
El Departamento de Estado de Estados Unidos estableció en 1979 una lista de países patrocinadores del terrorismo, una decisión trascendente para combatir la brutalidad de gobiernos y organizaciones que quebrantan las normas más elementales de la convivencia, relación que debería ser ampliada para incluir proyectos que recurren a la violencia, la discriminación y la represión antes y después de ser gobiernos.
El castrismo es uno de esos proyectos que debería ser declarado terrorista, porque en el proceso de la toma del poder es capaz de recurrir a los medios más cruentos y abusivos. Además, cuando conquista el gobierno, sus prácticas y sus decisiones tienden a ser violatorias de los derechos de sus ciudadanos.
El castrismo es por naturaleza expansionista, una realidad que se puede apreciar tanto en su modalidad insular como en la venezolana, donde tiene desplegado un contingente de ocupación que usurpa muchas de las funciones claves de ese país. Es un modelo que busca exportar por cualquier medio sus propuestas, a la vez que crea organismos sectoriales de múltiples propósitos que son también útiles para su protección.
Por otra parte, es una amenaza regional al generar un ambiente de inestabilidad crónica entre sus vecinos, no solo por la subversión que alientan sino por la crisis de gobernabilidad que pueden generar en el territorio que administra como ocurre con Venezuela.
Los asociados y derivados del castrismo como el chavismo deberían ser catalogados de igual manera, porque son programas que propician la colaboración más estrecha entre delincuentes políticos y forajidos del crimen organizado, capaces todos de las más horrendas acciones.
Por sus transgresiones sistemáticas a la dignidad humana, el castrochavismo debería ser execrado al igual que se hace con el nazi-fascismo, lo que incomprensiblemente no sucede con el comunismo. Todos estos procedimientos engendran formas criminales de gobierno, no simples dictaduras, que deberían ser rechazadas por la comunidad internacional.
El castrismo arribó al poder después de un cruento proceso en el que las partes en conflictos cometieron numerosos abusos, y aunque el chavismo asumió el gobierno por elecciones, hay que tener presente la fracasada pero brutal intentona golpista de 1992, acontecimientos que evidencian la identidad violenta de ambas propuestas, que, al compartir numerosos intereses, se convierten en una sola entidad.
Hay evidencias sobradas para sumar al castrochavismo y los gobiernos que conducen, Cuba y Venezuela, a esta funesta lista. Son merecedores por su conducta de ser calificados como tales y enfrentar las consecuencias de sus actos.
El gobierno de Cuba integró esta relación de 1982 hasta 2015, incomprensiblemente fue sacado a pesar de que seguía incurriendo en algunos de los crímenes que determinaron su inclusión. El castrismo convirtió a la isla en un paraíso de prófugos de Estados Unidos, y seguía prestando apoyo a grupos irregulares acusados de narcotráfico y terrorismo como el Ejército de Liberación Nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.
El castrismo que respaldó militar y logísticamente a las fuerzas subversivas del hemisferio demostró su fidelidad a su antiguo proyecto a respaldar a los líderes del ELN que se encuentran en la capital cubana a pesar de que fueron vinculados por el gobierno colombiano con el sangriento atentado a una academia de policías que causó la muerte a más de una veintena de estudiantes.
Venezuela, tanto bajo los mandatos de Hugo Chávez como de Nicolás Maduro, presenta también un prontuario que la hace merecedora de estar en la lista.
El territorio venezolano ha servido de santuario para los narcoterroristas de las FARC y el ELN. Dinero y otros recursos del Estado les han sido facilitado a estos facinerosos, una situación que se agrava por las estrechas relaciones del chavismo con Irán y Hezbollah, que ha motivado que varios senadores estadounidenses reclamen la inclusión de Venezuela en la lista mencionada.
Es incuestionable que la estrecha alianza entre Cuba y Venezuela, sin entrar a considerar otros factores, es extremadamente peligrosa para ambos pueblos y para las naciones vecinas, además de ser un ejemplo que gustan imitar déspotas como Daniel Ortega y Evo Morales.
Son regímenes sin escrúpulos morales que solo buscan su perpetuación en el gobierno, sin importar la violación de sus propias leyes y de la dignidad humana.
El autor es periodista.
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