¿Estamos condenados al fracaso? La Argentina está a punto de perder la última oportunidad de ser, de una vez por todas, una república. La capital, la provincia de Buenos Aires y la nación, por primera y acaso por última vez, están gobernadas las tres por una misma fuerza distinta del peronismo y del radicalismo. Sin embargo, las ilusiones de encauzar esa poderosa trinidad fueron a parar al Riachuelo, triste metáfora de la Argentina. En efecto, ese río sin nombre perteneciente a la Ciudad de Buenos Aires, a la provincia y a la nación representa el vertedero de las oportunidades perdidas.
Ese Riachuelo hediondo que nos abraza por la espalda hasta la asfixia es la cara verdadera de lo que realmente somos y de qué estamos hechos: corrupción putrefacta, marginalidad y miseria. Eso somos. Francia es el Sena; Austria y Hungría, el Danubio; Nueva York, el Hudson; Londres, el Támesis. Y nosotros, el Riachuelo. Es la cruel realidad. Donde París tiene el Louvre, Buenos Aires tiene la villa 21. Donde Budapest erige el Parlamento, Buenos Aires mantiene una sucesión de curtiembres venenosas. En el privilegiado enclave en el que Londres exhibe el palacio de Westminster, Buenos Aires oculta sus basurales clandestinos. No podemos mirarnos en ese espejo de agua que no es apto, siquiera, para devolver imagen alguna. Este Gobierno no ha sabido construir un espejo donde mirarse o, dicho de otro modo, una oposición.
La mejor obra de un gobierno es la oposición que ha sido capaz de construir. Si una administración no está en condiciones de generar una oposición, será incapaz de constituirse como gobierno. Luego de un comienzo alentador, la administración de Mauricio Macri decidió jugar una ruleta rusa y empeñar el futuro de la Argentina apostando a confrontar con una secta demencial. El experimento de Jaime Durán Barba se ha vuelto contra él. El monstruo al que le insufló el aliento vital se ha levantado y avanza contra su creador. Miente el Gobierno cuando afirma que no ha tenido ninguna participación en la elección de su contendiente. Los parientes no se eligen. Se eligen los amigos y, en consecuencia, también se eligen los enemigos.

El Gobierno se acaba de rendir ante ese enemigo que eligió. Las batallas por el poder, antes que políticas, son culturales. Lo ha dicho el propio Presidente al admitir la dificultad para combatir la inflación: "No es tan fácil como preveíamos, hay comportamientos culturales que cuestan erradicar". Así es: el problema es cultural.
Aunque no lo parezca, aunque no se perciba, existe una secretaría que se ocupa o, mejor dicho, debería ocuparse, de los asuntos culturales. El ex ministro de Cultura en funciones, el señor Pablo Avelluto, jamás ha entendido de qué se trata la sensible materia que le han confiado. La cultura, Avelluto debería saberlo, es el principal insumo de un país. Lo supo Marco Polo al comprobar que hacer negocios consistía, precisamente, en intercambiar productos culturales. Las puntas de lanza de los formidables negocios de Gran Bretaña han sido Shakespeare, los Rolling Stones e Ian Fleming. Francia ha podido vender sus automóviles al mundo porque antes exportó a Víctor Hugo, a Charles Aznavour y a Michel Houellebecq. Estados Unidos es Jack London, Elvis Presley y Francis Ford Coppola. Primero, avanza la cultura; los negocios vienen detrás.
El señor Avelluto, en cambio, se ha dedicado a ejercer un paupérrimo populismo cultural que lo llevó a montar una canchita de fútbol en la Feria del Libro de Colombia en 2018. "Pido disculpas en nombre de todos los argentinos por el vergonzoso escenario de un estadio de fútbol montado en una fiesta del libro; celebramos seguramente esos notables futbolistas Borges, Bioy Casares, Alejandra Pizarnik, Cortázar, desde el Martín Fierro en adelante… pero les pido de nuevo disculpas por ese gesto tan absurdo de populismo", dijo Alberto Manguel en la inauguración del stand, antes de presentar su renuncia a la dirección de la Biblioteca Nacional.
El mal de Avelluto no tardó en extenderse al Ministerio de Economía. El Gobierno primero se rindió en el campo de la cultura y, luego, en el de la economía.
Más allá de las simpatías o las antipatías que puedan despertar estas medidas económicas, se trata de una derrota cultural. Este Gobierno no cree en el poder del lenguaje. El principal foro en el que se exhiben las ideas del oficialismo se llama Centro Cultural Kirchner. Así, exactamente así, es como se eligen los enemigos: cuando se los nombra, cuando se los mantiene en los medios públicos, cuando se los subsidia, cuando se amplifica su voz. El Gobierno eligió la cultura del enemigo.
El Presidente y sus ministros han decidido tomarse las mini-vacaciones. Exhaustos, se fueron a descansar a sus countries luego de anunciar un plan de medidas en las que jamás han creído: control de precios para productos básicos, congelamiento de tarifas y una rígida intervención en el valor del dólar. Otra vez: el problema es cultural. Este paquete de medidas, que puede gustarnos o no, es percibido por los mercados como la entrega de las últimas banderas culturales. Han adoptado hasta las palabras del oponente: "Precios cuidados", "Ahora doce" y "Procrear" tienen el copyright del enemigo tan deseado.
No habíamos terminado de acostumbrarnos a Macri en su papel inverosímil de Freddie Mercury cuando debemos aprender a tolerar al Macri descamisado, el nuevo Macri nacional y popular tan difícil de asimilar a uno y otro lado del abismo cultural al que se ha dado en llamar grieta.
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