
[N. del E: "¿En qué momento se jodió Argentina?" es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos]
La pregunta correcta respecto a Argentina no es cuándo se jodió, sino cuándo acabará de joderse. Imposible resumir en este espacio las razones de la impotencia nacional para cuajar en un régimen republicano digno de ese nombre; en una sociedad que, aunque diversa, sabe entenderse, convivir. Remito, pues, sin falsa modestia, a mi intento en el libro La encrucijada argentina: República o país mafioso (Planeta, 2013) o, mejor, al historiador Milcíades Peña y su Historia del pueblo argentino (Emecé, Buenos Aires, 2012) y a la abundante bibliografía.
La mayoría de las sociedades de la región viven en perpetuo desacuerdo político, en repúblicas quebradizas, pero no exhiben los claroscuros argentinos. En cambio, Uruguay y Chile, con la misma historia y parecidos altibajos —locales, regionales, internacionales— han sabido recuperar cada vez, mejorado, el rumbo republicano que indicaron los líderes de la Independencia.
Nosotros, no. Eso, a pesar de que, de manera tan contradictoria que deviene casi inexplicable, algunos de esos grandes líderes y pensadores latinoamericanos de la independencia fueron del terruño: Mariano Moreno, José de San Martín y Domingo Faustino Sarmiento, para citar a los más preclaros y destacados. De esta sociedad que no sabe entenderse han salido cinco premios Nobel, de los cuales tres en ciencias. Expresión, gemas, de una educación pública, gratuita, laica y obligatoria de primer nivel vigente desde fines del siglo XIX. Por no hablar de las artes y la literatura argentinas, propias de un gran país, no de la república bananera que continuamos siendo.
La vida de esos tres próceres es paradigma del desencuentro nacional. Moreno, precursor del republicanismo y primer traductor al español del Contrato social de Jean-Jacques Rousseau, acabó más que presumiblemente asesinado. San Martín, masón irredento, murió en Boulogne Sur Mer en exilio voluntario y está enterrado… en la catedral de Buenos Aires.
Sarmiento, por último, también muerto en exilio. Político, docente, periodista, militar, gobernador, senador, presidente y, last but not least, escritor, autor de Facundo. Los argentinos estamos de acuerdo con la opinión universal de que es una de las grandes obras de la literatura en español. Nos enorgullecemos de eso. Pero ignoramos su esencia, y si pretendemos conocerla, es objeto no ya de divergencias, sino de enconos y acusaciones, de enfrentamientos.
Facundo es un brazo extendido que señala el horizonte republicano, de libertad, progreso e igualdad. Esto último, lo de igualdad, es lo que más agita, porque el autor es acusado de racista, anti-indio y anti-gaucho. Ocurre que muchas expresiones sarmientinas hoy chocan, pero ese es justamente el error: no se puede leer a ningún autor con exigencias de época. En este caso, conduce a la incomprensión del texto, que es un enorme y fundamentado esfuerzo por entender a indios y gauchos; la "barbarie" sarmientina. Por ejemplo, aquello de la gente "que viste de frac", que tanto choca, Sarmiento lo simbolizaría hoy en educadores, profesionales, científicos. Para Sarmiento el frac era un símbolo social, sí, pero cultural, de saber y modales, antes que de clase. Y en lo que tenía de clase, no hacía más que reflejar los prejuicios de época, hasta los de la gente más avanzada. Sarmiento admira a indios, gauchos y negros, y lo expresa. Se esfuerza por comprenderlos para sacarlos de allí, no hacia la esclavitud, sino hacia la civilización. ¿Acaso no es Sarmiento el paradigma del educador; el inspirador de la ley 1420, que puso en vigencia otro liberal, Julio A. Roca? Un punto marxista avant la lettre, Samiento explica la indolencia y fiereza de indios y gauchos de las pampas con los mismos argumentos materiales aplicables a la laboriosidad y solidaridad nórdicas.
El caso de Roca es otro ejemplo, ya que seguimos sin entender la época del que, por un lado, masacró a miles de indígenas; por otro, no vaciló en romper relaciones diplomáticas con el Vaticano y expulsar al Nuncio de Buenos Aires cuando la Iglesia Católica se opuso, incluso violentamente, a las leyes de matrimonio civil y de educación pública, gratuita, obligatoria y laica, válida incluso para estudiantes extranjeros.
Desde la independencia, estos desacuerdos —unitarios/federales; nacionalistas/liberales— acabaron en enfrentamientos. Tuvimos mazorca, guerra civil, Constitución Nacional, "masacre del desierto" e inmigración masiva. Luego, sufragio universal, reforma universitaria (un ejemplo mundial) y, al mismo tiempo, Semana y Patagonia Trágicas…
Hasta que en 1930 volvimos a las andadas, esta vez con las Fuerzas Armadas abiertamente metidas en política. Tuvimos así Década Infame y desarrollo industrial. Luego, aportes positivos del primer peronismo y dictadura nacional-populista en el segundo. Otro genio, Discépolo, pintó como nadie ese Cambalache.
Hasta hoy. El brillo de algunas luces —el primer peronismo, Illia, Alfonsín— acabó apagándose por dentro y desde fuera. La mazorca del siglo XX fue la Triple A peronista; los liberales organizaron su masacre moderna a partir de 1976. En cada caso, militares y civiles, nacionalistas y liberales, se entremezclaron y sucedieron. Civilización y barbarie, siempre juntas y revueltas.
Y aquí estamos; ahora en democracia, pero pobres, siempre enfrentados, corruptos de arriba abajo y hasta la médula; en decadencia cultural y sin proyecto claro. El siglo XXI plantea problemas y desafíos novísimos y nosotros no hemos resuelto los nuestros del XIX. Para colmo, hoy el mundo está igual, ya que liberales y social-liberales vienen fracasando ante la crisis capitalista y el nacional-populismo crece. ¿Remember 1929?
En fin, que en esos desacuerdos seguimos; ahora inmersos en una suerte de desacuerdo universal.
El autor es periodista y escritor
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