Oscar Centeno es el nombre de un orfebre de la palabra que manejaba un camión de caudales. Sus cuadernos de bitácora son modelo de perfección formal y rigor objetivo.

En línea con la obra de grandes narradores que hicieron periodismo —Crane, Twain, Shirer— Centeno se acerca a la teoría del iceberg de Ernest Hemingway, manifiesto que prescribe la escritura por goteo, minimalista, sin adjetivos, sin pronunciamientos, si cabe la cláusula ilusoria; un modo ascético de aproximarse a la inaccesible realidad ajena a la palabra.

La nouveau roman, la inclinación por la observación obsesiva de objetos y detalles, también se trasluce en los relatos del escritor volante.

La narrativa de Centeno exhibe un nivel de perfeccionismo que ningún medio de comunicación puede reclamar.

La obra debería utilizarse como recurso para la enseñanza de la crónica, especie capital, núcleo del sistema nervioso central de la práctica periodística. Verdad olvidada: quien no sabe escribir una crónica no puede ser periodista.

Mientras esto se escribe, una figura televisiva, quizá envidiando la pluma del chofer, habla con tono crítico de los aumentos en pasajes y energía. Con nostalgia no fingida menciona los subsidios que "el Estado ya no paga", según su modo poético, casi surrealista, de denominar el bolsillo del contribuyente. Su elegía de lo barato se produce, como recién levantada de un largo letargo, precisamente a continuación del informe "Las aventuras de Baratta o cómo lo gratis termina siendo lo más caro".

La colección de ocho tomos es un concierto magistral, compuesto con respuestas a las preguntas básicas que dan al periodismo su razón de ser: qué, quién, dónde, cuándo y por qué.

Solo resta dilucidar el interrogante cardinal: ¿novela o historia?

Despejar esa incógnita es tarea de la Justicia.

El autor es escritor.