
La cuarta Revolución Industrial, de la mano de la robotización y la inteligencia artificial, tiene el potencial de elevar los niveles de ingreso globales y mejorar la calidad de vida de poblaciones enteras. Sin embargo, el descenso de los costos de estas tecnologías ha creado incentivos para que los empleadores sustituyan la mano de obra humana por capital informático, haciendo que fábricas, centros de distribución, tiendas y restaurantes vayan por el camino de la automatización.
Las estimaciones más pesimistas son preocupantes. Según el Banco Mundial, dos tercios de los puestos de trabajo a nivel mundial podrían ser automatizados en los próximos 20 años. El riesgo es más alto en países emergentes y de medianos ingresos, donde los requisitos de trabajo son menos complejos, creativos e interpersonales. Además, el costo de este ajuste no se distribuirá equitativamente entre regiones, comunidades u ocupaciones. La transición será especialmente dolorosa para los que no estén preparados.
Se proyectan tres efectos paralelos sobre el mercado laboral. En primer lugar, un crecimiento sustancial en la demanda y los salarios en ocupaciones que implican tareas cognitivas creativas y no repetitivas donde la mano de obra calificada tiene una ventaja comparativa. Al mismo tiempo, es probable que aumente la demanda en ocupaciones no rutinarias de carácter manual, que hoy por hoy son difícilmente automatizables (servicios personales, servicios alimentarios, limpieza, cuidado de adultos mayores, etc.), generalmente desarrolladas por personas de bajo nivel educativo y con salarios relativamente bajos. Finalmente, el gran descenso de la demanda se dará en ocupaciones de nivel medio, que en general requieren de actividades tanto de orden físico como cognitivo, pero caracterizadas por ser repetitivas y rutinarias. Los motivos son evidentes: muchos de esos puestos siguen reglas definidas cada vez más sencillas de codificar y computarizar. Además, cabe recordar que no hace falta que una máquina replique a un trabajador en toda su capacidad para que lo reemplace en su puesto de trabajo. Solo debe replicar a un costo más bajo cierta proporción de algunas actividades por las que se le pagan.
Como consecuencia de estos efectos, los mercados de trabajo se volverán cada vez más polarizados, con un aumento en la demanda de ocupaciones en extremos opuestos de la distribución salarial. En otras palabras, estamos hablando de una amenaza directa a la clase media, sostén tradicional de las sociedades.
Esta dinámica pone de manifiesto la enorme importancia de la educación y la formación profesional como activo clave en la era de la economía del conocimiento. Basta con advertir que, según un informe de la OCDE, en la Argentina la tasa de empleo es considerablemente más alta para los adultos jóvenes con un título terciario (89%) que para aquellos con una educación secundaria superior (71%). Sin embargo, Argentina tiene uno de los porcentajes más bajos (12.6%) de jóvenes que se espera que obtengan una licenciatura o un título equivalente durante su vida, ocupando el puesto 36 de 38 entre los países de la OCDE y las economías asociadas con datos disponibles.
Si la revolución tecnológica no se acompaña de políticas adecuadas en términos educativos y de formación, un segmento social importante no solo estará desempleado, sino que será inempleable. Los desafíos del cambio tecnológico demandan hoy más que nunca priorizar la educación entre las políticas públicas de mayor relevancia. Sólo a través de una educación de calidad, la transición laboral que implica la cuarta revolución industrial podrá ser atravesada como una verdadera oportunidad para la sociedad en su conjunto.
El autor es investigador del Instituto de Ciencias Sociales de UADE
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