"El Estado soy yo" es una frase que se atribuye al rey de Francia, Luis XIV, quien la habría dicho frente al Parlamento en 1655. La autenticidad del acontecimiento ha sido cuestionada por muchos historiadores, aunque la idea que encierra la frase es bien representativa del momento que vivían las monarquías absolutas europeas. En pocas palabras, el monarca representaba la voluntad general y sabía qué era mejor para la corona y su pueblo. En última instancia, el rey decidía por todos.
Llevó casi dos siglos pasar de las monarquías absolutas a las democracias modernas de comienzos del siglo XX, en las que la legitimidad del poder pasó de ser hereditaria y centrada en un monarca a estar en manos de los individuos que constituían la nueva soberanía expresada a través del sufragio. Así, el pueblo dejó de ser súbdito del monarca para pasar a ser el agente constitutivo de la representación. La soberanía dejó de ser cosa de un ser providencial para ser algo que pertenecía a cada individuo constituido en la sociedad; con capacidad para manifestar sus preferencias en cuanto a quién debía ejercer el gobierno de manera temporal y con poderes limitados.
En los tiempos que corren, parece que hemos retrocedido a la época de la monarquía absoluta. Hoy los líderes piqueteros y muchos autodenominados "líderes sociales" han decidido convertirse en los nuevos Luis XIV, aunque, en lugar de decir "el Estado soy yo", dicen "el Pueblo soy yo". Estos nuevos "luises" se atribuyen la representatividad de un pueblo que no los eligió y al que no conocen, ya que el pueblo no es una unidad monocorde, sino la suma de múltiples individualidades, cada una con sus propios puntos de vista e intereses particulares. A lo sumo lo que tenemos es que muchas de esas individualidades poseen intereses en común y se juntan en algún partido político o asociación para promoverlos o defenderlos. Lo cual nunca implica que tengan derechos a imponerlos al resto de los que piensan o creen en cosas diferentes.
Muy a pesar de ellos, no existe el "colectivo", término en boga en los últimos tiempos. Lo único que existe en la realidad son los individuos que se pueden asociar para buscar fines comunes que no deberían ir contra los derechos de otros individuos que no los compartan. Hablar en nombre del pueblo cortando las calles, limitando la libertad de tránsito de los demás o tomando espacios públicos como si fueran propios implica arrogarse un derecho que nadie les otorgó. Hablar de todas las mujeres, de todos los trabajadores, de todos los jubilados, de todos los estudiantes, y de todos los "colectivos" que se nos vengan en mente, es atribuirse una autoridad que no poseen. Como bien señala la Constitución en su artículo 22: "Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de este, comete delito de sedición". Sí podemos peticionar a las autoridades y proclamar nuestras ideas y propuestas sin censura previa, pero ello no implica coartar los derechos de otros como el de transitar o trabajar libremente.
Los líderes de estos grupos que violentan las libertades individuales de aquellos que no compartimos sus reclamos lo hacen en nombre del pueblo, asumiendo una representatividad y legitimidad que no tienen. Pero la cosa no queda ahí, sino que cuando otros grupos pretenden hacer lo mismo, pero con consignan diferentes a las suyas, suelen censurarlos o atacarlos, como sucede en el caso de los gobiernos autócratas de Ortega y Maduro, quienes rechazan de plano cualquier tipo de protesta contra sus regímenes. Paradójicamente, los vernáculos líderes sociales jamás alzaron la voz en contra las violaciones de los derechos humanos en Venezuela, Cuba o Nicaragua. Parecería que "el pueblo" solo es pueblo si se manifiesta con banderas rojas y símbolos asociados a la izquierda. Quienes piensan diferente no es pueblo sino un grupo de gente cuyo cerebro ha sido colonizado por la derecha retrógrada y el capitalismo.
Al actuar de esta manera, se comportan como los reyes absolutos de tiempos pasados, aquel que piensa diferente no tiene entidad y no hay que permitirle protestar o expresar sus ideas. Hoy la clase "superior" no es la monarquía sino los "colectivos" que se asumen como los únicos detentadores de la verdadera moral y la representación del pueblo. En última instancia, el pueblo es lo que ellos definen como tal y los demás caen en una subcategoría que debe ser redimida por ellos. Quien ose pensar diferente o externalizar las contradicciones de sus proclamas es digno de recibir un escrache ejemplar porque el único pueblo con derechos es el que ellos definen como tal. Así, el líder se convierte en el pueblo y con todo derecho puede decir: "El pueblo soy yo".
El autor es doctor en Historia (Universidad Torcuto Di Tella), especialización en Ciencias Políticas (Universidad de Chicago), máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE).
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