
Fernando Pessoa, el poeta portugués del siglo XIX, decía: "Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos".
Aquello que somos, lo esencial, nuestro origen y nuestro espíritu, nuestra identidad y nuestras gentes, nuestra historia y nuestras almas, son el viaje. En la semana que pasó tuve el inmenso honor de ser invitado por las Secretarías de Derechos Humanos y la de Culto de la Nación a participar de la conmemoración del Aniversario del Genocidio Gitano en la Shoá. Los datos no son exactos, pero se calculan que entre 1.000.000 y 1.500.000 de gitanos fueron asesinados por el nazismo en la Segunda Guerra Mundial.
Al escuchar el discurso del presidente de la institución quedé impactado. Narró detalladamente la sistemática estigmatización, discriminación y rechazo que tuvo su pueblo a través de los siglos, en cada frontera. Exiliados de su tierra de origen en Asia Menor, los gitanos se transformaron en un pueblo vagabundo por el mundo. Jorge relataba: "No somos nómades, nos hicieron nómades". Los gitanos intentaban instalarse en cada lugar donde comenzaban a residir. Cuando lo hacían, los moradores locales no podían tolerar que quisieran sostener su propia cultura sin diluirse y asimilarse en las costumbres locales a cambio de ser ciudadanos. Y si acaso finalmente lo hacían, eran mirados con recelo y olor a traición. Entonces llegaban otra vez la persecución, el desarraigo y la expulsión. O la matanza, las violaciones y la muerte. Así fue en España. Así fue en Portugal. Así en cada rincón de Europa. Cuando llegó el nazismo, las leyes raciales y de pureza étnica, declararon la imposibilidad de vivir con el diferente. Fueron llevados como ganado a Auschwitz, a la tortura, la anonimia, la degradación y a los hornos. Mientras el hombre contaba su historia, yo sólo me preguntaba a mí mismo de qué pueblo estaba hablando. Era exactamente el mismo relato del pueblo judío errante, exiliado y asesinado. Sólo cambiaban algunas fechas aquí y allá. De pronto un video con fotos del campo y del horror en blanco y negro, con los chicos vestidos a rayas, las imágenes del hambre, la desnudez de la vergüenza, las cabezas calvas y los brazos tatuados robando identidades y nombres, las barracas y los hornos. De fondo la melodía de chicos cantando en romaní, una canción acerca de Auschwitz. No había diferencias. Era exactamente el mismo video que durante años vi en nuestras propias conmemoraciones por los 6 millones de judíos asesinados. La tercera parte de mi pueblo. 80 años después no se logró aún recuperar la cantidad de judíos que existía previo a la guerra. No había forma de diferenciar en las imágenes si eran gitanos, judíos, cristianos, creyentes o ateos.
Para identificarnos, los nazis nos pusieron a nosotros los judíos dos triángulos invertidos amarillos en el pecho. A los gitanos, un triángulo marrón.
Entonces comprendí. Somos diferentes tribus. Pero el viaje es el mismo.
Después del largo derrotero de años vagando por el desierto, Moisés está a punto de morir antes de entrar a la Tierra prometida. Es el final del viaje. Justamente esta semana leímos dos textos (parashiot) que en sus nombres lo dicen todo. El primero se llama "Matot" que quiere decir "Tribus", y el segundo se llama "Masei" que habla justamente, del "Viaje".
Todos estamos en un mismo viaje. La vida puede ser compleja, difícil, dura. A veces hasta puede parecer imposible. Pero incluye una vuelta al sol cada año. Con el desafío de traer esa fuente de luz poderosa e iluminar así el camino. Para todos. Porque somos diferentes tribus, pero estamos en el mismo viaje.
