Una esperanza recorre el mundo: Alexander Van der Bellen, el candidato ecologista a las elecciones presidenciales de Austria, enfrentó a la extrema derecha de ese país, la derrotó en las urnas y jubiló a los manuales de política, tal como sucedió en todos los procesos electorales recientes alrededor del mundo. En Austria, parecía inexorable el triunfo del fascismo actualizado; de haber sido así, le hubiera dado aún más aire a la derecha que crece en todos los rincones del Viejo Continente.
Pero a la par del crecimiento de la extrema derecha, hay otro fenómeno electoral al que hay que prestarle atención: los Partidos Verdes crecen también, y son capaces de llegar al gobierno, como lo demostró Van der Bellen. Ambas expresiones son hijas del mismo tiempo histórico, marcado por el agotamiento de las viejas representaciones políticas y el desencanto de la población con los falsos augurios de la posmodernidad y la globalización. Pero eso es tan claro como que los Partidos Verdes y los fascismos, que van rumbo a polarizar la política en Europa, tienen propuestas radicalmente opuestas para esa situación. La derecha es una vuelta tenebrosa al pasado; los Verdes son una nueva ideología, nacida en la segunda mitad del siglo XX al calor de los años sesenta, pero vigente hoy más que nunca y capaz de dar soluciones a dos problemas fundamentales: la destrucción del ambiente y la concepción de lo humano como mercancía, donde el trabajo es cosificado y el trabajador es concebido como un número que se reemplaza por un algoritmo, conducta propia de las mismas corporaciones que destruyen el ambiente.
Frente a esa realidad, los Partidos Verdes estamos expresando en el mundo la necesidad urgente de un cambio cultural. Desde que el calentamiento global es una verdad científica, los presidentes de las grandes potencias firman tratados que no cumplen ni regulan a las corporaciones que son, en el fondo, quienes en verdad gobiernan. Por esa sencilla razón tan evidente, y porque a la par se demostraron incapaces de mejorar la calidad de vida de millones, los Partidos Verdes han incorporado el cuidado del medioambiente no como un bonito discurso, sino como su agenda activista y su proyecto político. Dicen: "No se puede cuidar al ser humano si no se cuida la naturaleza, porque somos una y la misma cosa; no hay calidad de vida si no hay cuidado de lo que es de todos". Y están ganando elecciones. En buena hora.
Humildemente, intentamos llevar adelante esa propuesta en nuestro país. Sólo el reciente informe sobre el estado de situación de la cuenca Matanza-Riachuelo a partir del fallo histórico de la Corte Suprema hace necesario que exista en la política una voz disidente: ocho millones de personas del área metropolitana afectadas en su salud por la inacción de los gobiernos. Habría que invitar a María Julia Alsogaray, no ya a que tome un vaso con agua, si así se le puede llamar, del Riachuelo a la altura de Villa Maciel o de los asentamientos de Camino de Sirga o de La Matanza y un largo etcétera, habría que invitarla a vivir en la capital o el Conurbano, cerca del río, oler su olor, padecer la contaminación que todos padecemos.
Por eso, el mensaje que quiere ofrecer el Partido Verde de la Argentina (que lanzaremos el sábado 10 de diciembre a las 18 horas, en el Planetario Galileo Galilei) debe llegar a los oídos de las estructuras de poder: lo que está en juego es nuestra calidad de vida y de las generaciones que nos siguen. Porque cuidar el medioambiente es mejorar nuestra calidad de vida. Porque nadie es dueño de los bienes naturales. Son de todos.
No es una utopía. Es un sueño y un deber colectivos.
La autora es abogada, escritora, documentalista. Fue diputada nacional por la provincia de Buenos Aires (1993-97, 1997-2001, 2007-2011). Es presidente del Partido Verde de Argentina (www.partidoverde.com.ar).
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