Existen eventos que nos llevan a repensar el conjunto de supuestos básicos y creencias que marcan nuestra forma de hacer y nuestro comportamiento diario a cada uno de los estímulos que recibimos, tanto como individuos como en sociedad. Son eventos que, como señaló la gobernadora María Eugenia Vidal frente a un centenar de empresarios en la apertura del 54° Coloquio de IDEA, duelen e importan.
Los cuadernos de la corrupción y la crisis económica financiera actual son dos de los más recientes eventos de quiebre que hemos tenido en Argentina y que se dan en un momento en el cual, además, muchas organizaciones, tanto públicas como privadas, se encuentran transitando una transformación cultural necesaria para afrontar los nuevos desafíos que presenta el mundo.
Estos replanteos incluyen al mundo de los negocios y al desarrollo social, pero van más allá. Implican también lo que a partir de ahora será socialmente aceptado y aquello que ya no lo es más por las implicancias que trae al funcionamiento de la sociedad. Ambos eventos combinados se convierten en una bola de nieve emocional, que lleva a los argentinos quizás al punto más bajo de confianza y autoestima social en los últimos 17 años, cuando 4 de cada 10 jóvenes pensaban en irse del país, mientras que hoy algunas encuestas muestran que 5 de cada 10 personas no creen que las cosas puedan estar mejor en 2019.
Esta nueva edición del Coloquio de IDEA trae algunos elementos interesantes para entender dónde estamos. La agenda propone como eje el cambio cultural desde el individuo y desde el presente. No es una casualidad sino una consecuencia de ese proceso social de cambio que asomó como un síntoma en las urnas de la elección presidencial del 2015 y que ahora interpela a los ejecutivos argentinos para deconstruirse y repensarse en una coyuntura que tanta complejidad acarrea y cuando la sociedad más se lo demanda. Es un buen momento para plantearse el reposicionamiento estratégico del empresario como actor social.
Pero no hay recetas mágicas. Un proceso de cambio cultural es una construcción de largo plazo, por lo que debería incluir la elaboración de una visión no partidaria de la Argentina para los próximos 50 o 100 años. Cuando no hay claridad de rumbo estratégico o faltan acuerdos sobre la visión, es difícil instalar una cultura funcional.
Por otra parte, teniendo en consideración que cambiar una cultura es una tarea de largo plazo, es necesario generar evidencia y una construcción de corto plazo en la dirección correcta. La evidencia debería demostrar que faltar a esos principios aspiracionales tiene consecuencias y se reconoce a quienes los honran.
Para alcanzar esto, existen dos grandes capacidades para un proceso de cambio cultural que deberíamos tener como sociedad que son la de tener conciencia y capacidad de aprendizaje. En cuanto a la primera, implica darnos cuenta de la importancia de generar un conjunto de valores comunes sobre los cuales se base la Argentina, como por ejemplo trasparencia, equidad, palabra empeñada, priorización del colectivo sobre el individuo, educación y salud de primera calidad como prioridad de la agenda, entre otros. Y esto conlleva además tener incorporadas las consecuencias de no honrar estos valores. Simplemente, no puede dar igual una cosa que la otra.
En cuanto al aprendizaje, llamativamente encontramos en los más sexagenarios de los ejecutivos las frases: "Esto pasa cada 10 años", "ahora hay que aguantar", "este país es siempre lo mismo", con una emocionalidad predominante de resignación. Si queremos producir un cambio de comportamiento profundo, tenemos que luchar contra estas creencias. La tensión que tiene que predominar la escena es la creativa y no la emocional. La pregunta que debería reinar es cómo aprendemos de tantas crisis pasadas y generamos una solución de fondo. Viejas recetas para nuevos problemas no deberían ser el punto de partida para organizaciones que, públicas o privadas, quieran generar resultados distintos a los que ya conocen.
Sin dudas, es un buen momento para que el empresariado argentino se vuelva a pensar y decida asumir consciente y responsablemente el rol que le corresponde en la sociedad de la que es parte.
El autor es consultor, socio en Olivia.
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