Jaque a la educación, jaque mate al aprendizaje

Fernando Álvaro

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Actualmente se discute de manera constante el papel de la educación en la sociedad, su repercusión en la calidad de vida de las personas y el impacto que esto genera en el futuro de un país. La sociedad juzga. Siempre y sobre todos los temas. Pero esta discusión entre la sociedad y la educación es una pelea desigual. ¿Y esto por qué?

La sociedad siempre está representada por todos y cada uno de nosotros, así como también todos los jugadores participantes en el ecosistema de la educación tienen sus representantes y sus defensores. Pero cuando la sociedad habla de la educación y de su fracaso, no habla de maestros, de escuelas o de dirigentes de manera directa. Habla de la educación en un sentido abstracto, que tal vez tenga un correlato con sus participantes, pero no son estos quienes están siendo acusados. En esta discusión, ante el dedo denunciante de la sociedad, la educación no tiene forma de defenderse.

Pero supongamos por un momento que tuviera cómo hacerlo. ¿Qué diría la educación sobre la sociedad? ¿La sociedad acepta lo que implica ser educada y aprender? ¿Acepta el proceso que la educación tiene de aprender, equivocarse y volver a aprender?

En las últimas semanas, se ha hablado mucho de que "el poder", en referencia a la clase política y quienes ostentan cargos públicos, no es un lugar para equivocarse. Esto aplica a todos sin importar el signo político de un funcionario, ya sea porque decidan volver a foja cero en un tema, o porque hayan errado una fórmula en un proyecto; equivocarse no está permitido.

Por un lado, el error nunca es aceptado por los demás como parte del proceso de aprendizaje, nunca es un medio, sino un fin, un fin producto de la negligencia o la incapacidad de quien lo comete. Por el otro, porque el reconocimiento personal del error por parte de quien se equivoca es algo que se ve cada vez menos y pareciera demostrar debilidad. En Argentina la frase "morir con las botas puestas" podría demostrar tesón más que terquedad y admitir un error parecería ser garantía de resultados adversos.

Lo curioso en estos casos es que en el mundo del emprendedorismo, hoy fuerte impulsor de la productividad de algunos países, las estrategias escritas en piedra con planes de largo plazo y las fórmulas de más de 20 años del exitoso mundo empresario son denostadas y reemplazadas por metodologías "lean" impulsadas por Alexander Osterwalder, que invitan a definir objetivos a corto plazo. Donde el verdadero secreto para el éxito es aprender del error, pero no sólo eso, sino que, como designio, probar es la primera palabra clave; vale equivocarse siempre y cuando se cumpla la condición de que tras el error hay aprendizaje y luego se continúe.

Incluso algunas empresas en etapas no tan emprendedoras también están entendiendo esto de otra manera. Días atrás se dio a conocer una carta que Satya Nadella, CEO de Microsoft, le envió al equipo que desarrolló Tay.ai, un bot que se comunica con humanos en tiempo real en Twitter con impronta de inteligencia artificial, después de que Tay fuera un fracaso estrepitoso. ¿El mensaje central de su carta al equipo? "Keep learning and improving" (sigan aprendiendo y mejorando).

La pregunta en este caso es por qué como individuos entendemos el error como parte de un proceso de aprendizaje y de mejora, y como sociedad vemos el error sólo como un fracaso.

En días donde la educación es un tema central, mientras opinamos y proponemos que se mejoren los salarios docentes, que se revisen los modelos pedagógicos, que se trabaje sobre la formación docente, a nosotros como sociedad también nos toca reflexionar.

Hace ya varios años que discutimos el papel de la educación, sus formas y cómo los procesos educativos no están a la altura de las circunstancias. Más allá de observar la situación actual, como sociedad seguimos denostando día a día el error, emparentándolo mucho más con el fracaso que con el proceso de aprendizaje, como si realmente existiera alguna forma mágica de aprender sin probar.

Frases como "lo que aprendés en primer año de la Universidad, cuando termines, cinco años después, queda obsoleto" son cada vez más demostraciones de este juzgamiento, pero también son la verificación de que el valor está en aprender a aprender, algo que como individuos comprendemos a la perfección pero como sociedad no tenemos la capacidad de entender.

Es real que nuestra educación necesita cambios, pero deberíamos preguntarnos si lo que está verdaderamente en jaque no es nuestra valoración del aprendizaje.

 

El autor es director académico del Programa MBA de la Universidad de Palermo.