Christian “El Colo” Rath: evocación de un socialista

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A veces se nos da por recordar y reflexionar sobre los recuerdos. Quizás esas imágenes y pensamientos armen álbumes de la memoria en nuestros cerebros (o allí donde se alojen: hay quienes postulan que la memoria se aloja en todo el cuerpo). Si yo tuviera que elegir algunas fotos o videos, mejor, para esos álbumes, sin duda habría entre ellos imágenes del 20 de diciembre de 2001, cuando centenares de miles —un estudio señalaba que 500 mil personas se habían manifestado esa jornada en la Ciudad de Buenos Aires— protestábamos contra el ajuste del Gobierno de Fernando de la Rúa y el Fondo Monetario Internacional.

En aquel entonces yo militaba en el Partido Obrero y sostenía, seguramente por mi inutilidad proverbial y poca puntería con las piedras, uno de los palos de la bandera roja que encabezaba la columna que avanzaba sobre Diagonal Norte con la intención de oponerse el estado de sitio y llegar a la Plaza de Mayo para hacer oír nuestros reclamos, que considerábamos los reclamos del pueblo todo. No pudimos llegar. Pero avanzamos y avanzamos y hasta una arremetida de la caballería tuvo que retroceder ante ese avance.

Cuando el efecto de los gases y las balas de goma se había tornado insostenible, seguramente la dirección del Partido Obrero, que se encontraba en esas calles, al frente de la columna, decidió intentar llegar por otros lados. Fue infructuoso. Desde autos sin patente se tiraba con balas de plomo a matar. En cierto momento se anunció la renuncia del entonces presidente. Sin embargo, la represión no cesaba. La columna del Partido Obrero se dirigió a la Plaza de los Dos Congresos. Allí, Christian "El Colo" Rath, un dirigente del partido, se dirigió a la muchedumbre. "Hemos cumplido con nuestra tarea como socialistas. Y lo debemos seguir haciendo. Ahora vamos a desconcentrar y regresar a nuestros barrios, a nuestras fábricas y escuelas, y en cada lugar debemos organizar asambleas populares. Ha comenzado la rebelión en la Argentina", dijo. Rath decía su discurso a través de un megáfono que uno de sus compañeros sostenía. En el álbum de recuerdos que forma la memoria, esta imagen sería una de mis elegidas.

El miércoles por la mañana, luego de meses de internación pero también de aferramiento a la vida, moría el Colo Rath. Estaban junto a él su mujer Elena, su hijo Alejandro, y todos sus hijos de la vida y del cariño, porque Rath pertenecía a ese cúmulo de personas que atravesaban su paso por la Tierra para que su amor se desperdigara en tantas historias y que abarcara a tantos amigos que compartían con Elena y él asados en la terraza de su casa, sobre la avenida Juan B. Justo, avenida que lleva el nombre del primer traductor de El Capital de Karl Marx al español, donde su tarea más intensa era el cuidado de sus plantas y el acariciamiento de sus gatos. El Colo, como lo conocía todo el mundo, era un riguroso y disciplinado militante trotskista, pero por sobre todo era un buen tipo.

Se había incorporado a la militancia revolucionaria en 1968, en la ciudad donde vivía, Bahía Blanca, donde integraba la Acción Católica en su sector más ligado a las bases. Hacía cuatro años se había fundado Política Obrera, una organización trotskista que había surgido de un amplio debate sobre esa corriente internacional en el país y algunos de cuyos miembros habían participado del grupo de Silvio Frondizi, hermano del derrocado presidente Arturo Frondizi, Praxis. Rath era un destacado estudiante de la Universidad del Sur. Tanto que quienes lo conocieron señalaban que sus cualidades podrían haberlo llevado hacia cualquier camino que él eligiese. Rath eligió la militancia obrera. El grupo de Bahía Blanca decidió instalarse en Córdoba e ingresar a trabajar en las fábricas de la pujante provincia, donde el proletariado industrial conformaba un sector social de creciente influencia en la política y la cultura que se irradiaba hacia toda la Argentina.

Hace unas semanas, al buscar un dato sobre el proceso de la independencia nacional, tomé el libro La revolución clausurada, que escribió Rath junto a Andrés Roldán, y donde explica cómo ese fenomenal proceso independentista tenía distintas fracciones que respondían a intereses diferentes de proyectos de país y la disputa que comenzó a darle forma a esta nación semicolonial, hasta nuestros días. El libro, publicado en 2013 por editorial Biblos, es una obra historiográfica polémica y aporta un enfoque original y diferente al que se había planteado en la discusión sobre 1810 hasta hoy. Rath también había escrito Trabajadores, tercerización y burocracia sindical: el caso Mariano Ferreyra, en el que examinaba minuciosamente las condiciones laborales que habían signado el asesinato del militante de su mismo partido.

El autor de esta columna había escrito, en 2011, el libro ¿Quién mató a Mariano Ferreyra?, que fue llevado al cine en 2015 por los directores Alejandro Rath, hijo del Colo, y Julián Morcillo, y que contó con el papel protagónico del escritor Martín Caparrós. En una escena del film, Rath interpreta a un profesor de la Facultad de Sociales que le explica a Andrés Oviedo, el periodista al que le puso rostro Caparrós, los mecanismos de la tercerización. Son solo tres minutos, pero en ellos se puede observar al Colo Rath con la cadencia de voz que lo particularizaba y el rigor discursivo con que siempre usó para transmitir sus ideas. Pero también era la misma cadencia de voz con la que lo recordaremos siempre quienes lo conocimos, una voz pausada, cierto arrastre entre las sílabas, alguna raíz fundada en una elegancia en la entonación, que era la misma elegancia que mostraba en todo momento, incluso cuando saludaba: "¿Cómo estás, pibe?", y que no dejaba de sorprender al receptor del saludo, que se figuraba a un british gentleman que acababa de hablar.

