus casas, orgullosos de haber actuado en su propio provecho.
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Son los vectores de un virus mucho peor que el de la enfermedad. En vez de actuar como anticuerpos se convierten en socios del mal. De la estigmatización, del egoísmo y de la conducta antisocial. Es el yo divorciado del nosotros, porque en ellos no está presente la comunidad.
Es el hombre lobo del hombre; la caída en el primitivismo más cruel.
Nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza.
“Nadie se salva solo”.
Tomemos conciencia de ello, salvo que, como dijo una médica señalada por sus vecinos (”Les solicitamos no usar los ascensores. Tomen las medidas para no tener que caer en la Justicia”, fue la amenaza que le lanzaron), estemos dispuestos a vivir en una sociedad “bipolar”, que puede pasar de los aplausos al hostigamiento.
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