Presidencia
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Señor Presidente, por honestidad intelectual debo confesar que, como frente a todo proyecto político nuevo, he vivido con sano escepticismo estos primeros cien días de su gobierno. Como Ud. sabe, aún entre personas de buena fe y que buscan lo mejor para el país, naturalmente existen diferencias respecto a los enfoques y métodos que debieran tomarse en cada temática. No obstante, debo también confesar que su abordaje en los últimos días de la crisis sanitaria y humanitaria que presenta el Covid-19, me ha persuadido de que Ud. encarna un auténtico líder político, un verdadero Comandante en Jefe de nuestras Fuerzas Armadas y un estadista por derecho propio.

Dicho eso, comienzo manifestándole que comparto lo fundamental de las medidas que ha tomado hasta ahora, en lo que ha denominado ‘Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio’, entendiéndolas como las únicas idóneas para combatir el mal que aqueja a nuestra Nación en estos momentos. Sin abusar de su tiempo y yendo al punto, en estas líneas quiero plantearle una cuestión que entiendo puede comprometer la estabilidad republicana de nuestra Nación a futuro.

Con absoluto respeto por las decisiones por Ud. tomadas, entiendo que la determinación de canalizar las medidas de control social a través de un Decreto de Necesidad y Urgencia resulta inadecuada. No cuestiono con esto que Ud. no haya obrado conforme el Art. 99, inc. 3° de nuestra Constitución Nacional, en tanto hay acreditada una clara emergencia y el Congreso no se encuentra operando con normalidad. Tampoco cuestiono que la norma por Ud. dictada no avance sobre alguna de las materias vedadas por el inciso citado. Pero lo cierto es que la restricción de la libertad ambulatoria de los ciudadanos, y especialmente cuando la misma es garantizada con la movilización de fuerzas seguridad, es de aquellas garantías que sólo corresponde suspender a través de la vía establecida en el Art. 23 de nuestra Carta Magna, estando –como estamos– ante una cierta situación de conmoción interior.

No soy inocente, señor Presidente, respecto al costo político que el uso del término “estado de sitio” pueda tener, ni al nivel de alarma que pueda despertar en la población, ni a lo mal que se ha utilizado el mismo en nuestra historia nacional. Pero tampoco soy inocente respecto a que Ud. deba, en el futuro cercano, tomar medidas aún más duras de restricción a derechos constitucionales para contener la pandemia que nos aqueja. Por ello, sea que se convoque a una sesión extraordinaria del Congreso de la Nación para dictar el estado de excepción, o que Ud. considere que el funcionamiento actual de nuestro legislativo es afín a aquella que se da durante su receso (Art. 19, inc. 16° de nuestra Constitución Nacional), el establecimiento del estado de sitio es el único camino para garantizar la regularidad de las medidas tomadas, con la intervención de ambos poderes, a fin de que no se genere un peligroso antecedente en la vida institucional de nuestro país.

Digo esto porque no es impensado que a futuro, un primer mandatario con menos apego republicano que Ud., o que tenga un menor nivel de sujeción de las fuerzas armadas a su mandato, utilice este antecedente so pretexto de restringir derechos o garantías constitucionales sin el debido control del Congreso, exacerbando un hiperpresidencialismo o facilitando rupturas democráticas, y generando situaciones ya inconcebibles a esta altura de nuestra historia institucional.

Estoy seguro de que como profesor de derecho, vocación que compartimos, participa de la convicción de que no hay ninguna emergencia que pueda estar por encima de la Constitución Nacional. Nuestra norma fundamental, así como la Convención Americana de Derechos Humanos (Art. 27) y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (Art. 4), proveen una vía institucional apta para atender jurídicamente la situación que enfrentamos. Entiendo, humildemente pero con real preocupación, que avanzar restringiendo otros derechos sin una declaración formal como la que sugiero se hará a costo de empeñar la seguridad constitucional de nuestra república.

No dude ni por un momento, señor Presidente, de que el pueblo en pleno lo acompaña en estas decisiones y entenderá por completo la necesidad de la toma de las medidas que Ud. considere, a los fines de salvaguardarnos a todos.

Lo saludo con la máxima deferencia, quedando plenamente a su disposición,