Tan central en la vida de las personas es la referencia a sus maternidades, la dada y la recibida, que podemos afirmar que condiciona de pleno el resto de sus vínculos. En los tiempos que corren, en que las mujeres nos enfrentamos al desafío de conciliar familia y desarrollo profesional, es tal la relevancia de la maternidad en el entramado social que su nombre se ha hecho verbo. Hablamos así de maternar: un neologismo impregnado de matices y representaciones que procuramos reseñar en este desarrollo.
En primer lugar, maternar es cuidar, es entablar lazos afectivos profundos. Es aceptar que la vida de otro depende enteramente de la nuestra. Es procrear, cocrear y criar. Es acción que recae sobre el cuerpo y se traduce en múltiples sensaciones, aunque anida en el alma y es pensamiento y emoción.
Porque maternar es empatizar con ese hijo o esa hija, agudizando la percepción de sus vivencias interiores a partir de sus expresiones, potenciando capacidades de observación y escucha. Es captar e interpretar el ser filial, valorando y configurando sus manifestaciones en el marco del devenir cotidiano. Es conectar con sus necesidades reales para dar una respuesta efectiva y afectiva, y cimentar la base para el despliegue integral de su persona.
Lo cierto es que los modelos de crianza se transmiten de generación en generación, de ahí que encontremos diversidad de variaciones y estilos. Pero maternar es, en todos los casos y en consonancia con los patrones aprendidos, la habilidad de reconocer y saciar las demandas concretas del hijo, en todos los órdenes y en orden a su crecimiento armónico. Abarca, en suma, cuidados y educación, compañía y protección, alimento y seguridad emocional.
Maternar es forjar el vínculo primario de apego que estará posteriormente presente en cada relación establecida a lo largo de nuestra historia. Es que la capacidad de apegarse es tan elemental y primitiva que tiene que ver con la misma supervivencia y es por eso que este nexo adquiere particular relevancia. Tanto que está ampliamente probado que las intervenciones destinadas a fortalecerlo son modos de prevención primaria de situaciones de violencia y maltrato.
Ahora bien, es fácil caer en la trampa de asociar maternar con ejercer funciones tradicionalmente femeninas. No obstante, si bien el rol materno incluye la función nutricia, comprende al mismo tiempo la normativa y socializadora. Al igual que el paterno. Las madres maternan alimentando, pero también fijando límites y reglas intrafamiliares como parte inescindible de sus funciones parentales.
Las mamás maternan guardando equilibrios sutiles, que no pocas veces incluyen malabares entre la actividad familiar y laboral. En todos los casos, maternar es asumir una presencia dinámica y positiva, deseosa de complementarse, no desde el reparto de funciones estereotipadas, sino desde el encuentro y la riqueza que cada ser aporta a la labor común que la parentalidad implica.
Asistimos al planteo en el ámbito familiar de nuevas ecuaciones de roles y funciones, y en el flamante esquema maternar es diversificar tareas y asumir responsabilidades. En el mejor de los casos, a la par de quien paterna, o, cuando no, en soledad. Como un sinnúmero de mujeres madres lo hacen.
Los paradigmas culturales y los estándares de crianza están mutando al ritmo del mayor protagonismo femenino en los diferentes ámbitos del quehacer social. Cabe preguntarse en qué punto de la experiencia de maternar nos encontramos como sociedad. Embarazo, parto, puerperio, amamantamiento siguen siendo funciones biológicas propias de la mujer. Pero el maternar tiene un plus: atraviesa la totalidad de la persona. Maternar es abrazar, pero también establecer pautas y reconducir. Es proteger y recibir en un regazo amoroso, y ocupar, además, el espacio propio de la autoridad del adulto. Abarca modelado, nutrición, contención y amparo, impulso a la acción, fijación de normas, orientación, estructura, formación y proyección de futuro.
Si todo ello se consuma, la experiencia de maternar se amplía. Y se vierte en momentos de especial densidad, en hitos biográficos maternales que nos devuelven, expandido y palpable, el propósito de nuestra existencia.
La autora es directora de la Licenciatura en Orientación Familiar del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.
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