Por Diego Bossio

(Foto: Reuters)
(Foto: Reuters)

El presidente Mauricio Macri, en la apertura de la Asamblea Legislativa de 2016, planteó a los argentinos que evalúen su gestión a partir de tres ejes centrales: pobreza cero como el eje económico y social prioritario, unir a los argentinos como metodología política y, finalmente, lucha contra el narcotráfico.

En la víspera del tercer aniversario del Gobierno, vemos que estos objetivos no se cumplieron.

Estamos en una crisis. Nuestra economía tiene más problemas que hace tres años. Se perdieron puestos de trabajo y se precarizaron varios de los existentes, la industria está en recesión, y las pymes y los comercios, en una delicada situación.

Los argentinos se empobrecieron. De cada 100 niños, 40 eran pobres en el 2015. En el 2017 fueron 48 y la tendencia de estos meses es preocupante. A los sectores medios y profesionales les cuesta llegar a fin de mes, se encarecieron la salud y la educación, y la inflación alcanzó el máximo histórico de los últimos 27 años.

Argentina se debilitó y los problemas estructurales que teníamos se profundizaron. Pero también hubo ganadores en este proceso, porque hoy la brecha entre ricos y pobres es más grande que en 2015. Y es más grande también la desesperanza y la incertidumbre sobre lo que vendrá.

Para unir a los argentinos se requiere de generosidad política y de capacidad para escuchar al otro, sobre todo al que piensa distinto. Se necesita vocación de trabajo entre las distintas expresiones políticas, sociales, sindicales, empresariales y credos.

Argentina necesita de dirigentes con capacidad de construir con amplitud y apertura. Pero el presidente Macri eligió confrontar, agredir a los adversarios y profundizar las diferencias. La especulación política y la estrategia electoral se antepusieron a los intereses de los argentinos y al espíritu de trascendencia que debe guiar a un gobierno. Como resultado de eso, la grieta es cada vez más profunda.

El presidente Macri insiste en que no hay otro camino. El presente debe ser de privaciones y menor calidad de vida. Y el futuro será de argentinos que tendrán que conformarse con menos.

Nosotros creemos que una alternativa es posible y elegimos anteponer el trabajo y el esfuerzo por sobre la frustración y la desesperanza. Tenemos que elegir lo mejor de nuestra historia, la audacia de nuestros antepasados que pusieron los cimientos pensando en hacer grande a nuestra Argentina.

También tenemos que pensar en los que vendrán. Despojarnos de las mezquindades, de la política del miedo, de la irresponsabilidad y de la soberbia que son los principales enemigos de nuestro progreso. No tenemos más tiempo. El mundo está cambiando vertiginosamente y necesitamos depositar a la Argentina en la senda del desarrollo económico y humano.

Tenemos los recursos, pero necesitamos un gobierno audaz e inteligente que sea el capitán del crecimiento, el que enfrente el desafío de generar puestos de trabajo en el marco de una tecnologización creciente, el que promueva la modernización de la industria y el que garantice que durante el proceso ningún argentino quede afuera.

El presidente Macri insiste en que no hay otro camino. Pero sí, existe. Es el camino que deposita la educación y la ciencia en el lugar que corresponde, que aborda los problemas intergeneracionales como el cambio climático, el que da a los niños un lugar de privilegio y a nuestros abuelos, un reconocimiento por el deber cumplido.

El presidente Macri insiste en que no hay otro camino, que tenemos que resignarnos a este presente, porque, en caso contrario, solo nos restaría volver al pasado. Esta es la política del miedo, una falsa dicotomía. Hay nuevos desafíos, necesitamos nuevas herramientas. El mundo se complejizó, por lo que los caminos no pueden ser únicos.

No queremos más fórmulas gastadas ni marketing sin contenido. Queremos transformar la frustración en esperanza, la tristeza en ilusiones y los problemas en soluciones.

El autor es Diputado nacional por la provincia de Buenos Aires (Alternativa Peronista).