La teoría neoclásica supone, como principio, que el individuo es racional a la hora de tomar decisiones. Mi experiencia indica que ello es discutible, ya que las decisiones de los agentes están basadas en emociones y se tiñen de racionalidad a través de las justificaciones que trata de encontrar este para llevar adelante sus actos o emprendimientos de todo tipo.

A estas decisiones, los individuos las toman considerando el contexto económico, político, social y ambiental y, particularmente para el caso argentino, la historia de los ámbitos antes mencionados. Es así como se piensa y recuerdan las numerosas crisis que ha pasado la Argentina, adjudicándonos el honor de contar cinco de estas solo desde la vuelta a la democracia. Será por ello que, en la famosa tipificación sobre países que hace Simon Kuznets, el nuestro representa una clasificación en sí misma, es decir, no se encuentra en ningún grupo con países de similares características.

En este sentido, las decisiones de los agentes económicos se ven afectadas por los contextos antes mencionados. El lugar donde vive, el colegio al que lleva a sus hijos, el club del que es socio, son muestras de un perfil de consumidor, atravesado por su entorno. Todo esto implica una dinámica de consumo (de vida) cuya permanencia y estabilidad en el tiempo colisiona con los vaivenes de la economía argentina. Es cierto que, en la economía de corto plazo, se evidencian secuencias más o menos regulares de recuperaciones y recesiones en torno a una tendencia de crecimiento de la economía, es decir, se observa el ciclo económico. Pero este fenómeno puede evidenciarse en todas las economías del mundo. La pregunta es: cuál es la medida de esas variaciones y en qué período ocurren. Cuanto más amplia la variación y más corto el período, estamos en presencia de escenarios volátiles.

La Argentina es un país sumamente volátil y cambiante, donde los escenarios o la previsión de futuros posibles pueden alterarse con una gran celeridad. Ello se debe a diferentes razones: las más relevantes se encuentran en el ámbito exógeno (crisis externas) y en el ámbito endógeno (debilidades internas, institucionales). Encontrar la causa de dicha volatilidad justifica reacciones adversas tales como desconfianza, incertidumbre y expectativas negativas hacia el futuro cercano.

Para la toma de decisiones, no hay nada peor que no poder tener una medida del resultado o la probabilidad de ocurrencia de este. Así, la imposibilidad de pensar en el largo plazo, más allá de los vaivenes coyunturales, nos condiciona individualmente y como sociedad a llevar adelante diferentes tipos de proyectos que comprometan nuestro capital o patrimonio. De este modo, la sociedad en su conjunto se ve afectada por estos cambios, tanto en su racionalidad para realizar análisis objetivos como en los efectos emocionales causados.

En épocas difíciles (depresión o recesión económica), los individuos, en su calidad de consumidores, se ven incentivados a posponer, retrasar o suspender sus decisiones de consumo. Esto es, en el caso de bienes de consumo masivo, prolifera la elección por parte de los consumidores de segundas marcas o marcas de supermercados, las cuales representan calidades similares a precios más bajos. Por otra parte, para el caso de bienes durables (electrodomésticos, autos, tecnología, etcétera), las decisiones de compra se suspenden o aplazan, ante la evidencia de asumir compromisos económicos de gran importancia, en donde la financiación encarece aún más el valor de estos bienes y restringe las posibilidades de consumo ante escenarios de alta escasez de recursos.

"Hay que desensillar hasta que amaine", reza la popular frase campestre, pero la pregunta es: ¿Cuánta capacidad tendrá la sociedad para sobrellevar una crisis más que parece no tener fin?

El autor es profesor asociado de Estructura y Política Económica Argentina (FCE-UAI).