(Reuters)
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Nacieron como un movimiento en la Francia rural que protestaba contra un nuevo impuesto sobre el combustible, ya que creían que llevaría sus presupuestos a un límite insostenible. Al principio eran pocos, pero crecieron exponencialmente con el correr de las horas. Al cabo de pocos días, "los chalecos amarillos" se convirtieron en un verdadero dolor de cabeza en la vida de Emmanuel Macron.

La decisión del presidente francés de que la prioridad de su Gobierno sea otorgar recortes de impuestos a los más ricos fue el punto de inflexión.

El desconcierto generalizado respecto a estos manifestantes radicaba fundamentalmente en que no son de izquierdas, no son de derechas, no están organizados desde ningún centro visible y nunca se sabe cuándo volverán a salir a la calle a protestar.

El creciente desprestigio de los partidos políticos tradicionales, los peligros que plantea el aumento de la desigualdad a nivel mundial, el crecimiento electoral de la extrema derecha, el sentimiento de abandono de las clases trabajadoras y el auge de la xenofobia parecen ser problemas no entendidos por los líderes de las principales potencias occidentales. Esa falta de comprensión y sensibilidad es la que lleva a Macron a establecer reglas que benefician a los más ricos, en detrimento de los más necesitados en el momento menos adecuado.

Mientras el Gobierno francés aduce que el aumento impositivo apunta a desalentar el uso de combustibles fósiles y con ello proteger al medioambiente, para muchos de los "chalecos amarillos", que viven en zonas alejadas de las grandes ciudades francesas, es una medida que, más allá de licuarles el salario, los pone ante la disyuntiva de no utilizar el automóvil, su único medio de transporte.

Si Macron pretende culminar su Gobierno sin nuevos sobresaltos, deberá restablecer inmediatamente el impuesto a la riqueza y reasignar los ingresos para compensar a los más afectados por el aumento del impuesto al carbono.

Siguiendo su ejemplo, Donald Trump, Theresa May, Giuseppe Conte, Angela Merkel (o mejor dicho, su sucesora designada, Annegret Kramp-Karrenbauer) y los demás líderes que encarnan esta nueva generación de "transgresores" deberían poner las barbas en remojo, y repensar el sentido y el alcance de algunas de sus medidas más extremas.

De no hacerlo, se habrán quedado empantanados en una ideología anquilosada en beneficio de los más privilegiados y dándoles la espalda a las verdaderas necesidades de la mayoría de sus gobernados, que no tardarán, sin dudas, en hacerles saber su enojo. Después de todo, muchos de estos que hoy protestan en las calles vistiendo chalecos amarillos son los mismos que, hartos de los discursos vacíos de la política tradicional, los llevaron al poder. Es decir, son cuña del mismo palo.

El autor es ex presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados.