
Por Omar López Mato
Las escuadras entraron al Paraná. Once buques de guerra ingleses y franceses, algunos de vapor, “la fuerza naval por mucho la más considerable que jamás se viera hasta entonces en los ríos”, llegaban el día 18 hasta ponerse al norte de San Pedro. Un poco más arriba, allí donde el Paraná se estrecha formando un recodo conocido por “la Vuelta de Obligado”, sobre la margen derecha del mismo río, el gobierno encargado de las relaciones exteriores había podido construir con alguna premura, cuatro baterías: una de ellas estaba al mando de Eduardo Brown, hijo del almirante; la segunda a cargo de Thorne; la tercera bajo el comando de Álvaro Alzogaray; la otra de Felipe Palacio. El total de las fuerzas (2.000 hombres y 21 cañones) tenía como jefe al general Lucio N. Mansilla, guerrero de la Independencia y oficial de San Martín en la batalla de Chacabuco. Según los cronistas, las baterías contaban en total con “veintiún viejos cañones de mediano calibre” y las servían 220 artilleros mal protegidos “por parapetos de tierra”. Frente a la batería norte, se había tirado una triple cadena que cruzaba el río asentada sobre embarcaciones pequeñas, más como símbolo de la soberanía nacional que como elemento de obstrucción eficaz. Las cadenas estaban aseguradas al bergantín Republicano en la costa opuesta. La escuadra combinada disponía de más de cien cañones “de los cuales una tercera parte eran Paixhans de bala explosiva con espoleta, acreditados por los estragos que habían hecho en los bombardeos de México”.
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A las nueve de la mañana del día veinte, las escuadras avanzaron por divisiones: la más próxima a la costa inició el fuego, y la responder las baterías, se oyó un ¡Viva la Patria! General y los acordes del himno argentino. Como la división agresora maniobró en un principio con alguna dificultad, el bergantín Republicano y las baterías obtuvieron las primeras ventajas. El San Martín, uno de los buques apresados por los ingleses en Montevideo, hubo de soportar por largo rato la metralla enemiga y sufrió muchas bajas, entre ellas dos oficiales. El Dolphin y el Pandour quedaron fuera de combate. Pero iban avanzando las naves mayores con el vapor Fulton, de cañones poderosos que tiraban a distancias desconocidas en la región y al cabo de algunas horas pudo advertirse que los parapetos de tierra cedían y que solamente una heroica defensa podría prolongar apenas el combate.

La lucha desde tierra se llevó hasta los últimos extremos. Las municiones escaseaban porque días antes una embarcación que las traía había caído en manos del enemigo. El jefe de bergantín Republicano abandonó su nave con la tripulación y la hizo volar para acudir en ayuda de las baterías de costa. El comandante de la nave inglesa Firebrand cortó las cadenas que atravesaban el río y los barcos más poderosos, acercándose cada vez más a la costa, pudieron concentrar todos sus tiros sobre las defensas de tierra. Las cuales respondieron al ataque hasta que vieron agotadas sus municiones. A las cuatro de la tarde, Mansilla dio la orden de cesar el fuego, pero el bravo Thorne desobedeció y siguió luchando una hora más porque le quedaban algunos proyectiles y porque –según dijo- “sus cañones le imponían la obligación de vencer o morir”. Los muertos eran en gran parte los artilleros, los invasores iniciaron un desembarco y fueron dos veces rechazados en cargas a la bayoneta por milicianos y paisanos. Peor los poderosos cañones de los buques se impusieron, arrasándolo todo y una última carga de caballería llevada contra las tropas de desembarco, fracasó también. La noche cayó sobre aquel infortunio y al día siguiente las defensas fueron completamente destruidas.
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Vencida esta resistencia (débil desde el punto de vista estratégico, pero valiente y decidida por el heroísmo de sus participantes) la flota siguió su curso, pero fue un fracaso comercial, por estrecheces económicas o miedo de los lugareños. Lo cierto es que el costo beneficio de esta expedición, más la conflictividad europea de 1848 (con revoluciones y golpes de Estado), pronto dejó de estimular el afán de lucro anglo-francés, que no insistieron en más incursiones por el río Paraná.
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