
El jueves pasado los argentinos nos preparábamos para disfrutar de la apertura de uno de los eventos culturales más importantes del continente: la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En el acto inaugural, sin embargo, Pablo Avelluto y Enrique Avogadro, ministros de Cultura de la Nación y de la Ciudad, no pudieron hablar. Manifestantes en contra del proyecto de universidad docente propuesto por el Gobierno de la Ciudad les impidieron hacer uso de la palabra.
No creo que haya mayor muestra de debilidad que intentar callar al otro. Y también creo que estos actos de violencia dan una imagen cada vez más anacrónica respecto de la realidad de nuestro país. Argentina está cambiando. Hoy, por nombrar tan solo dos casos, somos anfitriones del G20, uno de los puntos más altos de la conversación global, y, tras muchos años de que el poder escondiera la discusión, se está tratando la despenalización del aborto en el Congreso.
Veo un denominador común en estos ejemplos: la Argentina está construyendo una conversación democrática a la altura de lo que la mayoría quiere para el futuro. En un país en el que dirigencia y la ciudadanía empiezan a valorar al diálogo como herramienta política, la violencia y la censura que vimos el jueves en la Feria del Libro quedan cada vez más fuera de lugar.
Desde el Gobierno apostamos por esta cultura cívica desde el primer día. Un ejemplo es la actitud del jefe de gabinete, que se presenta regularmente en el Congreso para responder preguntas de diputados y senadores, honrando la importancia que tienen las Cámaras al pedir explicaciones al Poder Ejecutivo. Otro ejemplo es que las respuestas son cada vez más sólidas, en gran parte porque se basan en la recuperación de las estadísticas públicas, representada eminentemente por el caso del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). Hubo enormes avances en el trabajo conjunto con los gobernadores, con los gremios, con los movimientos sociales y con muchas de las otras fuerzas políticas en el marco del Congreso.
Todo esto era impensable hace algunos años, cuando el aparato estatal nos bombardeaba con su interpretación de cómo teníamos que entender la realidad y mentía cuando esa realidad impuesta no coincidía con la verdad. Por eso, ante ese recuerdo, decidimos como gobierno no monopolizar la conversación, no pretender todos los días interpretar la realidad para todos. Por el contrario, la vocación es abrir cada vez más espacios para conversar, para escuchar, para que la ciudadanía sea la que contribuya y construya sus propias interpretaciones y relatos.
Enrique Avogadro decía que, paradójicamente, en un espacio como la Feria del Libro, en el que se celebra la palabra, no los dejaron hablar. Por suerte, esa actitud no es paradójica solamente en el marco de la Feria, sino en el país que la mayoría de los argentinos busca construir.
El autor es director del programa Argentina 2030 de la Presidencia de la Nación.
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