Y en ese mismo viaje descubrir que no sólo nos unía el dolor, la tragedia, la humillación, la vergüenza, el prejuicio, la estigmatización y la muerte. En todos estos casi 80 años desde la Shoá no hubo una sola respuesta de ninguno de los dos pueblos que tenga que ver con la venganza, el rencor o la violencia. Nunca. La destrucción de comunidades enteras, de la cultura, de la civilización, de cientos de miles de almas de chicos, todo ese horror, ese desastre desgarrador, no tuvo una sola reacción de revancha, de terror o de odio. Nunca. Todo lo contrario. Las dos comunidades y los dos pueblos transformaron esa bronca entre los dientes en casas de oración y estudio, en mayor convicción con su identidad, en un abrazo eterno y fortalecido a sus tradiciones y culturas, en trabajos y proyectos solidarios para su propia comunidad y para otras en necesidad y urgencia, en más fe en ellos mismos y en su Dios, y en más esperanza en la humanidad.
Somos diferentes tribus pero estamos todos en el mismo viaje. Porque somos el viaje.
Hay otra cosa que compartimos: a pesar de que el pasado fue horroroso, jamás perderíamos el orgullo por nuestros abuelos y bisabuelos. Sabemos bien, que elegiríamos una y otra vez estar de este lado de la historia.
La cantidad de gitanos y de judíos que hay en el mundo asombrosamente es la misma. Aproximadamente unos 15 millones cada pueblo. Increíble, pero ese número es menor a un error estadístico de un censo en China. Durante siglos, diversas culturas intentaron demostrarnos que no valía la pena a través de conversiones forzosas, asimilación cultural o asesinatos masivos. Pero aquí estamos. Demostrando al mundo que cuando sabés en tu alma que tenes un mensaje para dar y amas lo que sos, tu viaje no sólo vale la pena. Vale la bendición y la felicidad de ser tu propio viaje.
Somos diferentes tribus, pero el viaje es uno.
Aquel que cree que Dios ha creado el Universo sólo debe observar mejor al mundo. Un mundo en colores, donde no hay un rostro igual al otro, una planta igual a otra, un animal igual a otro, ni una caída del sol igual a otra, ni un paisaje igual a otro. ¿A quién se le ocurriría asegurar que a este Dios tan plural y multicolor sólo le gusta que le canten, le recen, le pidan, y hasta lo nieguen de una sola manera? Todos estamos en el mismo y único viaje pero somos diferentes tribus. Desde el tiempo del viaje del mismo Moisés.
Las diferencias en la forma de ver la propia tradición, incluso dentro de una misma colectividad de fe, deben ser vistas como una oportunidad. No como un problema o una amenaza. La diversidad de culturas y tradiciones sólo enriquece la pintura en colores de un Universo completamente diverso. Diversas las tribus. Pero un solo Universo, como el viaje. Las diferentes formas de entender la problemática política, económica o social que ha agrietado tanto a nuestra sociedad, tiene que potenciarnos a nuevas y mejores ideas compartidas para que el viaje de los argentinos, sea la Argentina. Abrazado cada uno al color, la identidad y las ideas de cada tribu que la compone. Pero acordando que el viaje es uno, y es nuestra propia Tierra Prometida.
Nadie tiene por qué transformarse o asimilarse en otra tribu. En este hermoso encuentro, ni yo me transformé en gitano, ni mi ahora amigo Jorge, se convertirá en judío. Pero pudimos tomar el delicioso té tradicional con frutas, en la misma mesa. Esa es la clave: la mesa.
Pongo como ejemplo mi propia casa. Entre mis hijos, una de ellas es pescetariana, otra es flexetariana, otro sólo come carne, y otro sólo come fideos. Pero todos comemos alrededor de la misma mesa. Es allí donde tenemos que poner la mirada, el coraje, el compromiso y la fe en la unidad. No se trata de mirar y juzgar el plato del otro. Tenemos que mirar la mesa. Tenemos que poder comer en la misma mesa.
En el final del acto de conmemoración, los gitanos, emocionados, comenzaron a cantar una canción. Quedé helado. La melodía era la misma que la del Himno del Estado de Israel: "El Hatikva" – "La Esperanza". Lo fascinante es que la música está basada en una melodía italiana del Siglo XVII. Diferentes tribus. Pero un solo viaje. Cargado de esperanza.
Ya lo escribía Antonio Machado, y lo recita tan bellamente Joan Manuel Serrat:
"Caminante, son tus huellas, el camino y nada más;
Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino, sino estelas en la mar"
Caminante no hay camino…hay caminos. Y todos se hacen al andar.
El autor es Rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.
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