Es una constante en todo tiempo y espacio: las personas somos familia. Por sobre los intereses individuales, tejemos biografía con otros. Compartimos intimidad, ponemos en común la interioridad, reconocemos en los otros nuestra mismidad humana. Tanto es así que toda construcción personal, comunitaria o social se ve irremediablemente atravesada por una perspectiva de familia.
Desde el momento en que el ARA San Juan pierde la comunicación y se declara la emergencia, el foco de atención gira en torno a los padres, los esposos, los hijos y los hermanos de los tripulantes. Cuarenta y cuatro pequeñas comunidades que, atravesando horas de dolor, de un dolor inefable, continúan esperando. Son ellas las que no olvidan. Son ellas las que se afianzan y regeneran en un padecer compartido. Las que crean lazos en la aflicción y en la esperanza. Sea cual fuere el trance, el desenlace y sus alcances, las familias están. Siempre estarán.
Nacemos y morimos respectivos de otros. Ambos hitos de la existencia provocan rupturas en los vínculos preestablecidos, quiebres que el transcurrir vital se encarga de difuminar o reconducir. Porque no existimos, coexistimos. De ahí que la experiencia de familia sea una de las mejores vías de conocimiento de la condición humana.
En este entendimiento, podemos imaginar la escena. Encarnar la angustia de los que lloran a sus seres perdidos en la inmensidad del mar. La asistencia, los cuidados y los apoyos que podamos brindarles resultan exiguos, banales.
Es claro que actuamos frente a circunstancias que patentizan la centralidad de la familia en la sociedad, pero de manera reactiva. Se impone, pues, preguntarnos cómo y cuánto cuidamos la vida y la integridad de las familias argentinas día tras día. Porque si sólo la tragedia nos pone de cara a la relevancia de este núcleo fundamental, algo sustancial se nos está escapando. Fallamos inexorablemente en el cálculo si desestimamos su trascendencia. Erramos el diagnóstico y el plan si no atendemos a sus necesidades cotidianas, su devenir y su proyección, y corremos en su auxilio sólo frente a la contingencia.
En todos los casos, las situaciones límite nos centran en lo importante. Y nos mueven a responsabilizarnos. Como matriz fundamental en la vida de las personas, la realidad familiar nos entrena en esta asunción de responsabilidades. Trabajemos, entonces, para generar mejores oportunidades de futuro. Porque el debilitamiento de los vínculos primarios no puede deparar sino mayores condiciones de exclusión. Porque una desrresponsabilización progresiva respecto de los demás deja siempre expuestos a los más vulnerables.
Argentina tiene 44 nuevos héroes nacionales, cuyos nombres y rostros apenas conocemos. Héroes que seguirán siendo David, Hernán, Eliana, Luis, Walter, Federico, porque continuarán latiendo entre los suyos, presentes y eternos en ese espacio compartido al que siempre se vuelve. Ese que cobija las relaciones más radicales e imprescindibles, permanentes y creadoras. De mayor profundidad que el océano.
Cuando las luces se apagan, las voces se acallan y la agenda vira hacia otros faros de actualidad, son las familias, íntimas y silenciosas, las que mantienen viva la esperanza.
La autora es coordinadora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.
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