Hablar de personas con síndrome de Down es también hablar de discapacidad. Y a su vez, es reformular la mirada que la sociedad tiene sobre ellos. Mirada que fue cambiando hacia una más integradora, defensora de la dignidad y de los derechos de las personas como sujetos de derecho.
El cambio fue paulatino y a causa de un devenir propio de las transformaciones sociales de la comunidad. En este sentido, vale la pena decir que hay tres modelos que hablan, construyen y ponen en relieve a la persona con discapacidad.
El primer y antiguo modelo titulado "prescindencia" suponía que el nacimiento de la persona con discapacidad tenía un motivo religioso: no contribuía a las necesidades de la comunidad, albergaba mensajes diabólicos, era la consecuencia del enojo de los dioses, o que, por lo desgraciadas que eran, sus vidas no merecían ser vividas. Como consecuencia de estas premisas, la sociedad decidía prescindir de las personas con discapacidad, a través de políticas eugenésicas, considerándolas anormales con un denominador común marcado por la dependencia y el sometimiento.
Avanzando en la historia, a principio del siglo XX, surgió el modelo rehabilitador, donde las personas con discapacidad ya no eran consideradas inútiles o innecesarias, pero siempre en la medida en que fueran rehabilitadas. El objetivo primordial era el de normalizar, compensar u ocultar la diferencia. Eran tratadas como objetos de caridad y sujetos de asistencia. No sólo se pensaba en las personas que nacían con discapacidad, sino también en las que lo eran luego de las guerras.
En este último tiempo, a través de peleas genuinas de este colectivo, se ha logrado que el Estado se haga más presente, garantizando reglamentaciones y leyes que lo protegen y lo amparan. Es decir que estamos atravesando el tercer modelo, el social. Aquí las causas no son ni religiosas ni científicas. Este paradigma considera que la persona con discapacidad puede aportar a la sociedad, se la valoriza y se respeta la diferencia. Apunta a potenciar el respeto por la dignidad humana. Entonces, se pretende que la persona con discapacidad logre autonomía para decidir respecto de su propia vida, y para ello se centra en la eliminación de cualquier tipo de barrera a los fines de brindar una adecuada equiparación de oportunidades.
El arte, en este sentido, acompaña este despertar social. Acobijó la evolución del pensamiento de la sociedad visibilizando las virtudes de un colectivo rezagado. Así dio un paso adelante en profundizar este tercer modelo del que hablábamos y generar mayor conciencia.
El teatro en particular, por su capacidad creadora en el aquí y ahora, por esa respuesta inmediata con el público, por esa necesidad particular de un otro mirando para que exista la disciplina y así poder darle existencia, excava aún más este cambio. El teatro se para en el tercer modelo y busca ampliarlo utilizando la diversidad.
Los vecinos, los amigos de los hermanos, esos familiares no tan cercanos, en definitiva, la sociedad, es la que construye mitos sobre la persona con discapacidad en general, y sobre la persona con síndrome de Down en particular. "Angelitos", "especiales", "extremadamente buenos", "revoltosos", "infantiles", "aniñados" y muchas otras categorías que los generaliza y los unifica quitándoles la singularidad que tiene cualquier persona de manera intrínseca. Además, los desvaloriza, porque se los trata de una manera complaciente, sin una construcción adulta sobre lo que puede o no puede hacer en cuestiones reales.
El teatro acoge la demanda y acompaña esta evolución, llama a reflexionar a la sociedad, a que participe activamente, convirtiéndose en espectador de obras con elencos inclusivos. Así se da un reconocimiento de par. Las producciones realizadas por elencos con discapacidad producen cultura y son parte de un colectivo social que les da una identidad propia. Elegirlas como parte de un plan familiar, de salida cultural es involucrar la parte más humana que todos tenemos.
El teatro ocupa espacio, es presencia pura, genera conciencia. Bertolt Brecht dijo: "Si la gente quiere ver sólo las cosas que puede entender, no tendría que ir al teatro: tendría que ir al baño". Avanzar en este sentido es cambiar la mirada, es dar un giro más allá del modelo social, es que el público en un mismo momento dentro de una gran liturgia sea testigo de las posibilidades, las potencialidades y las virtudes de las personas con discapacidad. Que tome conciencia de la espontaneidad, de la frescura, del verdadero sentido de lo simple y de la posibilidad de correrse por un instante de las obligaciones diarias.
El teatro es poesía que sale del libro para hacerse humana, así lo describió Federico García Lorca. Y en esta humanidad hay personas con y sin discapacidad. Con mayores o menores limitaciones, pero verlas, contemplarlas, aceptar la diversidad del otro es entender la propia.
El autor es actor y licenciado en Dirección Escénica, además de intérprete en lengua de señas. Está realizando el Posgrado en Interactividad y Nuevas Tecnologías en la UNA.
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