
[N. del E: “¿En qué momento se jodió Argentina?” es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos durante el mes de diciembre]
Seguro que Argentina tiene problemas inmensos, y hay muchas razones. Pero de ahí a decir que hubo un momento, o quiebre, o evento, o personaje responsable de las calamidades de nuestro país… me parece que hay una gran distancia. Agradezco a Infobae que nos haga pensar a todos los argentinos, y aporto una hipótesis adicional.
Hace ya tiempo que disociamos dos palabras que deberían mencionase siempre juntas: derechos y responsabilidades. Así, con mayúsculas. Creer que solo se tienen derechos y otro (¿quién será ese otro?) ha de asumir todas las responsabilidades es inviable. Vaya un ejemplo simple: el alumno que no aprueba dice que fue porque tuvo mala base, o mal profesor, o el tema es poco interesante. Rara vez confiesa que no estudió y que por algo sus compañeros sí lograron aprobar.
Nassim Taleb, filósofo y economista, en su libro Skin in the Game (‘Jugarse el Pellejo’) descree de quien decide algo y no sufre sus consecuencias. Mucho antes, el filósofo inglés John Locke dijo: “El fin de la ley no es abolir o restringir, sino preservar y ampliar la libertad”. Cada cual debe actuar bajo su propia responsabilidad, dentro de ciertos límites. Y atenerse a las consecuencias.
La Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de América habla de “derechos inalienables; […] entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Recalco que habla de la búsqueda, y no de encontrar la felicidad, que claramente no tiene por qué ser otorgado por otros.
Sin embargo, en Argentina mágicamente creemos que los derechos pueden ampliarse continuamente, sin considerar los costos para quien los reclama ni para la sociedad. La bella Declaración Universal de Derechos Humanos trata muchísimos temas y en Argentina continuamos agregando insistentemente.
Desde el punto de vista económico es más que evidente: la propia responsabilidad se desdibuja siempre. Los gobiernos siempre tienen la herencia del gobierno anterior, los empleados esperan sueldos muy superiores a su productividad, las empresas buscan rentabilidades pagando menos impuestos, se ponen cientos de regulaciones y luego no hay quién las pueda cumplir, y sigue la lista.
Asumamos que las responsabilidades no son transferibles. Esperar que otro compense siempre nuestros problemas nos genera aún más problemas. Abundan ejemplos: las empresas que operan en nuestra cerrada economía no pueden ser eficientes y soportan impuestos más altos. Empresas y sindicatos tienen reglas incumplibles para las pymes, reduciendo así la competencia y la innovación. El beneficio para unos es costo para otros. Es terrible decir que como al fin y al cabo todos en algo nos beneficiamos, aceptamos los costos, ya que eso hace que nadie tenga incentivos a mejorar, a innovar o, aunque más no sea, a controlar los costos que trasladamos a los demás.
Asimismo, hemos distorsionado el concepto de derechos. La Constitución es bien clara y un derecho es aquello que nadie nos puede quitar, pero no que otro lo ha de otorgar. Ese error nos lleva a esperar que el Estado brinde servicios que no le competen en lugar de concentrarse en los que sí debe brindar. Hay derecho a tener empleo, pero se ha distorsionado al extremo que quien no tiene otro empleo termina teniendo un empleo en el sector público, de dudosa productividad.
Adicionalmente, es fácil para un político prometer y prometer. Aunque pudiera cumplir, no es bueno para cada persona olvidar los riesgos y los costos de sus decisiones. Tenemos la manía de socializar los costos y privatizar los beneficios. Desde devaluaciones hasta las becas de los investigadores, este efecto parece estar siempre presente.
Separar derechos de responsabilidades u obligaciones nos ha llevado a justificar crímenes horrendos. También requiere una gran fuerza de voluntad esforzarse para aportar nuevas ideas, investigar, competir, entrenar o simplemente cumplir horarios si aquellos que no cumplen tienen los mismos derechos o beneficios que quien no cumple.
Si la responsabilidad es de otro, estamos sujetos a que realmente la quiera o pueda o sepa asumir. Por asumir esa responsabilidad nos impone costos. ¿Y si se equivoca o no cumple? Lo grave es que una vez que el sistema ya está armado de esa manera, es muy difícil modificarlo. Un ejemplo extremo es el sistema jubilatorio, donde la promesa de pago futuro redujo la decisión de ahorrar, y aunque ya hace tiempo que es evidente que no se puede cumplir, modificarlo significaría un desastre para los actuales jubilados, al mismo tiempo que dejaría a quienes ahora están haciendo aportes sin una contraprestación futura. El corolario es que una vez que se transfiere una responsabilidad, es muy difícil volver a asumirla, porque se pagaría dos veces.
La libertad tiene un precio: la responsabilidad. Creo que Argentina tiene aún inmensas posibilidades si cada uno comienza a asumir sus responsabilidades. Será un proceso muy gradual pero que tal vez se acelere.
No sé si esta es una buena respuesta a “¿Cuándo se jodió Argentina?”, pero sí sé que todos queremos un mejor país, aunque tengamos distintos diagnósticos. Miremos el futuro y unamos nuevamente derechos con responsabilidades. No separemos lo que el sentido común ha unido.
La autora es economista UCEMA. Las opiniones expresadas son personales y no necesariamente representan la opinión de la UCEMA.
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