
La escritora Claudia Piñeiro, en su exposición en las audiencias sobre la legalización del aborto, describió la novela de John Irving, Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, la historia de un médico que realiza abortos a mujeres ricas y con ese dinero sostiene un orfanato donde viven los hijos de las mujeres pobres que no pueden pagar la práctica. Hasta que un día, el médico de la novela se pregunta: "¿Por qué tengo que ayudar a las mujeres pobres a tener un hijo y a las mujeres ricas a interrumpir un embarazo?". Y ahí cambia la historia. El doctor Larch comienza a sentir la obligación de liberar a las madres pobres de un embarazo no deseado, antes que admitir en un asilo a sus hijos abandonados. Han pasado casi dos meses de debate y vemos cómo la idea de la adopción intenta ser instalada como una solución alternativa para resolver el problema de mortalidad y morbilidad materna que rodea a la clandestinidad del aborto.
La fantasía de la adopción como situación viable para una mujer que lleva adelante un embarazo que no puede o no quiere llevar a término es el desconocimiento de nuestros derechos más básicos: derecho a la autonomía, a la dignidad, a la libertad y a la salud integral.
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Escuchamos reiteradamente frases como: "Tantas parejas tratan de adoptar: ¿por qué no dar al niño en adopción?", "debemos crear un sistema de adopción exprés que sea una solución para los casos de mujeres que 'no quieren tener un hijo'". Sin duda, el sistema actual de adopción nos avergüenza a todos, pero no es en medio de este debate que debe tratarse. Son temas distintos, que merecen tratamiento específico. Confundirlos puede llevar a manipulaciones y distorsiones en los argumentos.
Nunca se transmitió, al menos en el debate de la Cámara de Diputados, la perspectiva del niño no querido que nació y es abandonado. No hay un planteo en torno al interés superior del niño de nacer bajo un entorno que lo cobije y lo proteja. Según el relevamiento que hizo el Ministerio Público Tutelar porteño con datos de 2016 y 2017, el 20% de los niños dados en guarda preadoptiva (paso previo a la adopción) fueron devueltos por las familias aspirantes. Los motivos son variados, pero en la mayoría de los casos la devolución ocurre por la "imposibilidad de sostener el vínculo". Tan solo con estos datos, amerita que tengamos un planteo serio con respecto a la adopción y no funcione como un mecanismo alternativo a realidades que necesitan un tratamiento a fondo como es el aborto. Elegir la adopción para formar una familia es un acto de amor y responsabilidad enorme, pero no debemos perder de vista que esta consiste en encontrar una familia para un niño y no un niño para una familia.
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La única relación que puede existir entre el aborto y la adopción es que ambos son actos de suma responsabilidad que preservan la maternidad elegida. La enorme diferencia está en la decisión de la mujer acerca de qué quiere hacer con su cuerpo. En un caso, hay voluntad de proseguir el embarazo pero no de ser madre. En el otro, no hay voluntad de proseguir un embarazo, y es un derecho que, como tal, debe ser protegido. Negarlo empuja a la clandestinidad y a poner en riesgo la vida de las mujeres.
La planificación familiar es un derecho humano. Los individuos tenemos derecho a decidir cuándo y cómo tener hijos, y el Estado tiene el deber de garantizarlo. Tener un sistema de adopción que asista a las familias y las acompañe durante el proceso es fundamental para lograr adopciones con vínculos sanos y fuertes. No podemos entender, como sociedad, que el problema de la adopción en la Argentina se solucionará obligando a mujeres a proseguir embarazos no deseados y tener hijos contra su voluntad. Esto equivale a sostener que las mujeres somos meros envases y, por lo tanto, a desconocer nuestros derechos fundamentales. Este debate legislativo es sobre los derechos de las mujeres, a no perder el foco.
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La autora es diputada nacional de Cambiemos.
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