El mundo está cambiando y con él la forma de hacer política. Las nuevas tecnologías nos exponen a un dinamismo frenético; la información abunda y nuestra atención es reclamada por todo tipo de anunciantes que quieren llegarnos con sus productos, sus servicios o sus propuestas. Tenemos la oportunidad de consumir cada vez más y la oferta es cada vez mayor pero, ¿en qué lugar queda la política?
No me refiero a la mera cuestión partidaria, sino al debate sobre las cosas comunes. Al pensar y debatir nuestro futuro, los problemas que tenemos como sociedad. La política atraviesa toda nuestra vida, seamos conscientes de ello o no. Y si renunciamos al papel que cada uno de nosotros puede tener en los debates sobre las cosas comunes entonces estamos cediendo nuestro poder de decisión en favor de otros.
La nueva forma en la que se consume la información ha hecho que los periodistas migren sus formatos hacia productos más dinámicos y más espectaculares, más entretenidos. En este nuevo marco, hay menos margen para la profundidad. La reflexión profunda, la búsqueda de consensos, el diálogo cordial ya no mide. Así, los programas nos han llevado a una búsqueda del titular, del zócalo de televisión, del conflicto como el objetivo. La lógica de consumo que se impone nos ha llevado a deteriorar la manera de hacer política.
Es más simple adoptar posiciones absolutas, polarizar y demonizar al otro que atender a las razones. Es más cómodo debatir con panfletos y opiniones pasionales antes que analizar información objetiva. Estamos cayendo en lo más fácil en lugar de tomar las riendas de los problemas y decidir qué debates dar. Tanto periodistas como políticos, hemos caído en el juego del rating, corremos detrás del minuto a minuto o de las encuestas.
Hemos renunciado en favor de la lógica de consumo la posibilidad de explicar por qué algo no conviene aunque parezca atractivo. Tomarnos la política como un espectáculo, como un entretenimiento más, tiene costos enormes. Fuerza a que los consensos deban darse puertas adentro, entre pocos y nos quita la posibilidad de mejorar lo común entre todos. Nos impide generar públicamente los consensos necesarios para sacar al país del deterioro estructural en el que se encuentra.
La desinformación, los fanatismos, la falta de inversión de tiempo nos torna débiles y susceptibles de ser manipulados. No alcanza solamente con contar con la educación suficiente para entender los problemas. La democracia requiere una inversión constante para conseguir información y tiempo para analizarla. La democracia no es gratis, requiere compromiso y trabajo. Mientras no cambiemos como ciudadanos-consumidores nuestra forma de relacionarnos con ella, podemos esperar un desgaste cada vez mayor y que su faceta pública sea cada vez más superficial.
Creo que todavía estamos a tiempo para cambiar las cosas. Es cierto e innegable que las nuevas tecnologías proponen nuevas dinámicas, pero creo que tanto periodistas como políticos podemos reforzar el papel dirigencial ayudando a enfocar la atención sobre los problemas comunes. Es posible que perdamos rating pero a mediano plazo el resultado será un país más próspero. Desde el lado ciudadano también podemos lograr un cambio pidiéndoles más a ambos.
Seamos exigentes con que se discutan no sólo los problemas pero también las soluciones, exijamos acuerdos programáticos que sean sostenidos en el tiempo. Recuperemos la cultura del encuentro para abordar las cosas comunes. Cambiando pequeños hábitos de consumo y de intercambio es posible que frenemos el deterioro de la política y tengamos una Argentina mejor.
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