En 1969 había participado activamente de los acontecimientos que culminaron en el Cordobazo, la mayor gesta operaria de la historia argentina, por los alcances que supusieron el fin de la dictadura de Onganía y porque los obreros cordobeses, lejos de reclamar el regreso de Perón, cantaban: "Luche, luche, luche, / no deje de luchar / por un gobierno obrero, / obrero y popular". Rath había ingresado a trabajar a la fábrica Thompson Ramco, fue elegido delegado paritario por sus compañeros ante el SMATA y se convirtió en un animador activo de la agrupación Vanguardia Metalmecánica, que agrupaba a los trabajadores clasistas del gremio. En esas condiciones participó de la huelga general del 29 de junio de 1969 y de los combates callejeros que soldaron el retroceso de las fuerzas represivas ante la irrupción conjunta de obreros y estudiantes.

Más tarde participó del Viborazo, que había planificado el dictador Levingstone para cortar "la cabeza de la víbora", que significaban esos combativos sectores laboriosos industriales de la provincia. Y en 1972 integró la Lista Marrón, que con el maoísta René Salamanca a la cabeza, desalojó del SMATA a la burocracia sindical para que el clasismo tuviera un lugar de preponderancia potentísimo en el sindicalismo nacional. El regreso de Perón, el Navarrazo y luego la dictadura impusieron condiciones agrias para el desarrollo de esa vertiente. El Comando Libertadores de América, una Triple A cordobesa, funcionaba como fuerza parapolicial de la reacción. Con el golpe de Estado, Política Obrera (PO) decidió sacarlo de Córdoba y enviarlo de manera clandestina a Buenos Aires, donde se mantuvo bajo todo el gobierno militar como uno de los organizadores de la resistencia. En 1983, su organización cambió de nombre y Juan Carlos Crespo, que era el seudónimo que Rath había usado bajo la dictadura, se convirtió en uno de sus más fuertes constructores. Así sería, hasta sus últimos días: un constructor del Partido Obrero.

En 2009 este cronista lo entrevistó en la pizzería Torino, de La Paternal, al cumplirse 40 años del Cordobazo, para la revista Contraeditorial. Ya estaba impresa en mi memoria su imagen de 2001 con el megáfono, pero no sabía que en 2000 había tenido una intervención fundamental en la organización de los piqueteros del norte de Salta o que había sido pieza fundamental de la formación del Polo Obrero en el Conurbano bonaerense. Recuerdo, sí, que pasada la mitad de la década de los noventa, donde ahora está el coqueto Palermo Hollywood, el Partido Obrero tenía un local en el que militábamos y tratábamos de ayudar a la organización de los desempleados y los habitantes de las casas ocupadas de la zona, que se movilizaban por el derecho a la vivienda. Rath iba frecuentemente para dar charlas sobre la cuestión a ese local. Recuerdo sus anotaciones, que llamaban la atención porque se caracterizaban por el tamaño enorme que hacía que en cada hoja blanca cupieran quizás solo cinco líneas de datos escritas con fibrón. Su voz y su cadencia eran las mismas que ahora mismo vienen a mi memoria.

En los últimos tiempos el ex operario metalmecánico Rath se ocupó de la formación política de los cuadros de su partido a través de unos seminarios internos a los que acudían militantes de todo el país y donde repasaban desde El Capital hasta la historia argentina y la lucha de clases en términos históricos y actuales.

(Ah, la memoria. A fines de los noventa participé de esa Universidad Obrera, como la llamaba el PO. El Colo me tomó el examen final en una oficina de una oscura y lóbrega residencia sobre la calle Ayacucho donde funcionaba el local central de ese partido. Recuerdo un poco haberme ido por las ramas cuando me pidió que le explicara cómo había sido la organización política que se habían dado los obreros en los principios del siglo XX. Tiendo a irme por las ramas. El Colo me ayudó a volver al redil del punto. Me aprobó).

En octubre del año pasado, a cien años de la Revolución rusa, fue el principal organizador de un seminario en Buenos Aires que contó con la participación de decenas de expositores de varios países del mundo. Christian Jens Rath, director de la revista teórica del Partido Obrero llamada En defensa del marxismo, abrió sus sesiones. Al año siguiente, este año, habría de cumplir 50 años, medio siglo, como militante socialista de la revolución obrera. Por pocos meses, no pudo ser. Falleció el miércoles pasado en el Hospital Alemán. En el micromundo de Facebook se poblaron los muros contando anécdotas sobre el Colo, todas realizadas con cariño, amor, respeto. El viernes, cuando su hija Lisa llegó de Inglaterra, donde vive, desde una cochería en la avenida Corrientes una columna de centenares de personas con banderas rojas acompañó el ataúd que lo transportaba hacia el cementerio de la Chacarita, donde fue cremado. Su hijo Ale Rath y los militantes Néstor Pitrola, Rafael Santos y Jorge Altamira lo homenajearon. Olga Viglieca, una de sus grandes amigas, contó un episodio que mostró el amor del Colo y Elena hasta el final. Sus compañeros entonaron los versos de La Internacional, con el puño en alto, para despedirlo. Había fallecido un militante obrero. Un maestro de socialistas.